José Claudio Escribano y yo somos probablemente los únicos dos que quedamos de quienes atravesaron toda la dictadura militar de 1976-1983 trabajando en periodismo y ocupando puestos de dirección de una redacción, y que todavía lo hacemos hoy. Como cada vez son menos los testigos de aquel período que desempeñan hoy el mismo papel, la responsabilidad de transmitir esa experiencia es cada vez mayor. Espero con interés las reflexiones de Claudio. En mi caso, hay una huella mnemotécnica en el cuerpo, una huella que no puede sentir nadie que no la haya vivido. Hace poco más de dos años me operaron de la columna en el Hospital Italiano; Su jefe de traumatología me dijo después que, al salir de la anestesia, todavía inconsciente, gritaba de dolor y hablaba de las torturas en el centro clandestino de detención El Olimpo, donde estuve detenido en 1979. Nunca he odiado. Siempre he agradecido haber sido uno de los sobrevivientes de El Olimpo, donde fueron asesinados 700 de los 750 detenidos, y lo mismo después de la Guerra de Malvinas en 1982, aquella época sin la ilegalidad de la desaparición, cuando ordenaron mi detención a disposición del Poder Ejecutivo por traición a la patria. Ser salvo dos veces hizo que el agnóstico que era comenzara a tener fe. A medida que se acerca el 50º aniversario del golpe del 24 de marzo, en los últimos días he estado leyendo muchas columnas muy interesantes sobre ese período. Más que análisis, lo que tengo para ofrecer es testimonio personal. Conocí a Videla, conocí a Massera y conocí a Camps. Paradójicamente, no conocí al hombre que me hizo desaparecer en enero de 1979 y que, al cabo de una semana, me hizo liberar a unas cuadras del cuartel general del Primer Cuerpo de Ejército, que él comandaba, y me hizo cruzar la ciudad encapuchado desde Flores, donde estaba El Olimpo, hasta Palermo para entregarles un mensaje a los militares “blandos” de que había sido él: Suárez Mason. Massera ordenó la primera prohibición de circulación de la revista que yo dirigía -La Semana- por publicar un artículo del historiador Armando Alonso Piñeiro titulado ‘Brown era pirata y Güemes anarquista’. Así de ridículo era. Videla fue aún más ridículo. En 1980 convocó a los directores de medios de comunicación a una reunión en la Casa Rosada para un anuncio importante. Estuvimos presentes Ernestina Herrera de Noble (Clarín), Bartolomé Mitre (La Nación), Aníbal Vigil (Editorial Atlántida), Bernardo Neustadt (revista Extra), Hugo Gambini (revista Redacción) –todos ya fallecidos– y yo por Editorial Perfil. En aquella época, la radio y la televisión eran estatales y, por supuesto, Internet no existía, por lo que los únicos medios privados eran los periódicos y revistas impresas. El anuncio fue que Argentina iba a la guerra con Brasil porque la construcción de la presa de Itaipú a un nivel “excesivo” iba a privar de agua al río Paraná. El deseo de guerra estaba entre ellos. El Papa Juan Pablo II había impedido la guerra con Chile dos años antes, y recuerdo muy bien durante los interrogatorios en El Olimpo –que combinaron torturas psicológicas y físicas– su interés crítico en la frustrada guerra con Chile, que “quiere tomar parte de nuestro extremo sur”. Recuerdo también el antisemitismo que les hizo creer en la plausibilidad del Plan Andinia, según el cual el sionismo planeaba apoderarse de la deshabitada Patagonia y establecer allí un Estado judío. Esos eran los delirios en la cabeza de una porción importante de esos militares, lo que explica no sólo el carácter criminal de sus acciones sino también su falla en la gobernabilidad en todos los niveles, desde el económico hasta las Malvinas. Por eso, a diferencia de las dictaduras contemporáneas de Chile y Brasil, la dictadura argentina terminó tan desacreditada, lo que permitió a Raúl Alfonsín llevar a cabo el único juicio en la historia de la humanidad contra los mismos militares que aún tenían armas. Sigo con la locura: Una vez iniciada la Guerra de Malvinas, conocí al General Camps porque me citó para “informarme” que una vez terminados los combates sería ejecutado por traición por un artículo que habíamos publicado el periodista estadounidense Jack Anderson, premio Pulitzer de 1972 por los Papeles del Pentágono). Camps, a gritos, me dijo que no había ninguna flota de 40 barcos británicos dirigiéndose al Atlántico Sur, que eran mentiras inglesas para asustar a nuestros soldados, y que yo había colaborado difundiendo información derrotista, sirviendo al enemigo. Con una pistola sobre el escritorio me dijo: “Te dispararemos cuando ganemos la guerra porque ahora todas las balas se usarán para matar a los ingleses”. Episodios como los que cuento me llevaron a concluir que, sobre todo, eran ignorantes. Siendo muy joven, me resultaba difícil entender cómo personas tan mal preparadas podían tener tanto poder. Sin disculparlos en lo más mínimo, encontré cierto consuelo en el intelectualismo moral de Sócrates, para quien el mal es ignorancia y “quien conoce el bien actúa correctamente”. Y en la célebre frase de Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal” mientras cubría como periodista el juicio al nazi Adolf Eichmann. Esto no significa que el mal sea banal y, como Arendt, nunca minimizo la responsabilidad de los comandantes de la dictadura. Sólo quiero transmitir que eran personas muy mediocres; el mejor ejemplo