Nuestro sur, para muchos, es el final del continente. Para otros, apenas el comienzo de todas las cosas. “Somos hombres del frío, el viento, el mar y la nieve, adaptarnos está en nuestro ADN”, asegura Alonso Soto Jorquera, funcionario municipal de turismo de Cabo de Hornos. Habla de las fascinantes puntas blancas que sobresalen la geografía de la isla Navarino: sus dientes. Hasta allí iremos, dibujando un circuito en herradura que nos traerá de regreso a Puerto Williams, el pueblo más austral del mundo, que en verano ofrece una travesía desafiante de uno a cinco días, según el gusto y la resistencia. En cualquiera de las versiones, el sonido de los pasos y los paisajes inabarcables serán una compañía inolvidable. Primero, hay que llegar Punta Arenas, el centro neurálgico de la región más austral de Chile, resplandece. Aquí el corazón late al ritmo de un turismo que crece a la par del comercio de su Zona Franca, y una vasta cultura que profundiza en raíces indígenas, navegantes y aventureras. El camino sinuoso le hace honor a todo aquello y la van en la que viajamos lo atestigua en el ripio. Pocas casas, campos de ovejas, estancias antiguas, algún naufragio, instalaciones de servidores de Amazon. A medida que nos acercamos, la dimensión de la capital de la región de Magallanes y la Antártica va quedando clara. El enorme astrolabio de 17 m de altura en homenaje a los 500 años de aquella primera navegación europea del Estrecho; vestigios de tehuelches, selk’nam, yaganes y kaweskar; y mar por todos lados son presencias constantes. Y mucho antes que Magallanes, los pueblos canoeros remaron estos laberintos helados y los habitaron tenuemente, y del mismo modo parecieron deshabitarlos. Pero poco a poco, en los últimos años la propia conciencia de existir parece un sortilegio de resistencia. Eso es lo que se percibe al entrar al Museo Antropológico Martín Gusinde de la cultura yagán en Puerto Williams, el pueblo “más austral”, así como Ushuaia –separada de éste por el canal Beagle– lo es en calidad de ciudad. Desde aquí puede –y debe– visitarse el Parque Etnobotánico Omora, célebre por su investigación y contemplación de la increíble biodiversidad en miniatura, con más de 800 tipos de musgos y hepáticas, y unas 400 especies de líquenes que crecen al abrigo del bosque más austral del planeta. Aquí, se da cita el trekk más austral y uno de los más salvajes. Mojar el pancito “Dejar tanto lugar bonito atrás es una pena, por eso recomiendo la travesía de cinco días, porque es verdaderamente precioso y no quieres irte de ahí”, asegura Nicolás Muñoz Yáñez, guía de Shila (www.turismoshila.cl/), la agencia de turismo que ofrece la salida y es la única que alquila equipo para acampar y GPS con servicio de conexión Inreach. Con la mochila lista, y el espíritu algo alborotado, el primer día se inicia en la toma de agua potable de la ciudad, al pie del cerro Bandera. Son unos 3 km hasta una falsa cumbre donde la insignia chilena flamea. Es un buen atractivo para turistas que quieran iniciarse en el trekking, con senderos bien marcados y miradores de panorámicas hermosas para volver en el día. De allí, una recta que lleva a laguna del Salto indica el regreso por el valle del río Róbalo, o el encare. En nuestro caso, es el lugar del primer acampe. La cercanía de un bosque de ñires, lengas, cohíues y canelos, con enormes pájaros carpinteros magallánicos, de jopo ardiente, ofrece una gran recompensa. El día 2 se inicia temprano, en compañía de lagunas, salpicadas en el paisaje como manchas verdes y turquesa, compensando la inestabilidad del clima, el gran rival a vencer. No por anunciados, el viento y la nieve son menos crueles. En pocos minutos un cielo de acero irrumpe con ese efecto seguido de lluvia, ocultando la panorámica del canal Beagle y complicando la ladera del Bandera, un peñasco nada fácil. Se supone que desde aquí debieran verse a lo lejos los dientes de Navarino, pero no es el caso. El rodeo