A más de 30 días del inicio del conflicto en Medio Oriente impulsado por Donald Trump, el escenario internacional comienza a mostrar algo más que tensión geopolítica: evidencia un acelerado desgaste político que ya no puede ocultarse. Lo que comenzó como una demostración de poder se convirtió, en cuestión de semanas, en un factor de inestabilidad interna. En Estados Unidos, la guerra no sólo abrió un frente externo: también desencadenó una crisis interna considerable. El 28 de marzo, más de ocho millones de personas participaron en más de 3.000 protestas en los 50 estados bajo el lema “No a los reyes”, una manifestación de todos los partidos que llegó incluso a los bastiones republicanos. Las protestas resumen un malestar acumulado: rechazo a la guerra de Irán, cuestionamiento de las políticas migratorias, denuncia del autoritarismo y un deterioro económico cada vez más visible. Los datos respaldan ese clima: caída de la aprobación de la gestión económica, fuerte rechazo a la ofensiva militar y una creciente desconfianza institucional, alimentada también por escándalos que erosionan la credibilidad del gobierno, como el caso Epstein. Y todo ello sin contar las ocho elecciones consecutivas en las que los candidatos de Trump fueron aplastados, lo que augura una contundente derrota en las elecciones intermedias de noviembre. El resultado es una combinación crítica: una crisis de legitimidad política y de confianza. Y en ese contexto, hay más que simple desgaste, como escenarios de derrota electoral e incluso de impeachment. Ese deterioro no se detiene en las fronteras estadounidenses. Como en cualquier proceso global, los efectos se trasladan. Y en esa lógica de la cadena, Argentina es una de las piezas más expuestas. El gobierno de Javier Milei enfrenta su propio desgaste amplificado por este contexto. Una vez más, los datos son decisivos: la desaprobación supera el 60 por ciento (61,6 por ciento según Atlas Intel), mientras que la aprobación cae entre el 30 y el 38 por ciento. Al mismo tiempo, casi el 65 por ciento de los argentinos afirman estar insatisfechos con la dirección del país. Este deterioro no es sólo político. Es la expresión de un malestar más profundo que conecta la economía, las expectativas y la vida cotidiana. La desaceleración inflacionaria, presentada como el principal logro del gobierno, comienza a mostrar sus límites. La inflación está cayendo (alrededor del 32 por ciento), pero el poder adquisitivo o las condiciones de vida no mejoran. Aquí es donde entra una de las claves de la época: la inflación ya no es sólo una cuestión de ritmo y pasa a ser un problema de ingresos. Los precios suben menos pero los salarios siguen perdiendo ante esos precios. La consecuencia es directa: un creciente malestar social, especialmente en torno al empleo y la capacidad de consumo. A esto se suma el impacto del contexto internacional. La guerra añade presión sobre los costos energéticos y logísticos globales, lo que termina afectando los precios internos. En las economías frágiles, estos shocks no se amortiguan: se amplifican. Y lo que parecía una desaceleración controlada comienza a mostrar tensión de cara al futuro. En este escenario, el crédito cambia de naturaleza. Deja de ser una herramienta de consumo para convertirse en un mecanismo de supervivencia. Las cifras reflejan esa transformación: el 56,4 por ciento de los hogares se endeudan para vivir, mientras que el 60 por ciento de la población adulta está endeudada. En situaciones más extremas, hasta el 90 por ciento financia el consumo básico. Esto configura un equilibrio frágil. La economía no crece pero tampoco colapsa: se sostiene a través del endeudamiento. Es una estabilidad aparente, respaldada por mecanismos que, con el tiempo, tienden a generar más vulnerabilidad. Este contexto económico afecta de lleno a la política. El presidente Milei comienza a perder su principal activo: la legitimidad social. El “escudo” de popularidad que lo protegió durante los primeros meses de su administración se está debilitando, dando lugar a un clima social cada vez más volátil y tenso, con crecientes riesgos de conflicto. Los datos son significativos: casi el 46,9 por ciento de la población ya responsabiliza directamente al gobierno de la crisis. Esa transferencia de responsabilidad es un punto de inflexión porque rompe con la lógica inicial del “legado” y pone el foco en la administración actual. El conflicto comienza a expresarse en la calle. La huelga general impulsada por la CGT, observada masivamente en todo el país, funcionó como una clara señal del nivel de descontento. A esto se suman los conflictos sectoriales con docentes, empleados estatales, personal de salud y fuerzas de seguridad en diferentes provincias, configurando así un entorno social cada vez más activo y exigente. Paralelamente, los casos de corrupción en la esfera del poder comienzan a jugar un papel central. En un contexto de ajuste, pérdida de ingresos y creciente desigualdad percibida, cualquier señal de privilegio o irregularidad tiene un impacto mucho mayor. La tolerancia social a la corrupción se reduce drásticamente cuando la mayoría de la gente siente que está luchando. No es sólo un problema de los tribunales. Es un problema político profundo. Porque la corrupción, en este contexto, no sólo erosiona la imagen del gobierno: erosiona la confianza en el sistema y amplifica el malestar. A esta situación se suma una tensión cada vez más visible entre la política exterior del gobierno y la opinión pública. El alineamiento con Estados Unidos, en medio de una guerra ampliamente rechazada por los argentinos, abre una brecha de representación. No es sólo una cuestión internacional. Es un signo doméstico. Cuando una sociedad no se siente reflejada en las decisiones estratégicas, esa distancia se traduce en debilidad política. Y en contextos de fragilidad, esa desconexión es mayor. Lo que emerge es una dinámica múltiple y sincronizada de desgaste. En Estados Unidos, un liderazgo debilitado por la guerra, la economía y los escándalos. En Argentina, un gobierno que apostó por ese liderazgo y ahora enfrenta las consecuencias. La lógica es clara: un acontecimiento inicial desencadena una cadena de reacciones. La guerra presiona la economía global. La economía afecta los precios y los ingresos. El deterioro económico alimenta el malestar social. El malestar amplifica la sensibilidad a la corrupción. Todo eso termina erosionando la legitimidad política. En este contexto, la pregunta ya no es si habrá un impacto, sino hasta dónde llegará. ¿Qué sucede cuando un gobierno construye su estrategia sobre un aliado que comienza a debilitarse? ¿Cómo se mantiene el equilibrio interno cuando se combinan inflación persistente, conflicto social y pérdida de confianza? Como en todo efecto dominó, no es sólo una ficha la que cae sino la velocidad con la que arrastra a las demás. Y una vez que ese movimiento comienza, detenerlo ya no es una decisión. Se convierte en una carrera contra el tiempo.




