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Thursday, January 22, 2026

Cordillera oculta: descubrimos las huellas secretas de Uspallata en 4×4

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Encaramos la primera trepada apenas el sol amagó detrás del Cordón del Plata. No hizo falta charla previa: quienes asisten a la cordillera oculta saben que la aventura comienza donde termina la ruta; la montaña decide el resto. Verónica Romaña –directora de Mainumby 4×4– hizo punta de caravana y por la radio confirmó lo que todos intuían: “No vamos a ver a nadie en muchas horas. La Cordillera Oculta no es un nombre de fantasía: se trata de huellas casi privadas, puntos sin carteles, desvíos que –sin GPS ni guía– se convierten en el croquis de una utopía. Tampoco hay señal de celular, pero tenemos Starlink”. El camino desvía y nos mete en la Quebrada del Telégrafo, el viejo corredor que unía Mendoza con Uspallata en tiempos del tren. Todavía se siente algo de ese pulso histórico en los paredones montañosos, hoy sólo recorridos por algún cóndor y el viento rasante que pasa sobre algunos postes olvidados. Más adelante aparece la quebrada de Santa Elena. Allí hacemos la primera pausa larga: el mirador del valle de Uspallata abre –allá abajo– un mosaico verde atravesado por dos líneas de agua. El río Mendoza que desciende espeso, color chocolate; y, a su lado, el arroyo Uspallata que se ve más cristalino, pegado a la franja de árboles. Al fondo, apenas asomando entre cúmulos que parecen humo, el Aconcagua. Hay días en que esa nube fija lo hace semejar a un volcán que respira. El cerro más alto de América (6.962 m) casi siempre está coronado por algún cirro. Desandamos algunos kilómetros y tomamos una huella que no figura en ninguna guía turística ni app de mapas colaborativos. Pasamos junto a un campo de entrenamiento del grupo comando del Ejército, con sus muros de escalada plantados en medio de la nada, y de ahí entramos a un cañadón que cambia de color como si alguien jugara con filtros fotográficos. Marrones, amarillos, verdes: la ceniza volcánica solidificada a distintas temperaturas fue pintando las capas de roca con una paciencia geológica que relativiza cualquier apuro humano. En medio de ese anfiteatro natural aparece la formación bautizada Ciudad de Petra por el baqueano que nos acompaña, un agrupamiento de paredones rojizos y oquedades que, con un poco de imaginación, remite a la ciudad jordana. No son sólo coloridos paredones: hay cavidades que parecen vigilar, sombras que se esconden en recovecos donde el sol tarda en llegar. Tampoco sorprende que por estas zonas Brad Pitt haya filmado escenas de Siete años en el Tíbet: el relieve tiene algo de Himalaya en miniatura, con esa mezcla de soledad y escala que empequeñece. Sentarse en la roca donde está documentado que se rodó una de esas tomas tiene algo de desafío: uno aprieta el obturador de la cámara del celular, envía la foto al momento por el Wi-Fi satelital de la organización y, por un instante, siente que la montaña lo observa registrar su propio secreto. Dejamos atrás el cañadón por la reseca Ruta 13, una cinta de ripio castigada por lluvias lejanas que arrastraron buena parte de la calzada. Salimos por la Puerta Verde y, por un momento, pisamos la vereda del turismo clásico: del otro lado de estas formaciones está el famoso Cerro de los Siete Colores que visitan las excursiones tradicionales. Nosotros ya lo vimos desde atrás, como se mira el decorado de un teatro desde la tramoya. Pero también lo observaremos desde el frente en unos minutos más. “La flora acá es austera y precisa –indica el guía–. Coirón duro que aguanta el frío, jarillas que perfuman cuando las ruedas las rozan, algún acerillo y esos árboles de tamarindo silvestre como indicio de agua: donde ellos prosperan, bajo tierra algo corre”. Entre las piedras asoma una flor violeta que rompe la monocromía y recuerda que la fragilidad también encuentra su lugar en la montaña. Seguimos. El track ahora nos lleva a la mina Santa Elena. Almorzamos (pollo al disco) en el viejo refugio de mineros: paredes de piedra acomodada con barro, techos bajos que guardan historias que nadie escribió. Después seguimos por otra huella escondida, de esas que parecen terminar en una quebrada y de golpe se empinan. Varias trepadas obligan a colocar la baja, conducir con precaución y confiar en las indicaciones del spotter (observador externo). La precisión es el resultado de la obsesión: un metro más a la izquierda y la rueda cae en un escalón que puede costar un amortiguador o algo peor.  El destino ahora es la mina María Susana, con estructuras típicas de la época jesuítica, hecha en galería siguiendo la veta de cobre. Está agotada, pero las construcciones –piedra sobre piedra, sin cemento– siguen en pie como si la hubieran abandonado ayer. Por supuesto, ingresamos y recorremos los primeros metros de galería. Hallamos el trozo de un periódico de época, un viejo paquete de cigarrillos, una añeja botella… Guantes deshechos que alguna vez trabajaron… A medida que avanzamos, la piedra se desgarra lentamente y absorbe la claridad como para devorarnos con sus fauces.  