El peruano real detrás del desfile, por Renė Gastelumendi

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Según la estadística, el peruano promedio tiene este miércoles 34 años, mide 1,65 m si es hombre y 1,52 m si es mujer. Se autopercibe como mestizo o indígena, con una marcada raíz quechua. Su piel está cobrizada. Sufrió anemia o desnutrición de muy niño, no se alimentó bien, por lo que su desarrollo neuronal enfrentó varias limitaciones desde la cuna. Pasó por la escuela pública y obtuvo la secundaria completa, pero en la práctica el sistema lo convirtió en un analfabeto funcional: no comprende textos complejos ni es capaz de resolver problemas matemáticos básicos. Como si fuera poco, hoy lleva en su cuerpo la huella biológica de la desnutrición histórica: una talla corta combinada con un metabolismo de escasez, alimentada por una dieta de resistencia a base de arroz y papa. Cruel paradoja, el peruano promedio sufre de sobrepeso. El peruano promedio desconfía de todo, hasta el vecino, y vive aterrado, asumiendo que en cualquier momento lo pueden asaltar. El peruano promedio debería vivir aterrado también por la casa que habita: autoconstruida, sin licencia, sin ingeniero, eternamente inacabada, sobre terreno no planificado y con alto riesgo de colapsar en un terremoto. Aquella es otra historia que tarde sobre la urbe, como una espada de Damocles de la que después de cada temblor fuerte hablan los noticieros por un rato; luego todo sigue igual para él. Es decir, sabe que vive en una zona sísmica, vulnerable e inapropiada, pero ese terror puede esperar, porque su subsistencia inmediata, la de él y la de los suyos, está primero. El peruano promedio gana entre 1.200 y 1.400 soles al mes. Su trabajo de vendedor ambulante, chofer, operario o trabajador independiente no calificado es, cómo no, informal. No tiene seguro, gratificación ni derechos laborales. A esta intemperie se suma una fragilidad económica absoluta, pues carece de ahorros suficientes para sostenerse un solo mes sin ingresos. En otras palabras, enfermarse o indisponerse es un lujo prohibido y, si algo de dinero extra tiene, no está bancarizado porque no confía en los bancos. Además, se demora entre dos y cuatro horas diarias en llegar y volver de su trabajo. Es decir, pasa cerca de un mes de su tiempo, cada año, entre la jungla de combis, colectivos y mototaxis que lo movilizan en nuestro transporte público. El peruano promedio también es muy religioso y conservador: el caos de su propia existencia supera su psique en cualquier momento, y la fe lo ayuda a no quebrarse. Tal vez por eso no tiene tiempo de pensar en donar órganos a un prójimo o, me temo, porque la desconfianza lo persigue hasta el hospital: recela de los médicos del sistema público en el que apenas hay cupo para él y teme el manejo de su propio cuerpo. La donación de órganos es, para él, un tema ajeno y aterrador. En estas Fiestas Patrias, lejos de la blanquirroja pirotecnia oficial, los desfiles castrenses y los discursos, habita este peruano real: el más frecuente, el más representativo. La fría estadística respalda esta descripción: • Demografía y físico: Mediana de 34 años (nacido en 1992), +60% mestizo/indígena, 1,65 m (H) / 1,52 m (M), 72 kg y +65% con sobrepeso u obesidad (MINSA/INEI). • Infancia y salud: +50% padecía anemia/desnutrición al nacer (década de 1990); hoy persiste una tasa de apenas dos donantes de órganos por millón de habitantes (ONDT/MINSA). • Educación (Minedu): Secundaria completa formal; +65% de estudiantes no comprende textos complejos y el 80% no resuelve problemas matemáticos básicos (analfabetismo funcional). • Trabajo, ingresos y vivienda: Ingreso mensual promedio de S/ 1.200 a S/ 1.400; +70% ópera en la informalidad (ENAHO); 80% habita viviendas autoconstruidas o no planificadas (CAPECO) y +70% carece de ahorros para sostenerse un mes (SBS). • Transporte y seguridad: Pierde de dos a tres horas diarias en el tráfico (ATU/Lima Cómo Vamos) y cerca del 90% percibe amenaza constante de delito (INEI/LAPOP). • Institución y tejido social: +75% se declara católica (INEI), pero cerca del 90% desconfía de sus propios vecinos (LAPOP). Este peruano promedio no es un mito de folclore ni un héroe de discurso oficial: es un sobreviviente pragmático, exhausto e hiperindividualista que aprendió que el Estado es un fantasma y la única red de protección social es su propia capacidad de resistir cada día de su vida. Estas circunstancias, amparadas en la estadística, moldean una idiosincrasia cuya alma es la desconfianza total hacia las instituciones y hacia el otro. En su universo, la informalidad, la fe privada y la evasión de la norma no son un acto de rebeldía, sino la única estrategia posible de supervivencia en un país de barro. ¿Feliz 28?

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