El Parlamento Europeo no se limitó a aprobar unas cuantas cláusulas técnicas: transmitió un mensaje político. Con 483 votos a favor, el organismo europeo decidió recientemente que el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur tendrá un sistema automático de salvaguardia agrícola. Si las importaciones superan el cinco por ciento del promedio de los últimos tres años o si los precios europeos caen más del cinco por ciento, Bruselas puede suspender los beneficios arancelarios para productos como la carne vacuna, las aves, los huevos, el azúcar o los cítricos. Este no es un detalle menor. Es un síntoma. Europa afirma defender el libre comercio, pero está legislando mecanismos de frenado automático cuando su sector agrícola está intranquilo. El multilateralismo europeo tiene una convicción retórica, pero también memoria electoral. Las protestas rurales en Francia, España, Bélgica y Alemania no fueron sólo anécdotas: fueron el verdadero factor determinante del acuerdo. La política siempre prevalece sobre la economía. La reducción del umbral, del ocho al diez por ciento propuesto inicialmente por la Comisión al cinco por ciento, según lo resuelto por el Parlamento, revela el verdadero estado de ánimo del continente. Europa teme competencia con la eficiencia agroexportadora del Mercosur. Teme el impacto sobre sus medianos productores. Teme que el campo vote enojado. Por eso el acuerdo nace bajo vigilancia. Cada seis meses, la Comisión de la UE debe informar al Parlamento de la UE sobre el impacto de las importaciones sudamericanas. Si hay algún daño, se retiran las preferencias. Comercio en libertad condicional. Europa exige estándares ambientales, laborales y regulatorios más altos de sus socios, pero al mismo tiempo activa escudos automáticos cuando esos socios logran competir. Mientras Europa hace sonar las alarmas por una variación de precios del cinco por ciento, Washington DC está aumentando las cuotas de carne, armonizando los estándares de salud y abriendo el comercio digital sin imponer ninguna cláusula de vigilancia política permanente. Europa regula. Estados Unidos compite; Argentina necesita crecer. El acuerdo UE-Mercosur se presentó como un hito histórico: 700 millones de personas, cooperación reforzada, desarrollo sostenible, transformación digital, derechos laborales. El libre comercio europeo tiene límites muy claros cuando el voto rural se ve afectado –y ese límite hoy es del cinco por ciento. El Parlamento Europeo no frenó el acuerdo. Lo condicionó. Lo hizo reversible en sectores sensibles. Lo sometió a una supervisión constante. Eso cambia el equilibrio del enlace. Porque en política internacional la confianza importa tanto como los aranceles. El mundo ya no está organizado en torno a bloques ideales. Está organizado en torno a intereses nacionales explícitos. Europa está protegiendo su campo porque teme perder la cohesión interna. Estados Unidos está abriendo mercados porque busca consolidar su influencia estratégica. Brasil defiende el multilateralismo porque garantiza la previsibilidad. Argentina busca oxígeno. El Mercosur enfrenta ahora una decisión de fondo: adaptarse a un comercio bajo vigilancia o redefinir su inserción internacional con mayor autonomía estratégica. Porque en la economía global del siglo XXI, quien teme competir regula. Quien necesita sobrevivir, acelera.