fue el tartamudeo de Videla cuando José Ignacio López hizo historia al preguntarle, en una conferencia de prensa pública, sobre los desaparecidos. A lo largo de los años, y después de más de 42 años de democracia, he aprendido que –en su mayor parte– quienes llegan a la Presidencia y dirigen Argentina no poseen una virtud superior. Tienen tantos defectos como la persona promedio, agravados por el hecho de que un poder excesivo los aleja de la realidad. En una columna en La Nación, Carlos Pagni relata que el secretario general de Videla, José Villarreal, era simpatizante de la Unión Cívica Radical (UCR) y, citando el libro de Pablo Gerchunoff El planisferio invertido, Alfonsín menciona el plan que Alfonsín propuso a este sector militar para una breve transición cívico-militar hacia la democracia. Lo que puedo dar fe personalmente es que Ricardo Balbín, presidente de la UCR hasta su muerte en 1981, intentó influir en los miembros menos mesiánicos de la dirección militar para que convocaran elecciones después de los cinco años de Videla al frente de la Junta Militar. Entrevisté personalmente a Balbín en 1977 y el titular de la entrevista era una cita del líder radical que decía: “Videla es un general para la democracia”. Paradójicamente, la Secretaría de Prensa y Difusión –así se llamabaº– de la Presidencia estaba controlada por la Armada, es decir Massera, quien también ordenó prohibir la distribución de ese número de La Semana porque estaba expresamente prohibidas las entrevistas con cualquier político. Obviamente, tanto el plan de Massera como el de gran parte del alto mando militar no era entregar el poder en 1981 sino continuar durante el mayor tiempo posible. La Guerra de Malvinas fue el intento de relegitimar el gobierno militar, que terminó con el resultado contrario. En cuanto a Alfonsín –fue a la escuela secundaria militar y era de la misma generación, por lo que conocía a muchos de los líderes militares– puedo dar fe de que mucho antes de convertirse en presidente tenía en mente un plan para procesar a los comandantes –sólo a aquellos que habían cometido crímenes aberrantes–, limitando al mismo tiempo la responsabilidad de los oficiales de menor rango, que habían seguido órdenes bajo el concepto de “obediencia debida”. Una vez terminada la Guerra de Malvinas, La Semana publicó la primera foto de portada de Alfredo Astiz, el capitán de la Armada de la ESMA conocido como el “Ángel de la Muerte”, que había entregado las Islas Georgias del Sur a los británicos. Preocupado por las consecuencias que traería esa portada, Alfonsín vino a la redacción para advertirme del peligro que corría: “La responsabilidad será de los comandantes y no de los subordinados. Hijo, no publiques eso, lo necesitamos vivo para la democracia”. No escuché. Alfonsín tenía razón. La dictadura cerró La Semana y poco después ordenó mi arresto. Alfonsín se convirtió luego en el abogado del recurso de hábeas corpus que pedía mi liberación, y tras refugiarme en una embajada, pasé el último año de la dictadura en Estados Unidos antes de regresar con la llegada de la democracia. Walter Benjamin, en su Sobre el concepto de historia, explicó la imposibilidad de ver la historia como realmente fue con los ojos del presente, comparándola con un relámpago, que sólo se ve en el breve momento de su presente, y luego desaparece. Ayer, Fernández Díaz, en el mismo suplemento de La Nación con motivo del 50 aniversario del golpe que publicó el texto de Pagni, reflexionó diciendo: “La historia que por nuestra edad vivimos en su momento ha ido cambiando sutilmente en nuestra mente a medida que han transcurrido estas décadas de madurez, estudio, lectura y revelaciones”. Sí y no. Debo haber olvidado mucho, pero al mismo tiempo todavía recuerdo hasta el más mínimo detalle: el temido Ministerio del Interior durante los primeros cinco años de la dictadura, el general Albano Harguindeguy interrogándome insistentemente la madrugada después de mi liberación de El Olimpo, u otro ejemplo ridículo de aquella época: cuando publicamos una entrevista con el último secretario general de la CGT antes del golpe, Casildo Herrera, famoso por su frase “desapareceré”, después de haber logrado escapar antes del golpe y vivir en España, Harguindeguy me citó a la Casa Rosada, me tomó del hombro (era bastante corpulento) y me metió en el bolsillo un billete de aquella época. Al ver mi sorpresa me dijo: “Esto es para Casildo, ya que usted dice que sobrevive en España sin recursos”. Una más: después de mi salida de El Olimpo, tuve que salir de la redacción cada vez que uno de los militares que circulaban en cuatro Falcons verdes me llamaba bajo seudónimo y, para intimidarme, me llevaba a pasear sin decir palabra. El seudónimo elegido fue ‘Clark Kent’, porque yo era periodista. “La Biblia y el calefón”, todo mezclado como la letra del tango: lo absurdo, lo banal, la maldad, la mediocridad, el disparate. Antes que ideología, vi la estupidez en el contexto de una sociedad que, tal vez como en 2023, cansada de la locura peronista de entonces, no midió las consecuencias de preferir el autoritarismo. Así como nada empezó en 1976, venía desde antes, nada terminó en 1983 con lo que paradójicamente se llamó el ‘Proceso’. Hoy la violencia es verbal, pero la actitud antidemocrática, opuesta a la deliberación y al consenso, es la misma.




