De película. Los habitantes de las urbanizaciones Oripoto, La Boyera y Gavilanes, entre otras, del municipio El Hatillo, estado Miranda, fueron los protagonistas principales militares la madrugada del 3 de enero de las explosiones provocadas por los misiles, lanzados por las fuerzas estadounidenses, en las torres de transmisión en el cerro El Volcán. Arturo Berti, su esposa Antonieta y su hermana Elena, tres adultos mayores, vivieron en primer plano una película de terror al caer un misil en el jardín de su casa; un inmueble de tres niveles, ubicado en la calle 4 de La Boyera. Esa madrugada Berti estaba en la sala navegando por Internet y escrutando las noticias nacionales como internacionales. Cerca de la 1:30 am, decidió irse a dormir, pero a los 10 o 15 minutos comenzó la pesadilla que nunca olvidará. Y sin un director que ordenara la escena siguiente; y menos claqueta que sonara para el corte.“Me acuesto a dormir y al ratico oigo el sobrevuelo de los aviones que estaban sobre Caracas. Y pensé: Bueno, será que están llegando los gringos. Entonces, escucho un silbido y enseguida una explosión”.El estallido fue impresionante y así lo confirman los destrozos de la residencia. “Se movió la cama. Se rompieron todos los vidrios del cuarto. Sentí como si se hubiera movido la casa”.Aturdido, se levantó y caminó sobre los vidrios, que cubrían toda la casa, para buscar unos zapatos. Su esposa, decidida, quería ver por la ventana qué pasaba.“Estás loca, eso es lo último que se hace porque es muy peligroso. Lo que recomiendan es alejarse de las ventanas y ponerse en un sitio seguro de la casa”, le dijo. Berti fue narrando lo vivido con mucha calma, sin atisbos de sobresaltos y luego de hacer un alto en la faena de limpieza de escombros que realizaba junto con sus hijas y vecinos del sector. “Nos quedamos un rato ahí, después escuchamos una segunda explosión y una tercera. La segunda creo que fue la de El Volcán, donde están las antenas de telecomunicaciones y de las televisoras. Oí una tercera explosión que supongo que también fue ahí. Pero la cosa fue horrible”.El misil removió la tierraMientras Berti declaraba, su hermana y su esposa, ambas también muy serenas pese al mal momento que habían pasado, se encargaban en la puerta de la residencia de atender a los familiares, amigos, vecinos y periodistas que iban llegando a enterarse de los pormenores del suceso. Que se sepa, por primera vez un misil estadounidense impacta una vivienda de una familia venezolana. En el ambiente se escuchaba el ruido de una aspiradora y las voces de quienes de manera voluntaria y solidaria ayudaron a paliar esa desgracia que afortunadamente no cobró vidas humanas. “Fue un milagro”, afirma Berti. Faltan palabras para describir el horror de la escena. Aún el 4 de enero en la tarde se veían parte de los destrozos. “Si ves la casa, ahorita está recogida, pero en ese momento estaba toda llena de vidrios, los marcos de las ventanas desprendidos, los vidrios rotos de las ventanas. Hay puertas que se rajaron por la mitad, las de los closets se abrieron y se rajaron y las de los maleteros, que son de hierro, también se abrieron. La cosa es impresionante”.Entre el fogonazo y el hollínAlgunos incrédulos niegan el impacto del proyectil. Para revertir esa tesis de quien no vivió la explosión, Berti de manera verbal dibuja la escena. “El misil, la bomba, cayó como detrás de mi casa, en el jardín y en una zona verde, a unos siete u ocho metros. Dos árboles se incendiaron, al igual que unos bambúes. Otros arbolitos desaparecieron, se removieron la tierra. La superficie parecía que hubiera sido trabajada para la agricultura”.La casa se llenó de tierra, de hollín cargada de un olor a explosivos. “Estaba por todos los lados. El 3 de enero lo pasamos limpiando; hubo mucho apoyo de los vecinos de La Boyera. Vino mi yerno con mi hija; él se trajo como a seis amigos, que estuvieron