Es subjetivo pero argumentable: lo mejor de Egipto no son tanto las pirámides, sino sus templos. Quizá sea porque uno llega a El Cairo habiéndolas visto mil veces y ya no hay mucha sorpresa. Y resultan más chicas de lo imaginado. La vivencia egipcia por excelencia es un crucero por el Nilo, a cuya vera brotó el mundo faraónico y su serie de templos en asombroso buen estado, con una arquitectura y decoración como no hubo otra en la antigüedad, resultado de esa muralla intangible que es el desierto: mantuvo a los primeros egipcios aislados de las civilizaciones contemporáneas, creando dioses propios y la concepción de una vida de ultratumba como un viaje en barca al otro mundo, ese proseguir eterno y calmo como el Nilo. De alguna manera, haremos esa navegación a la eternidad. Y reviviremos otra más terrenal vivida por Cleopatra y Julio César en el 48 a.C en su luna de miel peregrinando templos, que consolidó la historia de amor más célebre de la historia. “A mí no me va la banalidad de un crucero”, podrá decir un purista. No es el caso: estos son cruceros culturales. Uno se entrega a la contemplación de la obra milenaria de la humanidad y no al aquagym. Y es la forma más práctica, cómoda y económica de recorrer lo fundamental de Egipto con un guía personalizado, aprovechando la noche para desplazarse sin andar empacando a diario ni preocupaciones logísticas. De Asuán a Lúxor Tomanos un avión desde El Cairo a Asuán para hacer el recorrido del crucero con la corriente a favor, de sur a norte: se tarda un día menos –tres noches y cuatro jornadas- para visitar lo mismo (uno puede tomar el barco en un sentido u otro). Aterrizamos dos días antes de embarcar y vamos a dormir el Pueblo Nubio –a 7 km de Asuán, a la vera del Nilo- de casas multicolores de adobe con guardas en relieve: son moldeadas a mano con el barro como plastilina, obra de esa cultura milenaria. A diferencia del resto de Egipto, aquí la población es negra. Este pueblo existe también en el norte de Sudán, donde hace milenios construyón pirámides. Hoy serían descendientes de las primeras tribus sedentarizadas junto al Nilo. Durante el reino de Kush -hace 2.700 años- conquistaron el trono egipcio y fueron “la dinastía de faraones negros”. Mantienen su lengua propia –nobiin- que no tiene relación con el árabe. Al caminar por las calles de tierra se descubre a un pueblo alegre, tamboril y bullicioso en sus mercados de artesanías. A la mañana siguiente nos pasan a buscar al amanecer para una excursión al templo más monumental del Antiguo Egipto: Abu Simbel. El auto rueda los 280 km por la planicie del extremo sur del Sahara hasta orillas del lago Nasser. Estacionamos y comienza una breve caminata: tras una lomada aparece la fachada del Gran Templo de Ramsés II empotrada en la montaña –el templo en sí está dentro de ella, como en una cueva- con sus cuatro colosos de piedra sentados (20 m de alto). Todos son el mismo Ramsés II con leves variaciones a lo largo de su vida, tallados en la roca alrededor del año 1264 a.C. El templo está consagrado a los dioses Amón-Ra, Ra-Horajti y Ptah, pero también deifica a Ramsés como dios viviente: fue el faraón más influyente de la historia por sus batallas y edificaciones. Entramos a la cueva-templo con columnas cuadradas que también son estatuas de dioses. Hay paneles en las paredes, pintados y tallados, con escenas rituales y de la legendaria Batalla de Kadesh en la que Ramsés II derrotó a los hititas. Al abordaje Vamos directo al puerto de Asuán para embarcar en la tarde. Camino por la costanera junto a decenas de cruceros hasta que identifico el mío: Hapi V. Nos instalamos en el camarote con gran ventanal y, al zarpar, comienza la sucesión de palmeras egipcias desfilando hasta el infinito a la vera del Nilo inmóvil. De vez en cuando, un pueblito. Y dunas doradas de 50 m de alto que mueren en la orilla. Subo a cubierta y en la lejanía diviso un khamasín, una tormenta