NoticiaLos arhuacos, que no estaban armados y que en muchos casos ni siquiera comprendían lo que les gritaban porque no hablaban español, quedaron en el centro de una confrontación que no era suya. Foto: Gobernación del Magdalena13.03.2026 18:07 Actualizado: 13.03.2026 18:07 La guerra que se desató esta semana en la Sierra Nevada esta vez entró a las casas, rompió puertas, perforó paredes de madera y chozas, hizo llorar a los niños, obligó a correr a mujeres embarazadas y dejó a toda una comunidad indígena encerrada en una pesadilla de la que todavía no logra salir. LEA TAMBIÉN Eso fue lo que vivieron durante varios días los indígenas arhuacos de la comunidad del resguardo Serankwua, donde los enfrentamientos entre las Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada y el Clan del Golfo convirtieron el territorio en un campo de batalla. El saldo es devastador: tres indígenas muertos, cerca de una docena de heridos —entre ellos niños y mujeres—, viviendas destruidas por las balas y varios comuneros que huyeron en medio del pánico y sobre cuyo paradero aún persiste incertidumbre. La dimensión de lo ocurrido quedó resumida en la frase de una de sus líderes. “La guerra se metió dentro de las casas sin piedad”, relató Rosa Margarita Villafañe, al reconstruir los días en que la vida cotidiana del resguardo fue arrasada por el ruido de los fusiles y las explosiones. Su testimonio no habla solo de un combate. Habla de una comunidad civil e indígena que quedó atrapada, inerme, en medio de una disputa armada por el control territorial y las rutas del narcotráfico en una de las zonas más sagradas del país. Una tarde cualquiera que terminó en infiernoCuando comenzaron los disparos, la comunidad estaba en su rutina. Las mujeres tejían, como lo hacen a diario, sentadas junto a sus casas. Los hombres compartían con su poporo, mascando hoja de coca y conversando dentro del ritmo sereno de la vida en la Sierra. La disputa es por el control territorial de la Sierra. Foto:Archivo particularLos niños se movían entre las chozas, ajenos a lo que se venía encima. Nada hacía pensar que, en cuestión de minutos, ese paisaje de montaña se transformaría en un escenario de guerra. Según el relato de los líderes indígenas, los hombres armados irrumpieron repentinamente en la comunidad. Algunos corrían de casa en casa buscando protegerse del fuego enemigo; otros ingresaban a la fuerza a las chozas y las usaban como trincheras. Los arhuacos, que no estaban armados y que en muchos casos ni siquiera comprendían lo que les gritaban porque no hablaban español, quedaron en el centro de una confrontación que no era suya. “Entraban a las casas y se escondían detrás de la gente para no dejarse pegar del otro grupo”, contó Villafañe. “Los niños lloraban, las madres estaban desesperadas, todos tirados en el piso, y diciéndoles en su idioma que se eran, que los dejaran tranquilos, pero nada cambiaba. Todo era cada vez peor”.Escudos humanos en el corazón del mundo La escena se repitió durante horas y luego durante días. Las ráfagas de fusil cruzaban las casas, atravesaban paredes, levantaban astillas y agujereaban techos. De día y de noche el resguardo escuchó disparos y explosiones sin tregua. Muchos comuneros corrieron hacia donde pudieron, pero ni siquiera dentro de sus propios hogares estuvieron a salvo. Un total de 12 heridos arhuacos fueron trasladados hasta Santa Marta para recibir atención. Foto:Gobernación del MagdalenaLos testimonios recogidos por las autoridades indígenas son especialmente graves: hombres armados de distintos grupos utilizaron a los indígenas como escudos humanos, ocupando sus viviendas para disparar desde allí y obligando a los habitantes a quedarse en medio de la línea de fuego. Para una comunidad que se reconoce como guardiana espiritual de la Sierra Nevada, la invasión de sus casas tuvo además una dimensión de profanación y humillación. Villafañe relató que el horror no se limitó a los disparos. Cuando los armados querían saber por dónde se había ido el grupo rival o quién había pasado por la zona, interrogaban a los hermanos mayores. Al no obtener respuestas, porque muchos no entendían las preguntas o porque sencillamente no sabían nada, venían los golpes. “Les daban con la cacha del fusil y los dejaban tirados”, dijo la líderesa. “Nos maltrataron por no responder algo que no sabíamos”. El miedo llegó también desde el cielo. A ese terror se sumó un elemento que las comunidades dicen no haber vivido antes