¿El poder enloquece o muchos gobernantes ya poseían rasgos psicológicos perturbadores antes de alcanzar el poder? Para intentar entender lo ocurrido en Venezuela en los últimos años, es decir, bajo el régimen chavista, y vislumbrar hacia dónde se podría dirigir el país en el futuro inmediato, es imprescindible abordar esta cuestión. A medida que se van dando a conocer los perturbadores detalles de los interrogatorios realizados en persona por el mismísimo fiscal general de la República contra dirigentes políticos opositores apresados, y contra ex jerarcas del chavismo caídos en desgracia, queda en evidencia algo que, en realidad se sabía, pero de lo que ahora hay certezas por medio de testimonios directos: todo el esquema de imputaciones amañadas, cargos forjados, torturas, desapariciones, mentiras, tratos crueles e inhumanos, así como la humillación sistemática de las víctimas (y de la sociedad en su conjunto), ha respondido a una política de Estado. Las decisiones se tomarán y se monitorearán desde arriba. Desde lo más alto del poder la implicación era directa y personal. En ese sentido, resulta significativo que el responsable de la correcta aplicación de las leyes, de ejercer la acción penal pública, garantizar el respeto a los derechos, las garantías constitucionales, y velar por el debido proceso en los juicios, no haya tenido, por lo visto, algún inconveniente en dejar evidencias de sus actuaciones, violatorias de las atribuciones que le confería la Constitución. Abiertamente. Así era la embriagadora sensación de impunidad y poder que le envolvía. Conducta antisocial Ahora bien, como se sabe, actuar de esa manera revela la incapacidad para sentir el dolor ajeno, ausencia de empatía hacia otros seres humanos o remordimiento. Una conducta claramente antisocial que, según los entendidos en la materia, viene acompañada por la tendencia a mentir, manipular, desobedecer normas y actuar con impulsividad. A partir de este diagnóstico se pueden comprender muchas de las decisiones y acciones del régimen catastrófico de Nicolás Maduro, porque el mencionado no es un caso aislado. Solo dosis muy importantes de crueldad e indiferencia al sufrimiento de los demás, explican la disposición permanente con la que el grupo en el poder aplicó la represión a una escalada sin precedentes en el país, se ufanó públicamente de la misma, al tiempo que sacaba provecho personal de cualquier oportunidad para el saqueo de los recursos públicos, y era impasible, o directamente se negaba, el empobrecimiento y la migración masiva de los venezolanos. Creyendo, además, (esto es importante) que jamás tendrían que pagar por las consecuencias de sus actos. Otro botón de muestra: el caso de Alex Saab. Es designado de crear una red para obtener contratos gubernamentales en la importación a sobreprecios de alimentos (los CLAP) con el patrocinio de Maduro; justo en el momento en el cual la escasez y el hambre se extendían por Venezuela. Hasta en eso encontraron una oportunidad para la depredación. Pero no conforme con ello, intentaron convertirlo en un héroe nacional. Ninguna persona medianamente sensata hubiera accionado con tales grados de cinismo y desfachatez. Sin embargo, la historia de los acontecimientos humanos está repleta de este tipo de situaciones y personajes que, lamentablemente, en otro tiempo y lugar se repetirán. La locura en el poder Todo esto era parte de la inmensa maquinaria de destrucción que Hugo Chávez, Maduro, Cilia Flores y compañía pusieron en marcha. Mecanismo que, como en la fábula de El aprendiz de brujo, se les volvió en contra, a ellos ya sus herederos; y que aún no se detiene. El tema de la relación entre poder, personalidad y trastornos psicológicos ha atraído a historiadores, psiquiatras, politólogos y filósofos. Algunos autores lo han tratado desde la biografía histórica; otros, desde la psicología política o incluso desde la psiquiatría clínica aplicada a líderes, estudiando cómo gobiernos enteros tomaron decisiones irracionales y autodestructivas, llevadas por la ceguera política, la arrogancia y la incapacidad de corregir errores. Esto ha llevado a muchos de esos observadores a concluir que el poder atraer personalidades narcisistas, dominantes y en muchos casos psicológicamente inestables. El famoso ensayo del historiador británico Vivian HH Green, La locura en el poder (The Madness of Kings, 1993), aborda este tema, mediante un minucioso recorrido biográfico y médico de la vida de figuras históricas afectadas por desequilibrios mentales. La obra analiza cómo sus trastornos repercutieron directamente en sus decisiones. Sostiene que no fue el poder lo que enloqueció a sus personajes, sino que en realidad ya padecían afecciones psiquiátricas. Sobre el rey Ricardo II de Inglaterra, de quien se cree era esquizofrénico, dice: “Llegó a ser tan egocéntrico que estuvo al borde del narcisismo. Se vestía con ropas magníficas, se preocupaba por su aspecto y dedicaba mucho tiempo a su peinado”. Esa conducta, afirma el autor, explica las inauditas decisiones que tomaba y la desastrosa política que aplicó, decisiones que lo llevaron a un desgraciado final. Si es el poder absoluto lo que corrompe absolutamente a personas normales (el síndrome de hubris), o, por el contrario, si es este el que les abre la puerta a conductas previamente trastornadas, seguirá siendo objeto de debate. Lo que pretender destacar aquí es que su ejercicio absoluto e impune suele terminar de manera catastrófica. En ese sentido los venezolanos de hoy no estamos viendo un proceso de transición a la democracia, sino siendo partícipes, víctimas y testigos de la autodestrucción del chavismo como movimiento político. Lo que no sabemos es cuánto más en tiempo y vidas costará. *** Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores Del mismo autor: Nuestro pana Zapatero




