A pesar de que ya es de noche, los tres muchoschitos juegan y corretean, pues para ellos ese es un lugar para divertirse. Están con sus padres y sus abuelos en un espacio abierto del Parque Generalísimo Francisco de Miranda, en Caracas, y ahora está convertido en un enorme campamento para quienes no pueden pernoctar en sus casas luego de los terremotos del 24 de junio de 2026. Ruth Parejo, de 59 años de edad, su esposo, sus tres hijos adultos y sus tres nietos pequeños vienen de Petare, específicamente del urbanismo Ciudad Lebrún de la Misión Vivienda Venezuela. Cuenta que los dos terremotos provocaron la desestabilización del edificio donde habitan desde hace 13 años: “Las torres G y F quedaron inclinadas y hay riesgo de que se caigan. Los bomberos nos dijeron que teníamos que desalojar. Desde el miércoles (24 de junio) estamos durmiendo en la calle”. La familia permaneció cerca de su residencia las dos primeras noches, pero sin poder dormir por temor a las réplicas de los dos terremotos. Una de las jóvenes (la más afectada emocionalmente) insistió en la necesidad de trasladarse a un lugar más seguro, donde no hubiera edificios altos. “Mi hermana ha estado muy angustiada ya cada rato nos decía que debíamos resguardar la vida, sobre todo la de los niños. Además, todos estamos muy tristes porque tenemos familiares desaparecidos en La Guaira”, relató otra de las damnificadas. Llegaron al parque a las 6:00 pm de este viernes 26 de junio, con una carpa que les costó 80 dólares. De inmediato, los dotaron con un colchón, ropa y mucha comida. Cada 10 minutos se les acercaban grupos de jóvenes para brindarles arepas, café, artículos de higiene personal…. “Fue buena idea venirnos para acá; aquí hay de todo, y sobre todo buena compañía”, razón Ruth y también agradece a Dios que ella y todos los integrantes de su familia están vivos. “Cada quien ayuda como puede” El parque del Este era un hervidero, sobre todo en la entrada, donde se improvisó un centro de acopio. Funcionarios del Instituto Nacional de Parques (Inparques) trataban de ordenar la recepción de donativos. A las 8:45 pm del 26 de junio, una persona se dirigió a los que seguían llegando con ayuda para decirles que era preferible que la llevaran a otros centros de acopio; cosa que generó mucha confusión. Un cartel pequeño y poco visible mostró una foto cenital del parque, con indicación de las áreas de campamento seguro, las áreas riesgosas y las áreas de atención e información. Estas últimas serán las menos eficientes, según los damnificados: “Es que esto es una emergencia muy grande”. Sin embargo, muchos persistieron en auxiliar a los que estaban acampando. La mayoría eran grupos de voluntarios sin mayor experiencia en operaciones de asistencia humanitaria: “Cada quien ayuda como puede”, decía una voluntaria que preguntaba a los damnificados si necesitaban medicamentos para gestionar el requerimiento. Entre los voluntarios presentes en el parque, los más organizados eran los evangélicos y los universitarios. Erika Molina, dirigente estudiantil de la Universidad Metropolitana, explicó que han logrado enviar a La Guaira cinco camiones cargados de agua, alimentos y ropa, así como medicamentos e insumos a los hospitales Domingo Luciano y Miguel Pérez Carreño. “Yo viví la tragedia de Vargas” En el sector sur de la Plaza Francia, en Altamira, también se instaló un centro de acopio. Allí había más voluntarios para organizar los donativos y más vehículos para trasladarlos a los lugares donde se necesitan, prioritariamente a La Guaira. El lugar también se convirtió en un campamento de damnificados y sirve como refugio temporal para Odalys Rodríguez y su numerosa familia, que incluye un adulto mayor y cinco niños y niñas. “Yo viví la tragedia de Vargas y esto se parece mucho a lo que ocurrió hace 27 años. Nosotros vivíamos en el barrio Blandín de la carretera vieja Caracas-La Guaira y perdimos la casa y los corotos”. Ahora Odalys teme que no pueda regresar al apartamento del edificio San José, ubicado en la Primera Avenida de Los Palos Grandes, junto frente al edificio Petunia, que colapsó por completo. Por lo pronto, el edificio San José está forzosamente abandonado. Hay quienes llegaron a la plaza Francia desde más lejos, como Carmen Bellorín y su nieto de 9 años: “Yo y mi muchacho vivimos solos en el barrio San Blas de Petare. Mi casa se agrietó por todas partes y yo tengo mucho miedo de que se caiga. Hoy viernes me enteré de que aquí en Altamira estaban dando ayuda. Yo me vine con una sábana, más nada…”. En efecto, mientras Carmen hablaba su nieto comía arroz con pollo. Y a cada instante se le acercaban voluntarios para brindarle ayuda. “Con el favor de Dios, me van a dar un colchón y aquí pasaremos la noche”, decía con cierto alivio. En la plaza Los Palos Grandes hay un tercer campamento para quienes están obligados a dormir en la calle después de los terremotos del 24 de junio. Cada vez son menos los que allí pernoctan, según explica Erser Sayas, director de Cultura Chacao y encargado de atender a las personas que acuden a la plaza. Las autoridades del municipio han promovido las inspecciones técnicas de los inmuebles de la zona y en la medida en que se verifica la habitabilidad los vecinos regresan a sus residencias. La disposición de servicios en la plaza Los Palos Grandes denota más organización y la intervención de la asociación de vecinos Los Palos Grandes de Noche se hace sentir con servicios de atención primaria en salud. En su segunda noche de pernocta en la plaza, Zulay Infante, de 65 años de edad, está con su mascota, una chihuahua que está tan acicalada como su dueña. “Esto es muy doloroso. Yo vivo en el edificio Petunia II. Muchos de mis vecinos del Petunia murieron tapiados. Estoy muy deprimida”.