de arena que viene desde Libia absorbiendo millones de granitos de Sahara en suspensión. Se acerca una mancha informe y descomunal cubriendo todo el cielo, una liviana masa que no aplasta pero que, en pleno desierto, podría matarnos por desorientación. El beduino sabe: ante el khamasín hay que quedarse quieto, detenerse hasta que amaine. Por eso los beduinos no se cubren la cabeza con sombrero sino un paño: cuando llega esta tormenta seca y áspera, la kufiya envuelve la cara permitiendo entrever el entorno, mientras protege de las cuchillas infinitesimales de arena que arañan las córneas. A los 15 minutos, el sol ya es una lámpara opaca que no encandila y el cielo se vuelve ámbar, casi dorado: es un cielo de arena. Vahos de aire caliente abrasivo me cachetean y, de repente, un pequeño huracán: en la cubierta vuelan sombreros, manteles y sillas. El barco se bambolea un poco y la piscina tiene olitas. Aguanto junto a la baranda y veo las dunas difuminarse en la nube amarillenta. Muerdo un granito de arena y trato en vano de escupirlo: quizá ese fragmento de Sahara se aloje en mí por siempre. Ahora el Nilo mismo desaparece: el desierto está en vuelo. Me quito la remera para cubrirme el rostro. Quiero palpar con el cuerpo esta fuerza primordial de la naturaleza en estado puro. Todos han huido al camarote: soy el único testigo directo del espectáculo en un barco fantasma, mientras un verdugo invisible me latiguea los brazos con pinchacitos arenosos como exigiéndome remar. Ya se ha evaporado el paisaje: no distingo cielo y tierra. Estoy en un limbo, ni infierno ni paraíso. El barco ya no existe y la sensación es la de flotar en la nebulosa de arena, un éxtasis sahariano. Es momento de buscar refugio. Quien no haya vivido una tormenta del Sahara, lo desconoce todo del desierto. A miles de caravaneros en camello, el khamasín les birló el rumbo y murieron de sed: hoy son arena, víctimas del asesino etéreo, el viento traidor. Al barco, en cambio, apenas le cosquillea el casco de acero. La tormenta sólida pasa rápido y seguimos viaje unos kilómetros para desembarcar y tomar una lancha a la isla donde está el conjunto de templos de Philae dedicados a la diosa Isis, esposa de Osiris y madre de Horus. Se comenzó a construir en el 300 a.C. cuando Alejandro Magno conquistó Egipto. Lo continuaron los romanos: tiene influencia greco-romana que se ve desde la lancha en un edificio ceremonial: hay un portal a los templos de 14 columnas talladas con capiteles florales. Desembarcamos para atravesar el pilono de Nectanebo I, esa especie de muro-fachada trapezoidal –dividido en dos partes con una entrada central más pequeña– que en los templos egipcios no sostiene nada y funciona como un portal. El pilono mide 18 m de alto, decorado con relieves del faraón Ptolomeo XII Neos Dionisios agarrando del cabello a sus enemigos frente a los dioses Horus e Isis. Al cruzarlo pasamos al gran Templo de Isis, con su patio interior y la sala hipóstila con columnas de capiteles con ramas de palma y racimos de uvas. Philae está ligado al mito central de la religión egipcia: después de que Seth asesinara y desmembrara a su hermana Osiris, Isis encontró el corazón de ella en la isla de Philae. Por esto la isla se convirtió en el centro del culto a Isis, el último de la religión faraónica antes de desaparecer. Atravesamos salas hasta el Sanctasanctórum, la habitación más sagrada donde estaba la estatua de Isis. En todo el conjunto de templos hay bajorrelieves como fotos de época con faraones ptolemaicos y emperadores romanos ofrendando a dioses egipcios, una muestra del sincretismo de la época (este es el momento final del mundo faraónico). Aquí se encontró la inscripción jeroglífica más moderna –datada en el 394 d.C.