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Sunday, March 29, 2026

La audiencia de Nicolás y Cilia contada por una de las 50 personas que estuvo en la corte

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Laura Weffer/Enviada especial. Nueva York El momento en el que Cilia Flores entró por la puerta maciza de madera en el ala izquierda de la sala A26 de la corte sur de Nueva York el tiempo se detuvo por una fracción de segundo. Al unísono, el público que esperaba la comparecencia de Nicolás Maduro y su esposa contuvo el aliento. Sorpresa, tensión, descreimiento, una mezcla de todo. Como en cámara lenta, primero ingresó Flores a las 11:42 de la mañana. Con paso cansino, con esposas en los pies; se veía frágil; más delgada que antes. Con un toque de maquillaje que seguramente quedará definido por las influencers de sombras, labiales y blush como un “look natural”. El cabello perfectamente teñido de rubio, liso, sin raíces, y recogido en una cola de caballo con un “scrunchi” marrón. Ya dentro de la sala, donde la esperaban sus abogados, no volteó a mirar hacia el público. Se concentró en la mesa dispuesta en la audiencia que marcaría un nuevo capítulo de esta parte de su vida que comenzó el 3 de enero, cuando ella y su marido, Nicolás Maduro, fueron capturados por un grupo militar de élite estadounidense y llevados a Estados Unidos, donde se les sigue un proceso legal. A él por narcoterrorismo, a ella por conspiración para traficar cocaína. Ambos se han declarado inocentes. Flores estaba vestida con un conjunto beige, como los que usan las enfermeras, y debajo de la camisa llevaba una franela de mangas largas color gris casi blanco. Apenas esbozó algunas tristes sonrisas en la hora y 8 minutos que estuvo presente en la comparecencia. Tan pronto se sentó, escoltada por su abogado defensor Mark E. Donnelly, se puso los audífonos de traducción simultánea. Todo era en inglés. Maduro también tenía los pies esposados, pero como las manos las tenía libres se tomó el tiempo de estrechar la de cada uno de sus abogados defensores, liderados por Barry Pollack, y la del fiscal que lleva el caso en su contra. De la tarima al banquillo: el silencio de un hombre poderoso Quienes estuvieron en la primera audiencia describieron la actitud de Maduro como “retadora” y “desafiante”. Al preguntársele el nombre en esa ocasión inmediatamente dijo “Nicolás Maduro, presidente de Venezuela”. Pero este jueves 26 de marzo, no fue así. Maduro ya ha pasado más de dos meses en el Centro Correccional de Brooklyn. Una persona que estuvo recluida ahí y que habló con Efecto Cocuyo asegura que es “malo, muy malo”, que las condiciones son deplorables y que la comida es todo menos apetitosa. Eso quizás explique la evidente pérdida de peso de Maduro. La camiseta naranja que llevaba debajo del uniforme beige parecía que era dos tallas más grandes. Los pómulos antes regordetes, ahora se veían marcados con una sombra marrón. El pelo negro con algunas cañas, pero con el mismo corte que ha tenido por años. Igual el intolerante intolerante. Aunque esas características tan distintivas estaban allí, y cualquiera podía reconocerlo como Nicolás Maduro Moros, había algo que faltaba. No es el mismo hombre que bailaba en una tarima, ni que hacía amagos para hablar mal inglés y mucho menos el que gritaba a voz en cuello contra el gobierno de Donald Trump. Es como si hubiera caído en cuenta de la densidad de su situación. Un hombre despojado de ruido. De nada servía el personaje; lo que quedaba era una presencia austera y grave, el semblante de alguien que ha entendido que en estas circunstancias el tiempo se mide en años y no en aplausos. Durante la audiencia, Maduro estaba de espaldas al público. A menos de tres metros de los periodistas estaba sentado uno de los hombres más poderosos de Venezuela, mostrando su nuca desnuda pues la mirada la tenía puesta en el juez Alvin Hellerstein, en manos de quien está su suerte. No dijo ni una palabra en alto. Tampoco le preguntaron. Se quitaba y se ponía los lentes para leer, tomaba notas de lo que se decía en la corte. En una breve pausa, se quitó los audífonos y se pasaron las manos por las sienes. Al entrar, él sí buscó con la mirada en el público algún rostro familiar, alguien que le resultará conocido, pero no encontró nada. La fila que supuestamente estaba destinada