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Saturday, July 4, 2026

Cuando la caza menor se da entre el agua y el rastrojo

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La temporada de caza menor 2026 comenzó dejando una conclusión inesperada: contra toda lógica aparente, los campos agrícolas mostraron mayor población de perdices que algunos tradicionales establecimientos ganaderos. La comparación entre Rauch, Tapalqué y Bolívar terminó revelando un escenario distinto al imaginado antes de salir al monte. Veamos el día a día de la cacería… El 1 de mayo viajamos junto a Daniel Callisto, mi compañero habitual de cacerías, y otros dos cazadores –padre e hija– hacia Rauch. El amanecer encontró los campos cubiertos de humedad, con pastos altos castigados por las heladas tardías y el pisoteo constante del ganado. Había un sol limpio y un viento moderado, de esos que obligan a las perdices a apretar el vuelo y a los perros a trabajar con precisión. Papeles en regla Tras cumplir con los controles y permisos correspondientes en la Policía Rural, emprendimos camino hacia la estancia Don Alonso, un establecimiento ganadero de unas 5.000 hectáreas. Apenas ingresamos quedó claro que la jornada no sería sencilla. Las lluvias habían dejado bajos anegados, barro pesado y sectores prácticamente intransitables. Cada caminata exigía esfuerzo y paciencia. En ese tipo de campos ganaderos el paisaje tiene otra respiración. Los alambrados largos parecen perderse en el horizonte, los molinos giran lentos sobre aguadas desbordadas y el suelo, siempre marcado por pezuñas, conserva una humedad oscura que se pega a las botas. Hay manchas de pasto duro, pajonales altos y sectores abiertos donde el ganado domina la escena mucho antes que la fauna silvestre. Allí, las perdices suelen esconderse más de lo que vuelan y cada muestra del perro rompe un silencio espeso, apenas cortado por el viento y algún mugido lejano. Nos recibieron Luis Marcelo Zegarelli y su hija Gianina, quienes nos habían invitado a compartir la salida. Hoy no es frecuente ver a una hija disfrutar de esta actividad junto a su padre, y Gianina participó de cada detalle de la jornada: abrió tranqueras, corrió boyeros eléctricos, juntó leña para el asado y colaboró incluso en la limpieza de las piezas cobradas. Los acompañaba Tina, una bretona de cuatro años que Daniel había entregado tiempo atrás a la familia, luego del fallecimiento de su dueño original. La perra mostró un trabajo admirable, con resistencia y firmeza en condiciones realmente exigentes. Nosotros salimos con Mía y Alice, dos hermanas bretonas de apenas dos años y medio, jóvenes todavía, pero con excelente nariz y un entusiasmo inagotable. No era como lo imaginábamos  La jornada se desarrolló con una escopeta superpuesta Perazzi calibre 12/70 y una Franchi de tiro del mismo calibre, utilizando cartuchos cargados con munición 7 de 28 g. En un terreno así, cada disparo requería reacción inmediata y precisión absoluta: las pocas perdices encontradas levantaban vuelo corto, bajo y sorpresivo. La expectativa inicial era alta. Un establecimiento ganadero de semejante dimensión hacía imaginar abundancia de piezas. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Las perdices aparecieron escasas, dispersas y extremadamente difíciles de encontrar. El exceso de agua y el pasto demasiado crecido parecían haber alterado por completo su comportamiento. Las perras trabajaron más de la cuenta. Cada muestra era celebrada como una pequeña victoria y cada pieza cobrada valía doble por el esfuerzo invertido. Hubo largas caminatas, barro hasta los tobillos y muchas horas de búsqueda para obtener resultados modestos. Las liebres también fueron una rareza: apenas vimos una durante toda la jornada. En cambio, los zorros aparecieron con frecuencia, y quizá allí exista parte de la explicación sobre la baja presencia tanto de liebres como de perdices. Al caer la noche, ya en el hotel, coincidimos con