Argentina

Venezuela no necesita otra elección

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Por Alexis Alzuru Venezuela está devastada. Y no solo porque migraron más de ocho millones de personas —una cuarta parte de la población—, sino porque con ellas también se fueron décadas de experiencia profesional, conocimiento acumulado, redes académicas y la incipiente capacidad de innovar que se había logrado construir. En cuentas resumidas, el país perdió buena parte de su capital intelectual. Al mismo tiempo, su sistema educativo colapsó. La matrícula cayó en todos los niveles. Los salarios de los maestros, profesores e investigadores especializados fueron pulverizados. La infraestructura educativa se arruinó. Pero lo relevante es darse cuenta que el resultado de ese proceso es más grave de lo que se admite: Venezuela no solo perdió una parte sustantiva de su capital intangible; Comenzó también a perder la capacidad de reproducirlo. Ese es el verdadero núcleo de la crisis venezolana. Cuando una sociedad deja de producir conocimiento y sostener los estándares mínimos de calidad educativa, su problema deja de ser solo económico o político. Se vuelve civilizatorio. Porque lo que se erosiona no es únicamente el ingreso o la institucionalidad, sino las condiciones que le permitirían evolucionar hacia los estándares de desarrollo que exige su época. Por eso, es ridículo reducir el debate nacional a otra elección presidencial. Desde 1998, Venezuela ha celebrado al menos siete elecciones presidenciales. Ha votado con más frecuencia que muchas democracias consolidadas. Y, aún así, terminó atrapada en una deriva autoritaria y en un colapso socio-institucional de dimensiones históricas. Por consiguiente, el problema no ha sido ausencia de presidenciales. Ha sido la erosión del capital intangible que posibilita que las elecciones tengan sentido. Porque votar no basta Un país puede llenar las urnas y vaciar instituciones. Puede celebrar elecciones y elegir autócratas populistas como Donald Trump. Puede votar repetidamente mientras se desmantelan los contrapesos que sostienen la vida democrática. La crisis de las democracias occidentales está dejando precisamente esta lección incómoda. Estados Unidos, por ejemplo, muestra hasta qué extremo una democracia rica, escolarizada y con instituciones centenarias puede degradarse cuando sectores crecientes de la población quedan atrapados por la polarización e hipnotizados por el fanatismo, la desinformación y el deterioro del pensamiento crítico. La democracia depende de la calidad, extensión y densidad del capital intangible que la sostiene antes que del número de elecciones que se realicen. Por eso el caso venezolano es grave y potencialmente más destructivo. Si democracias robustas están siendo erosionadas desde dentro, ¿qué puede esperarse de una Venezuela empobrecida, desescolarizada, instrumentalizada, emigrada y sin clase media significativa? Aquí el problema no es quién gobierna el mes próximo. El problema es si el país todavía conserva algunas de las capacidades mínimas que se requieren para reconstruir una democracia funcional. De allí que para Venezuela la prioridad no es decidir una elección apresurada, sino acordar una política agresiva de reconstrucción del capital intangible; lo cual exige tiempo. El país necesita algo más que una campaña presidencial. Necesita una transición de reconstrucción nacional. Quizás una junta de gobierno pueda cumplir esa función. Sin embargo, requeriría suficiente legitimidad como para congelar temporalmente los intereses grupales, partidistas y personales que han empobrecido la política criolla durante décadas. Esa transición no podría durar solo algunos meses. Tendría que extenderse, por lo menos, durante el período restante del actual mandato presidencial. Cuatro años, aproximadamente, dedicados a activar las variables del marco dentro del cual deberán activarse una política agresiva de capital intangible. Sin ese piso, cualquier elección presidencial será apenas un cambio de nombres sobre la misma precariedad. Después de todo, si alguna verdad ha revelado el caso venezolano ha sido, precisamente, que las presidenciales se convierten en un arma letal contra la democracia cuando las sociedades se descapitalizan de materia gris. Lo cual no extraña porque la democracia no comienza en la urna. Comienza cuando las naciones aumentan sus capacidades de pensar, producir y gestionar conocimiento para proteger la autonomía de sus ciudadanos. *** Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores. Del mismo autor: Hacia una junta de gobierno

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