Por Rafael Osio La historia de Venezuela es también la historia de la larga y difícil construcción de un Estado benefactor. El chavismo la interrumpió para algunos con su opuesto. Los seres humanos inventamos los estados para protegernos de las catástrofes. Lo entiendes en los libros de Lewis Mumford sobre las primeras ciudades o en los de Jared Diamond sobre el colapso civilizatorio: pasamos de grupos tribales nómadas a sociedades organizadas de millas de personas porque aprendimos a organizar gobiernos que aparte de hacer que unos eran más ricos y poderosos que otros, reducían las posibilidades de morir de hambre, de frío, de alguna enfermedad o de un ataque enemigo. Hasta mediados del siglo XX, Venezuela no tuvo un Estado que redujera en un grado considerable la precariedad primitiva de su población, que la defendiera de la catástrofe. Como en tantos otros lugares de la Tierra, fue entonces cuando los venezolanos empezaron a recibir beneficios de una tecnología y una institucionalidad que los salvaba de morirse de inanición o de una queja. Hubo esfuerzos previos, desde los primeros programas de reconstrucción económica de Páez y la educación obligatoria con Guzmán Blanco hasta la construcción de caminos con Gómez. Pero fue desde el gobierno de López Contreras que empezamos a ver instituciones funcionando a una verdadera escala nacional, campañas de vacunación y alfabetización, un esfuerzo sistemático por convertir en una sociedad funcional y productiva a una sociedad dispersa, poco poblada, de bajísima esperanza de vida, en la que la gran mayoría de la gente estaba enferma y desnutrida. Por esas décadas los gobiernos de López Contreras, Medina Angarita, la junta de 1945-1948, Gallegos y Pérez Jiménez aprovecharon el ingreso petrolero para tomar que beneficiaban a la gente. Con la democracia, llegaron más obras e innovaciones institucionales como la ampliación de los derechos políticos. Hasta que esa promesa de desarrollo para todos se rompió, la desigualdad comenzó a crecer, la vulnerabilidad comenzó a recuperar terreno, y una sociedad frustrada y confundida escogió como respuesta a Hugo Chávez, justo el año en que se cumplieron cinco siglos del primer contacto con España. Nos había tomado medio milenio tener un Estado que proveyera salud, educación, justicia y orden; Ese año se detuvo esa historia de progreso y se empezó a deshacer el largo camino andado. Reversión e inversión Tal como lo describió Paula Vásquez Lezama, desde la tragedia de Vargas, cuando el chavismo se apropió de los cuerpos de los sobrevivientes, todo lo que el Estado daba exigía un cambio ayudar a ese Estado a crecer y mantenerse. Como lo cuenta Mirtha Rivero en La oscuridad no llegó sola, el chavismo usó cada crisis para apropiarse del Estado entero. Una vez que lo tuvo en sus manos, lo puso al revés. El Estado que debía servir a la sociedad, ahora sólo debía servir al poder, en contra de la sociedad. Con Chávez, el decadente Estado benefactor que teníamos ya no sólo dejaba de proteger a la sociedad de la catástrofe, sino que se convirtió en la causa de la catástrofe. Fue como enseñar a un leal perro guardián a matar a los niños de la casa. El chavismo profundizó todos los vicios de esos gobiernos anteriores para revertir la complicada historia de nuestro desarrollo e invertir el rol del Estado. La eterna cultura de la violencia de policías y militares se amplió para hacer de todo el país una alcabala, donde las fuerzas armadas se comportan como un ejército de ocupación que trata a todos los nativos como enemigos, a una escala que cubre el territorio entero, no sólo las barriadas ametralladas durante el Caracazo. La eterna cultura de corrupción por parte de funcionarios civiles se perfeccionó para privatizar la administración pública, que no hace nada si no se le paga personalmente al personal, y para hacer de la burocracia una industria de extracción de riqueza de la ciudadanía y del territorio mucho más voraz que lo que fue con cualquier gobierno dictatorial o democrático anterior a 1999. El Estado elefantiásico que erigió Chávez había perdido gran parte de su masa muscular cuando llegó 2020, pero siguió, y sigue, siendo capaz de someter a una nación reducida por la miniaturización de su economía y la migración masiva. Maduro rediseñó la represión para hacer que rindieran lo más posible sus recursos limitados. Y así llegó al punto en que descubrió, sobre todo después del fraude electoral de 2024, la eficiencia de secuestrar a un menor de edad, porque eso significa agarrar a una familia entera ya la red comunitaria a la que la familia acude. El método de someter a la sociedad a través del daño sobre familias enteras es evidente en el caso Víctor Quero. No es caos administrativo lo que impidió a su familia saber si estaba vivo o muerto, no es que los escribientes no encontraron la carpeta con su nombre. Es terror de Estado, un conjunto de prácticas que un régimen ilegítimo y rechazado por la mayoría de la población implementa para reducir al mínimo las posibilidades de perder el poder. Aquel Estado que durante décadas intentó ser un Estado benefactor, en proveer bienes públicos a millones de ciudadanos, ahora se concentra en administrar daño a esos millones para proveer bienes privados a los pocas millas que lo controlan. Más allá de la ira que sentimos por la historia de la Carmen Navas preguntando por su hijo al gigante cruel que se lo mató, el caso Víctor Quero está causando tanto impacto por como desnudo la manera en que el Estado venezolano se convirtió en justo lo contrario de lo que debe ser. En lugar de salvar de la desgracia, imparte la desgracia para gobernar con el miedo. En lugar de rendir cuentas, mientras y confunde por meses como una forma de tortura. En lugar de ser el Estado de derecho y de justicia que promete la Constitución que lo enmarca, es un Estado criminal donde la justicia no existe. La gran obra del chavismo Ese es el Estado que mató a Víctor Quero y que forzó por más de nueve meses a una anciana al desafío económico y logístico de visitar tribunales y cárceles, incluso fuera de Caracas, llevada por la esperanza de volver a ver a su hijo antes de morir. Y ese Estado es la principal obra del chavismo. Los gobiernos anteriores, que mal que bien eran gobiernos cuyo trabajo principal era gobernar, dejaron en su equilibrio de luces y sombras un montón de edificios y de instituciones, desde bancos y empresas básicas a escuelas, museos y universidades. El chavismo dejará algunos edificios y obras de infraestructura, demasiado pocas si consideramos los ingresos que llegaron a recibir en casi tres décadas en el poder. Pero la principal construcción del chavismo es ese Estado gigante, que no sirve sino para someter a la sociedad. Y mientras exista ese Estado perpetrador, no tendremos en Venezuela ninguna transición hacia la democracia. No podremos volver al camino hacia la democracia y el desarrollo del que el chavismo nos sacó. *** Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.




