Remar es perseguir un silencio que se rompe con cada palada, y vuelve a comenzar una y otra vez. La filosofía del remero, y en especial la del de travesía, es de bastante sabiduría. Tal vez el contacto íntimo con la naturaleza en estado puro, los largos ratos de soledad y reflexión, lo lleven a tomar una mayor conciencia de asuntos profundos de la propia existencia, y del respeto y cuidado que merece la madre naturaleza. En este sentido, una de las premisas de esta tradicional bajada en kayaks, que se había pausado por 30 años y se volvió a reeditar este año, fue poner en valor al Parque Nacional Los Alerces, en la cordillera de Chubut, después de los incendios que asolaron a la región este verano. Un área natural de enorme valor y belleza que necesita revincularse a través del turismo, el deporte náutico y de aventura después de haber sido duramente afectada. Por una noble causa A través de esta actividad, que estuvo organizada por la Municipalidad de Esquel, la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y la Agencia de Desarrollo Regional, y apoyada por la Intendencia del Parque Nacional Los Alerces, la Prefectura Naval Argentina, el Ejército Argentino, la Dirección de Pesca Continental, y otras instituciones públicas y privadas, se buscó darle un sentido a esta aventura deportiva con el convencimiento de que los daños del fuego en los paisajes serán restañados con más vida y más naturaleza. Asimismo, la idea es recuperar y consolidar el evento llevándolo a futuras ediciones. La partida fue en población Coronado, a orillas del lago Verde, luego de un desayuno energético, y supervisada por el director de la prueba, Fernando Chaparro, quien fuera representante olímpico, panamericano y multicampeón argentino y sudamericano. El Verde es un espejo de aguas color esmeralda, desde donde una peregrinación de cascos multicolores y entusiastas remeros se lanzaron a vivir una experiencia singular en esta séptima edición. Este lago reparado y sin oleaje fue una etapa para disfrutar calentando brazos, ajustando la técnica y disfrutando de la compañía de otros participantes con igual entusiasmo y objetivo, hasta llegar a las nacientes del río Arrayanes. Qué se ve en el recorrido El Arrayanes es uno de los cursos más atractivos de la cuenca: ancho y franco, con aguas bastante mansas y fondos que parecen un acuario, donde el buen observador puede descubrir percas y truchas marrones o arcoíris surcando sus corrientes. La vegetación milenaria de las orillas contrasta con el color de la indumentaria de los navegantes, los chalecos salvavidas, el plástico y la fibra de carbono. Contraste cromático que es como un fugaz parpadeo en el tiempo. Luego de recorrerlo ayudados por la fuerza silenciosa de la corriente, traspusimos la boca del río Arrayanes en el gran lago Futalaufquen y el viento del oeste nos indicó quién es el que manda. Las olas no fueron grandes, pero ya eran francas, que empujan, obligan, exigen remar con todo el cuerpo, estabilizar y corregir rumbo. Adelante, las cumbres, que desde el agua parecen inaccesibles y silenciosas, como si guardaran algún secreto. Atrás queda el eco de las propias respiraciones sincronizadas con las del resto de la flota. En el alto para almorzar, en las orillas de la hostería Cume Hué, se escucha una charla entre navegantes: “Esto no se puede pagar con plata”. Tiene razón, hay cosas en la vida que no tienen precio y cobran más valor en un lugar donde no hay nada que reclamarle al mundo, sino agradecerle. Con lluvia no se afloja En el último tramo del recorrido, el cielo dejó caer algunas gotas que no alcanzaron para apagar la pasión interna de cada uno de los participantes, que en todo momento estuvieron acompañados y asistidos por embarcaciones de apoyo de Prefectura Naval, Parques Nacionales y de la Dirección de Pesca Continental. Alguien dijo que remar bien es sufrir en silencio hasta que el dolor se vuelve velocidad. Con esa actitud se llegó finalmente a terminar la exitosa travesía en el camping de Bahía Rosales. Como alguna vez escribió Henry David Thoreau: “Fui al bosque porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme solo a los hechos esenciales de la vida”. Y eso hicimos en esta bajada en kayaks: vivir deliberadamente. Por unas horas, sin urgencias, sin preocupaciones, sin relojes ni mapas, sólo siguiendo el devenir del agua y sus ritmos. Y cuando ya quedaban las últimas paladas por dar, y el silencio que vinimos persiguiendo se fue transformando en algarabía, se empezó a comprender que uno no vino a conquistar las aguas del Parque Nacional. Vino a entender que todos somos parte de algo mucho más grande. ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo. Suscribite gratis al newsletter.
PARA EL FINDE LARGO El regreso de la gran bajada en el PN Los Alerces
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