Segundo día, nuevo destino de la cordillera oculta Este amanecer nos conduce a La Mendocina, una de las explotaciones de talco más grandes de la zona. Afuera, en la escombrera, asoman piedras con incrustaciones metálicas que brillan a contraluz. Es pirita, el “oro de los tontos”, advierte el guía: se oxida rápido, se transforma en ácido y arrastra otros metales hacia el interior de la tierra, concentrándolos. No tiene valor industrial, pero el piso parece un campo de estrellas aplastadas. Entre hierros retorcidos aparece una vieja Mitsubishi Montero volcada, último vestigio de un robo que terminó mal y que Internet se encargó de transformar en anécdota local. Ya no queda casi nada: sólo el cigüeñal, algunos hierros y la sensación de que la montaña también archiva su propia crónica policial. Unos metros más arriba, un malacate oxidado recuerda las toneladas de mineral que salieron de esas entrañas. Sacamos la foto de rigor: fierro, poleas y angostas vías de tren de épocas idas. Desde ahí encaramos la trepada al cerro El Sapo. La pantalla del inclinómetro marca 23° de pendiente y, en otro tramo, 21° de inclinación lateral. No hace falta exagerar: la adrenalina no necesita adjetivos cuando a través del parabrisas sólo se ve cielo y, por la ventanilla, un vacío de piedra que va transformándose en precipicio a lo largo de unos 1.000 m. ¡Hicimos cumbre! A 3.218 m de altura el aire es más delgado. No lo estamos, pero nos sentimos como montañistas en la cumbre del mundo. De otro mundo, más epicúreo tal vez. Descendemos por el mismo tobogán de ripio, pero esta vez desviamos hacia la mina La Negra, también de talco. Vuelve ese silencio particular de las galerías oscuras y abandonadas: rieles torcidos, paredes con marcas de herramientas, respiración detenida en la piedra. El asombro nos conmueve: los túneles se tallaron a pulmón y martillo hace varias decenas de años. Inmediatamente, la huella nos conduce a otra quebrada que funciona como túnel del tiempo: capas superpuestas, pliegues que revelan antiguas presiones, cortes limpios donde la montaña exhibe sus fósiles sin pudor. Más adelante aparecen los sombreros gigantes de piedra, apoyados con una delicadeza imposible, como si alguien los hubiese dejado caer sin ruido. Las camionetas avanzan despacio, casi en acto de reverencia. Jurassic Park no se filmó aquí, pero el escenario podría haber engañado a cualquier productor con sentido de la perspectiva. Amanece en la ruta La tercera jornada se propone diferente desde la noche anterior. “Mañana no vamos a desayunar en el hotel –comenta Romaña–, lo haremos al pie del cordón del cerro La Ventana”. El sol pega oblicuo y el fresco todavía araña. La organización despliega facturas, galletas de naranja y algunos manjares salados. Los participantes responden con mate y café. Es casi un momento de introspección en medio de la nada misma. Antes de finalizar la ceremonia, algunos le hacen ciertos retoques a la mecánica de sus camionetas. Nada grave, sólo algún estribo o protector molesto. La caravana se mueve ahora hacia Agua de los Guanacos y, más adelante, rumbo a las minas de Paramillos. Cruzamos un monumento homenaje a Darwin y una arboleda en el puesto Agua de la Zorra, desde donde parten los guías que entran a los corredores internos, con cascos y linternas. Nosotros miramos desde afuera, como se miran los secretos ajenos que uno decide no abrir. La mina de Paramillos se abandonó en 1982, con la Guerra de Malvinas como telón de fondo. Más arriba, en la Cruz de Paramillos, cuentan que el Ejército Libertador escuchó la última misa antes de cruzar a Chile. Es la parte más alta de la ruta, pero la más baja de la precordillera: parado ahí, uno entiende eso de que la distancia altera al tiempo. Minutos después arribamos al Balcón de los Andes –80 m que dan vértigo–, un mirador natural de rocas paleozoicas que alguna vez fue fondo marino y al que el turismo convencional accede desde abajo, por la Ruta de los Caracoles (365 curvas). Nosotros lo hicimos por detrás, después de tres días de majestuosa soledad, silencio y polvo. Más adelante nos esperan un bosque de araucarias petrificadas –troncos convertidos en piedra, inmóviles desde hace millones de años– y el almuerzo “todo frito exclusivo” en un paraje llamado Ruina de los Niños: empanadas, papas y huevos. ¡Exquisito! El último tramo nos lleva a la mina de La Ventana, bautizada así por los agujeros que perforan las rocas y dejan ver el cielo enmarcado en piedra. Cuando soltamos la baja y volvemos al asfalto, la travesía ya es pasado reciente. “Tan fugaz es el presente que lo salvamos con recuerdos”, escribió alguna vez Enrique Mariscal. Quizás de eso se trate: de perderse un rato en la cordillera oculta para volver con la certeza de haber manejado por un paisaje que, si uno no lo cuenta, casi parece inventado. Más info de esta y otras travesías: calendario en la web: mainumby4x4.com | WhatsApp: 11 6036 1111 | Instagram: @mainumby4x4 ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo.  Suscribite gratis al newsletter /strong>

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