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Wednesday, April 8, 2026

Lucrecia Martel: Los cineastas tienen las mejores herramientas más baratas y potentes que los misiles

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Hay películas que no buscan ordenar el mundo sino hacerlo más extraño. La nueva película de Lucrecia Martel, Nuestra tierra, pertenece a un lugar más allá de toda zona de confort: es un documental que no se limita a reconstruir los hechos, sino que pone en crisis las herramientas con las que estamos acostumbrados a comprenderlos. ​ En su incursión en el género documental, Martel no abandona su territorio sino que lo expande. La percepción como campo de batalla, el sonido como modo de pensar, las imágenes como instrumentos de interrogación más que de evidencia. Lo que aparece entonces en pantalla no es sólo un caso: la película explora el asesinato del jefe indígena Javier Chocobar y los reclamos territoriales de su comunidad de Chuschagasta, pero una pregunta más amplia sobre quién está narrando la historia, desde qué punto de vista y con qué grado de creencia están viendo lo que están viendo. El proyecto ha tomado más de una década de trabajo y fue armado como una red de materiales, registros y decisiones formales, que bloquean cualquier ilusión de transparencia, la película introduce dudas donde los archivos prometen objetividad, aparecen sospechas. Vuelve a llevar al cine a un lugar incómodo pero necesario: el de una experiencia que obliga a pensar. Voz singular, nuevo territorio Martel se traslada al territorio del documental luego de construir algunas de las películas más singulares del cine argentino contemporáneo: La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza y Zama. A partir de entonces, Martel se comprometió con la construcción de un vasto archivo, escribiendo la película junto a la actriz, directora y guionista María Alché y una búsqueda formal que, lejos de encontrar transparencia, instaló una fricción entre imagen, sonido y narrativa. En el centro de la película están los reclamos del pueblo Chuschagasta por sus tierras ancestrales y por la justicia que aún espera la familia Chocobar. La película no se limita a registrar un caso: propone una experiencia que desarma certezas y nos obliga a hacerlo. Repensar la relación entre percepción, verdad y narrativa. Como diría más tarde la propia Martel en nuestra entrevista: “Estoy tratando precisamente de explorar una canción cinematográfica, podríamos decir”. “Esta es una película en la que los espectadores nos permiten llevarlos desde sus asientos a lugares hermosos, mientras escuchan hermosas palabras, y de vez en cuando caen en un juicio que no parece real sino actuado”, dijo. “Hasta ahora, y a juzgar por los comentarios del público, pareciera que lo hemos logrado. [And] Si el espectador tiene dudas, hay muchos lugares donde se pueden buscar los comentarios del público”. Muchas de sus películas analizan las raíces de una sociedad (clase, colonialismo, tierra, etc.) en lugar de los síntomas inmediatos. ¿Siente que estamos atravesando una especie de colapso de la civilización tal como la conocemos, o más bien un momento en el que esas bases históricas han quedado expuestas? Definitivamente creo que estamos presenciando el ocaso de un imperio –los Estados Unidos– y su desvanecimiento se superpone naturalmente con un período en el que la humanidad en su conjunto comprende que el progreso que nos ha traído hasta aquí era un estrecho corredor que conducía al abismo y no queremos caer. Tenemos miedo del apocalipsis, pero en el fondo de nuestro corazón pensamos que quizás todavía podamos esquivarlo. Yo diría que hemos llegado al día anterior a decir: ‘Ya basta, muchachos, no así, no a la guerra, a la masacre de pueblos enteros, a la ruina del planeta, a la pobreza, cuando la tecnología puede hacer todo eso pero también puede ayudarnos a avanzar en la dirección de la salvación, no de la extinción’. Eso es lo que pienso los días en que soy optimista. En un mundo donde los conflictos por la tierra, los recursos o las identidades parecen cada vez más crudos, ¿qué crees que define la injusticia hoy en día? ¿Cómo reconocerlo cuando durante tanto tiempo se ha dado por sentado? Tu pregunta es muy exacta, porque ya no se trata de saber si algo es injusto o no sino de si tenemos la capacidad de notarlo y si notarlo nos mueve a actuar de algún tipo. Pues aquí es donde el cine se muestra en todo su esplendor. En un mundo harto de formas pesadas de lenguaje reordenadas por operaciones matemáticas con respuestas equilibradas según la probabilidad, el cine llega para ofrecer corazón: la capacidad sinfónica de provocar pensamientos a través de imágenes y sonidos. Hay que hacer un gran esfuerzo pero con imágenes y sonidos y sin palabras podremos llegar a reconocer nuevamente la injusticia. Nuestra Tierra hace esa apuesta. Gran parte del debate público actual parece reducido a gestos rápidos, imágenes viralizadas o posturas inmediatas. ¿Cómo filmar o narrar una injusticia en un mundo donde los gestos suelen sustituir a la reflexión? Nos vamos a cansar de los golpes bajos y los gritos estridentes, si es que no lo estamos ya. Necesitamos volver a los susurros nocturnos donde aparecen las mejores ideas, recordando el placer de pensar sin dejarnos abrumar por el absurdo sustituto de las noticias urgentes. Quienquiera que regrese del mundo de los gritos y del requisito autoimpuesto de responder a mensajes sin sentido o hacer clic en “Me gusta” para ideas insignificantes, es poco probable que quien siga ese camino regrese. Es posible habitar este planeta de otras maneras, esa es la aventura. ¿Cómo se construye una película que pueda hablar desde un lugar muy específico y al mismo tiempo resonar en un contexto global? Lo universal, que siempre se nos ha exigido, es simplemente el sacrificio que todas las culturas deben hacer a las potencias occidentales. No existe algo universal, es sólo un requisito. Los humanos nos reconocemos por nuestros propios detalles, no necesitamos que nadie nos mida para encontrar equivalentes y promedios. En esta película nuestro enfoque durante muchos años ha sido buscar documentos históricos inmediatamente relacionados con el valle de Choromoros. Si buscas ese lugar en Google Earth verás que en la provincia de Tucumán hay un río llamado Choromoro, el río Vipos fluye unos kilómetros al sur del mismo mientras que la Ruta Nacional 9 corre hacia el este con una zona accidentada, los cerros Calchaquíes, al oeste. Nos concentramos en este último lugar, contando su historia con las voces de los tucumanos. Hemos proyectado esta película en muchísimos países, ganando premios y menciones. Eso es comprensible. El requisito de la universalidad es una falacia colonial. Ante la crisis de las industrias culturales y los cambios tecnológicos, ¿dónde cree que está hoy el futuro del cine? Dondequiera que voy, trato de encontrarme con jóvenes estudiantes de cine. Tengo más fe en los estudiantes de cine para la labor de salvar el planeta que en las autoridades más conspicuas de cualquier país. Cuando los cineastas entendamos que tenemos las mejores herramientas, más baratas y más potentes que todos los misiles lanzados en los últimos días, entonces comenzaremos a alejarnos del abismo. Estoy convencido de ello y trabajo en esa dirección. Para eso necesitamos estar sanos y felices. Afortunadamente, los micrófonos y las cámaras están cada día al alcance de un enorme porcentaje de la humanidad. Por ello les invitamos a formar parte de la comunidad cinematográfica y acabar con esta locura. ¿Qué es lo que todavía te mueve como narrador? Nuestro trabajo no es sustituir un argumento por otro, nuestro trabajo es crear las condiciones de percepción para que un argumento pueda ser observado con otros ojos y oídos, revelando lo que en él hemos dejado de ver como miserable o magnífico. Es un trabajo realmente hermoso. noticias relacionadas

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