Algo abrumados enfilamos a los pasos, un conjunto de portezuelos que ofician de postas. El Paso Primero, ya a 716 m de altitud, dibuja un sendero hacia el Paso Australia (797 m), rodeados ya por las montañas de Navarino. Estamos circunvalando los dientes, pero, al pasar por el abra más baja y la aguja más alta de esos picos, se genera la sensación de estar debajo de un volcán de El Señor de los Anillos. Lo que viene, si el cielo está abierto como en nuestro caso, no es menor: el mar, el lago Windhond, la bahía y las islas Wollaston, donde se encuentra el Cabo de Hornos. Allí se avanza lento hasta el tercer paso, el de Los Dientes (765 m), destino del campamento. “Tenemos suerte de que el clima nos permita estar aquí”, reitera el guía y sólo 10 minutos después debemos campear un chaparrón, escondidos tras una roca donde nuestra carpa amarilla brilla en un horizonte blanco. Mal dormidos iniciamos el día 3 bien temprano hacia la laguna Escondida, bordeándola por la ladera izquierda rumbo al sur y siguiendo el río por un largo tramo. Es la previa a un valle donde el paisaje comienza a cambiar una vez más, alcanzando El Ventarrón, que hace honor a su nombre. Un bosque, otro paso y vistas privilegiadas de nieve eterna marcan la jornada más agotadora. Y es rodeando la laguna Hermosa, donde se encuentra un desagüe que marca la senda al norte hasta la otra laguna (Martillo), donde haremos el campamento 3. Efectivamente, éste es un trekk bien salvaje y no hay Gore-Tex que aguante: todo se moja, por lo que no es recomendable tener el teléfono a mano. Aquí, mientras armamos la carpa y sacamos otra vez los sobres con verduras deshidratadas para alimentarnos, comprendemos algo tristes, y algo alegres, que estamos iniciando el regreso, en una suerte de herradura que nos devolverá a Puerto Williams. La vuelta El día 4 no resulta simple. Desayunamos al alba y emprendemos el recorrido a laguna Rocallosa, con una gran roca que marca el camino por manchones blancos y praderas desérticas. Queda por delante un paso más, el Virginia, puerta de entrada a un mirador único de los nevados de la cordillera Darwin, la ciudad de Ushuaia y el canal Beagle. Parte de la emoción, y el miedo, lo produce la cercanía con el destino final, pero también un sendero sobre una cornisa de nieve inestable junto a un precipicio de 300 m, lo que requiere vital atención y paso firme. Muchos la han pasado mal aquí. Además, estamos cansados: los cuatro días de caminata pesan. Los guías lo notan y reiteran diversas normas de precaución y nada de selfies. Además, el viento suele ser muy fuerte en este tramo pero sorteado, se premia con un gran campamento y buena comida bajo la protección del bosque cercano que corta su soplido insoportable. El último día, tal vez el más emocionante, requiere de varias horas de caminata y, en muchos casos, buscar la ruta, ya que es el sector menos marcado. “Se está haciendo el estudio de marcaje”, comenta Soto Jorquera. Pasamos la laguna Guanaco, atravesamos un bosque curiosamente talado por castores y en el tramo alto retomamos un sendero bien delimitado, entre arbustos de calafate. Allí vemos las construcciones de la pesquera MacLean en las afueras de Puerto Williams, donde un vehículo de la empresa aguarda nuestros abrazos emocionados para trasladarnos al pueblo. Hay que destacar que, si bien la excursión tiene un costo de entre U$S 600 a 1.000 por el requerimiento de equipos y guías avezados (con porteador de equipaje, campamento y alimentos), el ingreso a Navarino es gratuito. Hoy en día no hay guardaparques ni refugios, lo que muchas veces genera cierto descontrol en grupos multitudinarios y poco respetuosos de la naturaleza. Y la necesidad no sólo de registrarse en la estación de carabineros, sino de ir sí o sí con guía. ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo. Suscribite gratis al newsletter.
El trekking más austral del mundo
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