– marcando el fin simbólico de milenios de cultura faraónica. El fluir del paisaje Las noches en el barco transcurren plácidas con banquetes egipcios y odaliscas, y tragos en la cubierta con las brisas secas del Nilo. No son cruceros gigantes: los desembarcos son cómodos y rápidos. Así visitamos los templos de Kom Ombo, Edfu y el grandioso Luxor, escenario de la festividad del Opet. El templo está dentro de la actual ciudad de Luxor –antigua Tebas– dedicado a la Tríada Tebana de dioses: Amón-Ra, su esposa Mut y su hijo Jonsu. Sin embargo, el culto central aquí giraba alrededor del ka –espíritu o fuerza vital del faraón– renovado durante la Fiesta del Opet. Al recorrer el templo atravesamos sus 2.000 años de evolución. Se entra por la fastuosa avenida de las esfinges, hileras a cada lado con 300 tallas de esos animales con cuerpo de león y cabeza humana o de carnero. Por aquí desfilaban en andas las barcas de los dioses hacia el Gran Templo de Amón en Karnak, a 3 km de este (lo visitaremos más tarde). Luego, el Pilono de Ramsés II de 65 metros de ancho: un gran panel con relieves conmemorando la victoria del faraón longevo en la Batalla de Qadesh. Allí hay cinco estatuas colosales de Ramsés II y un obelisco, dando paso a un gran patio rodeado por 74 columnas con capitel en forma de planta de papiro. Sin respiro para procesar el asombro, pasamos a un pasillo monumental de 52 m de largo con 14 columnas de 19 m decoradas con relieves del Opet. Más al fondo, el Santuario Romano con una capilla donde los relieves muestran emperadores romanos vestidos como faraones. Alejandro Magno dejó su impronta aquí: reconstruyó el santuario central, la sala más sagrada, para la estatua de Amón. Los relieves muestran al griego haciendo ofrendas a dioses egipcios para legitimar su gobierno adoptando costumbres locales. Desembarco a la eternidad El último día recorremos el Valle de los Reyes, la necrópolis de 65 faraones del Imperio Nuevo durante 500 años hasta el siglo XI a.C., un lugar secreto para proteger los ajuares de los saqueadores. Las pirámides habían sido mausoleos demasiado visibles. Entonces crearon estas tumbas excavadas en la montaña, que en Egipto se recorren por dentro: son socavones palaciegos, rampas que bajan en túnel a la cámara funeraria en distintas estaciones, con frescos cubriendo cada centímetro de techo y pared con el Libro de los Muertos y El Libro del Amduat (“Lo que hay en el más allá”). Entramos a la de Tutankamón, famosa por su tesoro que ya no está aquí: pero sí su momia –parece carbonizada– en una urna de cristal. Uno elige a qué tumba entrar comprando los tickets y la más espectacular es la del faraón Seti I, la más extensa, profunda y decorada. Al desembarcar en Luxor dimensiono lo vivido ante un dibujo del Thalamegos en una pared, ese palacio flotante con que los faraones surcaban el Nilo: medía 90 m de eslora con galerías galantes, salas de banquetes, alcobas colosales, un templo y una caverna cincelada en roca con estatuas de la familia real, todo decorado con oro, marfil de Etiopía, cedro escita, ciprés milesio, lino egipcio, bronce de Chipre, piedras preciosas de la India y mármol de Paros. En ese crucero real, Cleopatra se entregó a los lujos carnales –primero con Julio Cesar, luego con Marco Antonio– mezclando olfato político y amor: con el segundo de sus amantes, se suicidaron ante la derrota de él en la guerra civil. Previendo la humillación de ser llevada a Roma, ya viuda y vencida, la faraona optó por la picadura de una cobra. Los escenarios de esa épica fueron un barco, estas aguas, el desierto circundante y los templos que hemos recorrido pisando los mismos bloques, admirando el mismo arte: este es uno de los rostros de la añorada inmortalidad egipcia, la cual se alcanzaba en una barca. En nuestro fluir reposado por el Nilo milenario, hemos rozado la tersura fugaz de lo eterno. Y fuimos Cleopatra y Julio César. ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo. Suscribite gratis al newsletter.
En crucero por el Nilo entre templos y tumbas de faraones
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