para las personas cercanas a Maduro y Flores estaba vacía. Maduro, págame la cuenta En varias ocasiones durante la audiencia, tanto los defensores como la fiscalía y el juez mencionaron lo “único” de este caso. Un mandatario y su esposa sancionados por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos que dicen que no tienen dinero para pagar las onerosas cuentas de sus abogados, mientras ellos luchan para que de una vez por todas se abra el chorro de recursos que implicaría el costo de este caso legal. Al final, las tres cuartas partes de la totalidad de la audiencia se la dedicaron a este tema. Es como si en el banquillo no hubiera un hombre acusado por uno de los delitos más graves que contempla el sistema de justicia de Estados Unidos; sino realmente, de lo que se trataba, era de una discusión para liquidar una deuda. Era un debate transaccional que al final se redujo a la cuestión más pragmática: Maduro, ¿me vas a pagar o no? El hecho de que estén sancionados dificulta el flujo de dinero y, por lo tanto, el pago por parte del gobierno venezolano a los abogados. El juez Hellerstein no termina de explicarse por qué persisten las sanciones si se supone que las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos ya se han normalizado, mientras que los abogados defensores cuestionan el hecho de que los contribuyentes estadounidenses tengan que asumir el pago de la defensa. Sin embargo, aquí deben hilar muy fino, porque el argumento de que se liberan los fondos y las sanciones es porque supuestamente los acusados ​​no tienen suficiente dinero de sus propios bolsillos para pagar el trabajo de la defensa. Un dato curioso es que el fiscal Kyle Wirshba -un hombre joven, con barba y lentes- insistía en referirse a los recursos utilizados para este fin como “tainted money”, que traduce como dinero manchado o que tiene un vicio de origen. Pero no hay de qué preocuparse, porque, según aseguró, desde que se inició el juicio Venezuela ha recibido 18.000 millones de dólares de “untainted money”; es decir, sin vicios de origen. Hasta ahora la cifra oficial del gobierno de Delcy Rodríguez es de 300 millones de dólares. El juez le preguntó a Pollack qué sugerencia para resolver este problema. El audido le respondió con lo que pretendía ser una broma: desestime el caso. Pero a Hellerstein no le causó gracia y de inmediato descartó la posibilidad. Otra disonancia entre la defensa y el ministerio público fue la manera en la que se dirigían a Maduro y Flores. Mientras que los abogados que llevan su caso legal se referían a ellos como presidente y primera dama, la fiscalía los identificaba como simples “individuos”. Al final, el juez les llamó la atención y dijo que en esa corte no se aceptaban títulos de ningún tipo. En las otras dos partes de la audiencia se trató el tema de la protección de los expedientes para que algunas de las personas involucradas no tuvieran acceso por el temor de que si así ocurriese, pudieran inferirse la identidad de los informantes que alimentaron los informes y su integridad física pudiera correr peligro. Sobre estos dos puntos, el juez dijo que necesitaba revisarlos y que no tomaría una decisión. Sin fecha el próximo careo El tercer tema tuvo que ver con la salud de Cilia Flores. Según aseguró su abogado, sufre de una afección cardíaca que necesita un examen médico. Con esta solicitud se dio por terminada la audiencia. Primero salió el juez y luego Maduro y Cilia se fueron por la misma puerta por donde entraron, pero no sin antes despedirse de su equipo legal personalmente. A las 12:50 concluyó la segunda jornada legal contra Nicolás Maduro y Cilia Flores. Pocos minutos después, en el salón iluminado sólo quedaban las sillas, los escritorios y, a través de las ventanas, el paisaje típico de Nueva York con sus rascacielos desafiando la gravedad. La pareja tuvo su despedida en una sala de espera sin público. No hay fecha para el próximo careo. Mientras tanto guardarán en la cárcel. Por cierto, antes de entrar a la audiencia el abogado Pollack fue consultado por unos pocos periodistas que le pedían confirmar si era verdad que Maduro gritaba en las noches desde su celda. Ni lo negó ni lo afirmó, se limitó a decir: “Yo no estoy ahí en las noches, pero tampoco me detendría mucho a pensar sobre esto”.

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