La vida de Neilysmar Sánchez cambió, al igual que la de miles de varguenses, tras el doble evento sísmico que afectó a Venezuela el pasado 24 de junio. De la rutina familiar en el sector Blanquita de Pérez, en la parroquia Caraballeda, pasó a vivir en una carpa en los campos de golf, espacios que fueron tomados como refugios temporales para quienes quedaron sin techo. Sánchez tiene 30 años de edad y es madre de una niña de seis años. Llegó al lugar al tercer día del desastre, debido a las réplicas ya los rumores iniciales de un tsunami. En este refugio se les brinda atención de alimentación, recreación para los niños, médica y psicológica, pero no cuentan con electricidad en la mayoría de las carpas, lo que dificulta tareas básicas como cargar los teléfonos celulares. La joven señala que algunas familias han logrado reunir dinero para comprar pequeñas plantas eléctricas particulares, con las que encienden ventiladores y protegen a los niños de los zancudos. Sánchez asegura que, a pesar del buen trato que ha recibido en el lugar, no ha sido fácil estar allí con su hija, quien después de los terremotos ha tenido episodios de pánico, en especial cuando escucha ruidos muy fuertes. “Cuando tú ves que tienes a alguien que depende de ti, se te pone el mundo chiquito sin poder llorar, porque si lloras lo traumatizas”, explica. La familia también espera noticias sobre un pariente que permanece atrapado en las Residencias Caribe, mientras apoyan a otra hermana que perdió la vivienda que alquilaba. Destaca que aunque las autoridades propusieron traslados voluntarios hacia Los Caracas o la Universidad Simón Bolívar en Camurí Grande, el temor a las condiciones de las vías y el arraigo local frenan la mudanza. “Nosotros estamos desde pequeños en La Guaira y para nosotros sería difícil irnos”, dice. Para ella, la permanencia en un refugio no es una opción de vida a largo plazo. “Dormir en una carpa, si no tienes luz, si no posees ventilación… no es vida”, aseguró a Efecto Cocuyo la joven este martes 7 de julio. Zulay pasa el día en un refugio y duerme en casa de amigas. A poca distancia de los campos de golf, se pueden observar las residencias Karina, un edificio en Caraballeda que se desplomó por completo. Allí vivió durante 38 años Zulay Salamanca, una protectora de animales de 64 años. El sismo le arrebató a cuatro familiares, su hermana Irma Margarita Salamanca, de 70 años; su sobrina Yanet Celeste Melinkov, y sus sobrinas morochas de 21 años, Valeria Alejandra y Valentina Alejandra Silva Melinkov. Ya sepultó a las tres últimas en el cementerio de Caraballeda, pero el cuerpo de su hermana sigue bajo los escombros. “Murió al instante porque le cayó una estructura encima. No la han podido sacar porque el piso quedó afectado”, explica Salamanca entre lágrimas. “Los topos de México, El Salvador y Estados Unidos me dijeron que no se puede dar ni un martillazo porque todo se va a desplomar. Entiendo la situación, pero quiero darle sepultura a mi hermana”. Salamanca sobrevivió porque estaba en Caracas la tarde del sismo. Al regresar, encontró la estructura colapsada y denunció que al día siguiente, a plena luz del día, saquearon los apartamentos. Pasa las horas en las inmediaciones del refugio esperando la maquinaria, acompañado solo por un bolso con ropa y comida para gatos. Logró rescatar a nueve felinos, pero sus dos perros murieron. “Se los llevé a un amigo en Caracas, están esterilizados. No vivían en mi casa, pero iban diario a comer en la mañana y en la tarde-noche; no los puedo dejar solos aquí”, relata. Zulay no duerme en el refugio por una crisis de nervios; el tumulto la asusta. Se queda en casa de unas amigas en Caraballeda, pero para no incomodar se levanta temprano, pasa el día en el refugio —donde viene y gestiona el apoyo de la maquinaria— y sube a dormir en la noche. “Esto ha sido un duelo colectivo, todos somos uno solo porque el dolor es inmenso. Sinceramente, no me quiero quedar a vivir aquí en Vargas porque ya he sufrido dos golpes muy fuertes”. En el Polideportivo los vecinos están organizados. En el Polideportivo de La Guaira, en la parroquia Carlos Soublette, la escala de la emergencia es mayor. Residentes de Tanaguarena, Catia La Mar, Mare Abajo y del urbanismo OPP están concentrados en esta instalación que, según estimaciones de los propios habitantes, alberga a entre 1.500 y 2.000 personas entre adultos y niños. “Los primeros días fue muy duro estar aquí porque había un descontrol”, recuerda Dionisis Sojo, de 30 años. Proviene del barrio Canaima, donde las grietas en las paredes la obligaron a evacuar junto a sus