en esa zona: explosivos lanzados desde drones. En medio de la montaña, donde durante años el sonido dominante ha sido el del viento y los pájaros, comenzaron a escucharse detonaciones que caían desde el aire. Los indígenas llegaron con traumas y secuelas de la guerra intensa que afrontaron. Foto:Gobernación del MagdalenaEl resguardo, acostumbrado a la profundidad espiritual de su territorio, fue golpeado por una forma de guerra que hasta ahora les parecía lejana.Varias personas resultaron heridas no solo por impactos de fusil, sino por elementos desprendidos de las viviendas destruidas y por la onda explosiva de las detonaciones. Entre las víctimas hubo mujeres embarazadas que sintieron contracciones en medio del combate. Los niños, según la gobernadora Margarita Guerra que los recibieron en sus brazos, llegaron llorando, todavía en estado de shock.“Me dio mucha impotencia verlos así. No es justo que ellos o ningún otro ser humano deba pasar por una situación similar”, dijo la mandataria. La tragedia dejó tres muertos dentro de la comunidad. También dejó alrededor de doce lesionados, algunos por bala, otros por escombros y otros aturdidos por las explosiones. Pero hay un capítulo adicional de angustia que sigue abierto: varios indígenas salieron corriendo en medio del terror, internándose en zonas de montaña para huir de la balacera, y la organización indígena aún no tiene plena certeza sobre su ubicación. Algunos siguen siendo buscados por sus familiares y líderes tradicionales.Helicópteros, evacuación y una herida que no cierraSolo cuando la intensidad de los combates permitió una ventana mínima de ingreso, helicópteros del Ejército llegaron al resguardo para evacuar a los heridos hacia Santa Marta. La escena de la salida fue también la de una tragedia humanitaria: niños llorando, madres paralizadas, comuneros heridos y una comunidad exhausta después de varios días sin saber si iba a sobrevivir.Durante esta semana, se han ejecutado varias jornadas de rescate. Foto:Comunidad indígena arhuacaEn la capital del Magdalena los esperaban la gobernadora, mientras entidades como la Defensoría del Pueblo y el ICBF se desplazaban para verificar la situación y atender los efectos más urgentes.Pero las heridas visibles son solo una parte de lo que dejó la guerra. La otra parte está en el trauma de los niños que escuchan fusiles dentro de su casa, en las mujeres que huyen con sus hijos sin rumbo claro y en los comuneros que hoy temen que todo vuelva a repetirse. Luis Enrique Salcedo, gobernador del Cabildo Arhuaco del Magdalena y La Guajira, lanzó un llamado urgente al Gobierno nacional para que lo ocurrido no quede reducido a una reacción pasajera. “Pedimos garantías y protección para el corazón del mundo. Esto no se puede jamás repetir”, expresó.Su reclamo es, al mismo tiempo, una advertencia: la Sierra Nevada, uno de los territorios espirituales más importantes del país, está siendo arrastrada por una guerra criminal que no reconoce ni la vida civil ni la autoridad ancestral.Una comunidad que pide que la guerra se vayaHoy el Ejército mantiene presencia en la zona con pelotones que buscan brindar, pero la sensación de calma sigue siendo frágil. Los enfrentamientos podrían mantenerse en la Sierra Nevada mientras estos grupos armados siguen disputándose el control del territorio, de los corredores y del negocio ilegal que los alimenta. Conflicto en la sierra nevada Foto:Archivo particularEn Serankwa y en otras comunidades de la Sierra quedaron huellas las concretas del horror: casas perforadas, familias rotas, muertos enterrados por su gente y un miedo que se instaló en el pecho de quienes siempre habían visto la Sierra como refugio y no como trinchera. LEA TAMBIÉN Lo que pide el gobernador Arhuaco hoy no es retórico. Es elemental. Que cese la guerra. Que respetan su territorio. Que los niños no vuelvan a oír los fusiles. Que el corazón del mundo no siga latiendo bajo fuego. También te podría interesar: Juan Oviedo, fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia. Foto:Por Roger Urieles, para EL TIEMPO Santa Marta. En X @rogeruv Sigue toda la información de Colombia en Facebook y Twitter, o en nuestro newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. 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La guerra se metió a nuestras casas sin piedad: el cruel relato de los arhuacos afectados por la disputa de la Sierra Nevada entre grupos armados
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