Caza menor y las dos caras de la perdiz

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Hay provincias que parecen guardar un vínculo especial con la caza menor. Entre Ríos es una de ellas. Sus lomas suaves, los montes dispersos, los pastizales interminables y los caminos rurales que se pierden en el horizonte forman parte de un escenario que, desde hace décadas, atrae a quienes disfrutan de caminar el campo detrás de un buen perro de muestra. En esta oportunidad no pude ser de la partida, pero aproveché el regreso de mi amigo Daniel Callisto para reconstruir, casi paso a paso, lo vivido durante dos jornadas de caza junto a Alberto Cilento y su hijo Mateo. El relato terminó confirmando una vieja enseñanza del cazador: en el campo, dos días consecutivos pueden parecer dos mundos completamente distintos. Apenas cruzado el puente y ya en suelo entrerriano, comenzó el ritual de siempre. Tramitar los permisos de caza menor, revisar los equipos, acomodar las escopetas y repasar mentalmente cada detalle de la salida. Es una ceremonia sencilla, repetida una y otra vez, pero que conserva intacta la capacidad de despertar entusiasmo. Daniel llevaba su confiable Perazzi calibre 12/70. Mateo empuñaba una Franchi Ciroco del mismo calibre, mientras que Alberto rendía homenaje a los clásicos con una elegante Carlos Grassi calibre 16. Los tres coincidieron en la elección de cartuchos italianos de 28 g y munición Nº 7,5, una combinación que ofrece la regularidad y la velocidad necesarias para enfrentar los vuelos rápidos y sorpresivos de la perdiz. Compañeros infaltables Sin embargo, las verdaderas protagonistas de la salida tenían cuatro patas. Mía y Alice, dos bretonas de apenas dos años y medio, afrontaban su tercera temporada de trabajo. Todavía conservan la energía inagotable de la juventud, pero comienzan a exhibir algo aún más valioso: esa experiencia que moldea a los grandes perros de muestra y que les permite combinar pasión, inteligencia y disciplina. El sábado amaneció bajo un cielo parcialmente cubierto. Antes incluso de ingresar al primer cuadro, Alice clavó una muestra perfecta. Su pequeña cola rígida, la cabeza elevada y la tensión que recorría todo su cuerpo anunciaban que la aventura acababa de comenzar. Detrás avanzaban Daniel, Alberto y Mateo con esa mezcla de ansiedad y expectativa que sólo conocen quienes practican la caza menor. Porque cada salida es distinta y cada campo escribe su propia historia. Pero la jornada resultó más compleja de lo esperado. Una leve brisa dificultaba el trabajo de las perras y las perdices no aparecían donde la lógica indicaba que debían estar. Los sectores con pastos altos complicaban todavía más las cosas. Hubo excelentes muestras, disparos acertados y también esas frustraciones inevitables que forman parte del juego, cuando una pieza abatida desaparece entre la vegetación antes de poder ser cobrada. Mía y Alice trabajaron sin descanso. Cubrieron hectáreas enteras sin economizar energía, enlazando búsquedas, muestras y cobros con una entrega admirable. Su desempeño sostuvo el ánimo del grupo durante una jornada donde el esfuerzo fue claramente superior a los resultados. Sin embargo, el día siguiente –domingo– demostraría una vez más por qué la caza menor conserva intacta su capacidad de sorprender. El nuevo campo parecía pertenecer a otra provincia. Con un cielo nublado y condiciones más favorables, las perdices comenzaron a aparecer en una cantidad que sorprendió incluso a cazadores con muchos kilómetros recorridos detrás de los perros. Los vuelos se sucedían casi sin interrupción y las escopetas trabajaban a un ritmo inusual. El cupo se completó rápidamente. Daniel encontró la frase perfecta para describir aquella mañana extraordinaria. “Parecía un gallinero. Uno abatía una perdiz y no terminaba de recargar que ya salía otra”. La expresión, pronunciada entre risas y todavía cargada de adrenalina, resumía perfectamente la sensación de desconcierto y felicidad que provocan esas jornadas excepcionales que permanecen grabadas durante años en la memoria del cazador. No todo fue sencillo Los abrasivos pastos entrerrianos dejaron su marca en las patas de las bretonas. Aunque ninguna sufrió lesiones importantes, ambas terminaron con inflamación y pequeñas heridas en las almohadillas, consecuencia directa del intenso trabajo realizado durante dos días completos. Apenas finalizada la salida, Daniel se ocupó de lavarles las patas y aplicar una crema veterinaria para aliviar el desgaste. Con las escopetas descargadas y los equipos nuevamente acomodados en los vehículos, llegó el momento inevitable de las teorías.  La experiencia dejó una enseñanza simple pero contundente: en la caza menor nunca conviene sacar conclusiones apresuradas. Un día puede estar dominado por la incertidumbre y al siguiente todo cambia. La perseverancia, la búsqueda y la capacidad de aceptar los momentos difíciles suelen ser parte indispensable de las mejores jornadas. Hubo también algunas observaciones interesantes. Durante los dos días apenas se observó una perdiz, que levantó vuelo a unos 70 u 80 m de distancia, y las perdices cobradas resultaron visiblemente más pequeñas que las obtenidas en salidas recientes realizadas en la provincia de Buenos Aires. Pero esos detalles terminan ocupando un lugar secundario. Lo verdaderamente importante fue volver a comprobar que la esencia de la caza menor permanece intacta. El amanecer compartido entre amigos, el asado improvisado en el campo, el silencio expectante detrás de una muestra firme, el estallido repentino de un vuelo y la entrega generosa de dos perras que honraron con creces las mejores virtudes de su raza. Porque quienes caminan los campos detrás de buenos perros saben que cada salida tiene una personalidad propia. Algunas enseñan paciencia. Otras regalan abundancia. Pero todas dejan la misma sensación al emprender el regreso: la certeza de que, más temprano que tarde, volveremos a cruzar ese puente rumbo a Entre Ríos. ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo. Suscribite gratis al newsletter. En esta Nota

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