hijos de 10 y 13 años. Para organizar a la población, las autoridades implementaron un sistema de brazaletes, verdes para los niños y azules para los adultos. La gestión interna depende de 22 líderes de escuadra, quienes coordinan delegaciones de entre 190 y 292 personas. La falta de privacidad es el problema más recurrente en este espacio masivo. “Lo más difícil es no tener privacidad, a veces es fuerte lidiar con las personas que son inconscientes. Se han reportado robos. Aquí hay que dormir con un ojo abierto y uno cerrado”, señala Sojo, cuya familia sufrió la pérdida de insumos de uso personal durante los primeros días. A pesar de los inconvenientes de convivencia, el Polideportivo cuenta con un amplio despliegue de asistencia coordinado por organizaciones internacionales y agencias de Naciones Unidas como la OIM, Unicef, Acnur y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), además de iniciativas como World Central Kitchen, encargada de la comida. La instalación dispone de un hospital móvil, dos carpas médicas con especialidades en pediatría, ginecología, oftalmología y ecografías, jornadas de vacunación de fiebre amarilla y toxoide, y operativos de cedulación inmediata a través del Saime. Una fuente señaló a Efecto Cocuyo que el Sistema de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes también trabaja en el sitio tras detectar casos de menores de edad que no están con sus familiares directos. En el César Nieves piden agua y colchones El Estadio César Nieves, ubicado en la parroquia Catia La Mar, también alberga a personas que quedaron sin hogar, distribuidas tanto dentro del campo deportivo como en las áreas externas y los alrededores. La gravedad de la crisis la refleja Eukari Hernández, de 60 años. Ella vivía alquilada en una habitación que colapsó por completo. Padece de una condición renal, por lo que no quiere estar por mucho tiempo dentro de un refugio. “No te voy a decir que aquí nos han atendido mal, lo han hecho de maravilla entre lo que cabe, gracias a todos, tanto a los de afuera como a los venezolanos, pero no sé cuándo se va a acabar esto. Dios mío, ha sido tan difícil. Yo perdí un familiar, hemos perdido amigos, porque son familia también, mi vecino… Allá abajo hay una persona enterrada y yo entro en depresión. O sea, ¿cuándo se va a acabar esto? No es culpa de nadie, son cosas de la naturaleza”, relata con angustia. Como ella, dentro del campo del estadio se refugian 585 personas agrupadas en 368 familias. A este grupo se suman 75 familias en el área techada de las instalaciones y otras 120 familias ubicadas en el sector La Angustia, en las inmediaciones del complejo. En este mismo centro, Ulises Ellis, de 49 años, quien perdió su vivienda y sus locales en el Mercado Comunitario César Nieves, apoya de forma voluntaria en la distribución interna. Ellis confirma que la alimentación y la asistencia médica provienen principalmente de organizaciones privadas e iglesias, incluyendo delegaciones españolas, mientras que las carpas fueron entregadas por un ministerio el pasado viernes. No obstante, advierte que la escasez ya afecta los servicios básicos. “No tenemos electricidad. Estamos esperando que la acomoden. El agua potable ya está faltando. Se necesita más agua, protector solar y alimento para las mascotas”. A diferencia de otros puntos de la región, los damnificados en el César Nieves denuncian que la presencia de las autoridades locales y regionales ha sido nula; las primeras ayudas llegaron por iniciativa de voluntarios civiles y efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Las necesidades más urgentes son hielo, debido a las altas temperaturas y colchones para sustituir las colchonetas actuales. Restricciones al acceso informativo La asistencia de los organismos internacionales se mantiene activa en tres puntos específicos de la región según expñlicó una fuente de la OIM a este medio de comunicación. Las agencias de la ONU operan formalmente en los centros de Playa Grande, el estadio César Nieves y el Polideportivo de La Guaira, y coordinan su próximo ingreso al refugio de los campos de golf de Caraballeda. Durante la cobertura de este informe, se constató el funcionamiento de otro refugio en las instalaciones de la Universidad Marítima del Caribe (UMC) en Catia La Mar. El equipo periodístico intentó ingresar a la sede universitaria para verificar las condiciones de las familias y la asistencia brindada, pero el acceso fue denegado por el personal de seguridad, bajo el argumento de que se trata de un espacio de administración gubernamental con restricciones de entrada.