aquí ayudando, pasaron horas trabajando y la verdad que eso nos alivió bastante”.La ayuda solidaria también abarcó el nivel donde vive la señora Elena Berti. En ambos inmuebles este 4 de enero continuó la limpieza. Berti no puede calcular el monto de las pérdidas materiales. Enumeró que entre 15 y 20 ventanas se perdieron, al igual que los marcos de las puertas. Adornos, lámparas y vasos de cristal se estallaron con el bombazo. “Los vasos estaban dentro de un mueble, en el comedor. Se abrieron las puertas y lo que estaba adentro explotó”.Fospuca se llevó los restos del misilQuien realmente inspeccionó los restos del misil fue un cuñado de Berti. “Él bajó al jardín que realmente está en el área de la casa de mi hermana. Revisó el terreno y consiguió una pieza grande. Parecía un proyectil, pues la bomba”.Admite que no tiene conocimientos sobre explosivos, pero se atrevió a señalar que la pieza era grande y que por dentro tiene fibra de carbón.Los destrozos no fueron solo dentro de las casas. Las rejas de hierro, que tenían unos tubos cuadrados, “volaron” por encima del techo del inmueble, se calcula que entre 4 y 6 metros, y cayeron fragmentos a más de 30 metros en las casas aledañas, algunas de las cuales también resultaron con los vidrios rotos.Igualmente, se consiguió otra pieza, al parecer de titanio. Este domingo 4 de enero, la alcaldía mandó un camión de basura de Fospuca a recoger los escombros. Ahí fue a parar el resto del misil. Lo material se recupera. Para Berti no todo fue pérdida. Confiesa que sí hay un beneficio: salvaron la vida.”Yo siempre he sido desprendido de lo material. Pienso que lo material viene, se va, regresa. Como decía mi padre, esa cosa se recupera; la vas a recuperar con el trabajo. Entonces, ¿para qué te vas a estar preocupando por lo material? Me preocupa por lo que vale la pena, por la vida y por la salud. Pero yo más bien sentí hasta como un alivio, porque fue casi como me ha dicho todo el mundo: Están vivos de milagro Para mí es casi un milagro, porque si ese misil hubiera caído 7 o 10 metros más adentro, sobre todo en la casa, nos hubiéramos muerto”.Se abstiene de comentar abiertamente la mala puntería de las fuerzas estadounidenses. Aclara que fueron unos drones con cargas explosivas más pequeñas que los Tomahawk, pero misiles suficientemente fuertes para un blanco quirúrgico. “Eso creo que es lo que pasó”. Berti destacó la colaboración recibida por sus vecinos de La Boyera, quienes a través de la asociación han emprendido una cobra y de manera personal, le pueden escribir a su correo electrónico: [emailprotected].El silbido anuncia el ataqueEsa misma madrugada del 3 de enero, en otra zona, Los Gavilanes, el joven Edwin, mecánico de oficio, dormía en su casa hasta que el ruido de los helicópteros que sobrevolaban el sector lo despertó, al igual que al resto de su familia.Al principio no entendía nada de lo que estaba pasando. Creía que había ocurrido una contingencia en la zona de las antenas, hasta ver que: “Los helicópteros lanzaban luces de bengalas. Supe que vendría un ataque”. Una escena que ha visto una y otra vez en las series y películas de acción que tanto le entusiasman y que ahora vivía en primer plano. Al oír el silbido de los misiles lanzados, a Edwin se le metió el miedo en el cuerpo, porque «detrás del silbido, llega la explosión», sentenció desde su memoria cultivada con tantas historias de acción. Con la adrenalina corriendo por su sistema nervioso, atinó a decirle a su familia que abandonaran la casa. “Nos refugiamos bajo unos árboles”. Fue el instinto de supervivencia. Calcula que las explosiones duraron desde aproximadamente la 1:58 hasta las 3:30 am. Pero no regresaron a la casa hasta las 6 de la mañana y ya no había rastros de los helicópteros. Dos días después, solo recordar esa madrugada lo inquieta tanto como no saber qué pasará ahora. Solo intuye que algo sigue oscuro.




