Argentina, como la mayor parte del llamado “mundo occidental”, está sufriendo una aguda pérdida de confianza en la democracia y sus principales instituciones, incluido el periodismo. Cincuenta años después del golpe de Estado que desató la sangrienta dictadura militar de 1976-1983, es preocupante ver cómo la visión de la sociedad sobre la democracia ha disminuido, con una parte sustancial de la población diciendo que el sistema político les es indiferente o incluso que prefieren un régimen autoritario. Lamentablemente, muchas de las lecciones positivas y fundamentos socioculturales que surgieron de un período marcado por el terrorismo de Estado, la tortura y la muerte han sido corrompidos por una profunda polarización –anteriormente denominada localmente “la grieta”– y se han transformado en guerras culturales. Las últimas dos décadas demuestran cómo causas nobles, como la defensa de los derechos humanos en un país donde fueron sistemáticamente violados, pueden ser aprovechadas políticamente por un lado y luego por el otro del espectro político, erosionando en última instancia la confianza en el proceso histórico y su capacidad para actuar como fuerza orientadora para las generaciones actuales y futuras. La importancia de acontecimientos históricos como el 24 de marzo de 1976 sólo se construye a partir de sus consecuencias. Dos visiones encontradas surgieron después de la multitudinaria marcha de la semana pasada a la Plaza de Mayo en el centro de Buenos Aires. Hubo un vector político, en el que el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, buscó robarse el protagonismo, pronunciando un discurso contra el presidente Javier Milei en sintonía con parte del mensaje pronunciado por la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Carmen Arias. Fue bajo el mismo marco conceptual que la administración Milei lanzó un video que buscaba “dar visibilidad a toda la verdad”, destacando el dolor de las víctimas de la guerrilla de izquierda y la revictimización de una mujer que había sido sustraída ilegalmente a sus padres desaparecidos pero que abrazó a su nueva familia. Las dos narrativas principales que surgieron en el espectro político comparten el oportunismo de quienes buscan el poder con verdades parciales. Los ex presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner elevaron hábilmente los movimientos de derechos humanos para su propio beneficio político, ya que nunca tuvieron una participación real durante el calor de la dictadura. Encomendaron al poder judicial que investigara los crímenes contra la humanidad perpetrados por las fuerzas de seguridad genocidas durante el período comprendido entre 1976 y 1983, otorgaron reparaciones a las víctimas y revitalizaron los movimientos de derechos humanos. Al mismo tiempo, crearon múltiples esquemas de corrupción (algunos de los cuales estaban asociados con grupos de derechos humanos, humillaron aún más a las Fuerzas Armadas al reivindicar el papel de grupos guerrilleros de izquierda como Montoneros) y al ERP y terminaron bastardeando la causa al intentar asociarla a su proyecto político. Las otrora indiscutibles Abuelas de Plaza de Mayo y Madres de Plaza de Mayo se encontraron unidas a los kirchneristas de mala reputación. Al otro lado del pasillo, por así decirlo, Milei encontró en la vicepresidenta Victoria Villaruel una excelente candidata electoral para construir sobre la narrativa antikirchnerista que lo llevó a ser elegido legislador y luego presidente. Villaruel es una ‘negacionista’, una negacionista que hábilmente cambió su retórica de negar los crímenes perpetrados por la dictadura militar a defender los derechos de las víctimas de los grupos guerrilleros de izquierda, quienes históricamente han sido relegados en la narrativa oficial. No importa que Milei y la jefa del Gabinete Presidencial, Karina Milei, tengan una venganza jurada contra su propia vicepresidenta (por su ambición política), aun así se aferraron a su ideología para librar guerras culturales, asociando el 24 de marzo con el “ajetreo por los derechos humanos” montado durante el apogeo del kirchnerismo. Desde la Casa Rosada, a través de sus tentáculos digitales y analógicos, la administración Milei lanza un mensaje político disfrazado de un intento de divisionismo histórico que desemboca en el negacionismo. Su ecosistema de comunicaciones lo ofrece a todas partes. Estas posiciones contrastan con el vector social que estuvo presente para muchos de los participantes en la marcha de la semana pasada, donde lo que importó fue el mensaje original del movimiento “nunca más” (“nunca más”) que surgió como respuesta a la depravación violenta de la dictadura. Parecía haber algo universal en la respuesta de la sociedad a los juicios contra la junta militar, llevados a cabo por un tribunal civil durante la presidencia de Raúl Alfonsín. En sus alegatos finales, el fiscal Julio César Strassera lo explicó así: “A menos que la conciencia moral de la sociedad argentina haya descendido a niveles tribales, nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan ‘circunstancias políticas’ o ‘daños colaterales’. Ahora que la población argentina ha recuperado su gobierno y el control de sus instituciones, asumo la responsabilidad de declarar, en su nombre, que el sadismo no es una ideología política ni una estrategia de guerra, sino una perversión moral. A partir de este juicio y de su sentencia, Argentina recuperará su autoestima, su fe en los valores sobre los que se construyó la nación y su estatura internacional, gravemente dañada por la represión ilegal”. Strassera continúa rechazando las amnistías y el olvido, proponiendo en cambio una paz basada en la memoria y la justicia, y finaliza su discurso con el icónico “nunca más”. Fue recibido con una gran ovación. Los valores a los que se refiere Strassera, verdaderamente liberales en su concepción, están bajo asedio en Argentina y en todo el mundo. Probablemente como respuesta a la agonía de un modelo socioeconómico que se construyó durante la posguerra del siglo XX y se consolidó tras la caída del Muro de Berlín y la sucesiva implosión de la Unión Soviética. De todos modos, Argentina ha sufrido episodios constantes de crisis económicas y sociales desde el regreso de la democracia en 1983. Afortunadamente, cualquier posible intervención militar en los procesos democráticos parece totalmente insostenible, mientras que la violencia como arma política ha sido prácticamente erradicada. Pero el populismo, tanto de izquierda como de derecha, ha causado estragos y ha contribuido a exacerbar el declive de los valores democráticos tradicionales. Si bien es inevitable, es una vergüenza que la defensa de los derechos humanos se haya convertido en pasto de guerras culturales y polarización. El periodismo también ha sufrido las mismas tendencias generales. Empobrecido y desorganizado, ha perdido la confianza de la mayoría de la gente y ha diluido la calidad de sus informes. Es difícil imaginar que los periodistas de hoy tuvieran el coraje de Robert Cox, el editor de nuestra publicación predecesora, el Buenos Aires Herald, durante los días más duros de la dictadura. Bob y el equipo del Herald publicaron informes sobre los desaparecidos mientras recibían a sus familiares afligidos, tratando de averiguar si sus desaparecidos estaban vivos o muertos. Entre las historias que publicaron estaba la de la desaparición de un joven periodista, Jorge Fontevecchia, fundador de este medio de comunicación. La noticia llegó a las agencias de noticias internacionales y junto a la búsqueda incesante liderada por sus padres Alberto y Nelva, Fontevecchia fue liberado del abismo de ‘El Olimpo’, un centro clandestino de detención y campo de concentración ilegal del que el 95 por ciento de los que pasaban por sus puertas nunca lograban salir. Esperemos que el periodismo –y la sociedad en general– puedan recuperar ese coraje.