otros grupos de cazadores que ocupaban casi 10 habitaciones. Como ocurre siempre después de una salida, las conversaciones giraron alrededor de perros, tiros errados, vuelos memorables y piezas cobradas. Fue allí cuando supimos que, pese a las difíciles condiciones del terreno, nosotros cuatro habíamos sido quienes más perdices cobramos durante toda la jornada, con una efectividad cercana al 80 %. No fue una salida de abundancia ni de cogoteras llenas. Fue una verdadera jornada de caza: dura, sacrificada y trabajada metro por metro. Y quizá por eso mismo, una de esas que permanecen para siempre en la memoria del cazador. Pero faltaba la contraprueba: a unos 128 km de Rauch, el panorama cambiaría por completo. En la misma mañana fresca del 1 de mayo, los caminos rurales cercanos a Tapalqué y Bolívar amanecieron rodeados de lotes de girasol ya cosechados y extensiones de rastrojo seco. Allí comenzó su experiencia otro cazador: el francés Laurent Sansot, visitante habitual de nuestro país desde hace casi tres temporadas, quien vino acompañado por su novia argentina, Débora Mraz Arancibia, encargada además de registrar cada instante con su cámara. La salida había sido organizada por el guía Feliciano Aguirre, hombre práctico de campo, conocedor de cada bajo y cada lote de la zona, quien los pasó a buscar temprano por el hotel, con los perros ya inquietos por salir. A Laurent se le entregó una escopeta Huglu calibre 12, liviana y equilibrada, ideal para caminar largos cuadros agrícolas, utilizando cartuchos Stopping Power de 32 g, munición 7. Las bretonas elegidas fueron Cielo y Chiqui, dos perras que trabajaron con enorme eficacia durante ambas jornadas. Y aquí apareció la gran diferencia: en los campos agrícolas las perdices estaban presentes. Bastaba avanzar algunos metros para que los perros marcaran nuevamente. Las aves levantaban rápidas entre los rastrojos, cortando el viento bajo y obligando a disparos instintivos. Laurent mostró buenos reflejos desde el comienzo y alcanzó una efectividad cercana al 60 %, mientras Feliciano recordaba historias de viejas temporadas y cazadores legendarios de la zona. Débora caminaba algunos pasos detrás, buscando encuadres entre los girasoles secos y los vuelos repentinos. Cada levante tenía ese sonido inconfundible de alas quebrando el silencio del campo, un ruido que cualquier cazador reconoce incluso antes de ver la pieza. El mediodía encontró al grupo junto a una arboleda, compartiendo un almuerzo sencillo y repasando los mejores tiros de la mañana. Por la tarde el viento aumentó y las perdices comenzaron a moverse menos, obligando a caminar despacio y exigir todavía más a los perros. Pero la jornada ya estaba hecha. Entre buenas fotos, excelentes lances y conversaciones de campo, Bolívar volvió a demostrar por qué sigue siendo una referencia histórica para la caza menor bonaerense. En otra jornada El segundo día viajaron a Tapalqué, donde las condiciones cambiaron abruptamente: una sensación térmica de -1 °C, mucho viento y campos todavía cargados de agua por las lluvias recientes. Allí apareció Frida en acción, otra bretona que tuvo una actuación impecable. Marcaba y cobraba las piezas con una precisión pocas veces vista. Aunque el cupo se completó con relativa facilidad, las liebres siguieron siendo escasas: apenas se vieron cuatro entre ambas jornadas. La conclusión terminó siendo tan clara como inesperada. Esta vez, y contra la lógica tradicional, los campos agrícolas de Tapalqué y Bolívar mostraron mayor población de perdices que los grandes establecimientos ganaderos de Rauch. La llanura, una vez más, dejó en claro que nunca entrega respuestas definitivas. Porque el campo cambia, las especies se adaptan y cada temporada escribe su propia historia sobre el barro, el rastrojo y el viento frío del otoño bonaerense. ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo. Suscribite gratis al newsletter.

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