La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) tiene su sede en la calle Viamonte de la Ciudad de Buenos Aires, pero la verdadera dirección del poder no está en Google Maps: es una red de relaciones, contratos, silencios y decisiones que durante años funcionaron sin demasiadas preguntas. Hasta ahora. El fútbol argentino, campeón del mundo sobre la cancha, atraviesa su momento más incómodo fuera del césped: investigaciones judiciales, denuncias empresariales, acusaciones políticas y una guerra sin cuartel por el control de los negocios. En el centro del escenario hay dos nombres: Claudio ‘Chiqui’ Tapia, presidente de la AFA, y Pablo Toviggino, tesorero y actor político clave del sistema. No hay un solo caso. Hay varias historias superpuestas, con diferentes actores y objetivos que a veces coinciden y otras no. Algunos han sido llevados ante los tribunales. Otros se sientan en escritorios políticos. Otros son contratos internacionales. Todos hablan el mismo idioma: poder. El expediente más delicado no nació en una redacción ni en una rueda de prensa. Nació en un órgano de control y llegó a los tribunales penales económicos. La denuncia investiga si la AFA retuvo contribuciones previsionales y tributarias y no las pagó oportunamente, lo que en el derecho penal tributario equivale a lo que se denomina retención ilícita. No es tu clásica evasión. Es peor: embolsarse dinero que ya ha sido descontado. Tanto Tapia como Toviggino han sido imputados en este caso. Una acusación no equivale a una sentencia. Significa que los tribunales los consideran formalmente parte de una investigación criminal. El expediente del caso aún se encuentra en etapa preliminar. Se están analizando los balances, las transacciones bancarias, los flujos de caja y las obligaciones administrativas. Nadie ha sido procesado ni sentenciado. Pero el riesgo está ahí: si se prueba el delito, las penas incluyen multas, inhabilitaciones y, en última instancia, penas de prisión. En términos de poder, este caso tiene un problema adicional: no depende del estado de ánimo político, sino de los papeles, las cifras y los plazos. La contabilidad no tiene opinión. Se suma. En paralelo, otra investigación avanza más lentamente y en silencio: los cambios en el patrimonio de los dirigentes de la AFA. El detonante fue simple y típico: activos caros que no cuadran con sus ingresos declarados. Casas, propiedades, transacciones corporativas. Nada probado. Todo bajo análisis. Los tribunales intentan responder a una pregunta básica: ¿se pueden explicar los bienes investigados con ingresos conocidos? Para ello se analizan empresas, intermediarios, posibles testaferros y transferencias de fondos. No hay acusaciones firmes por enriquecimiento ilícito o malversación de fondos. La investigación tampoco ha sido cerrada. Es una funda que no hace ruido, pero resulta incómoda. Porque una vez que los activos entran en juego, la historia ya no es política, es matemática. En el fútbol argentino hay más que sólo pasión. Es una industria multimillonaria. Derechos de televisión, patrocinadores, anticipos financieros, préstamos, intermediarios. En ese mundo hay contratos que hoy están bajo revisión judicial. Los tribunales analizan si algunos acuerdos resultaron desventajosos para la AFA, si fueron inflados, ayudaron a desviar fondos o encubrieron maniobras irregulares. Los casos incluyen allanamientos, documentación incautada e informes periciales contables. No ha habido sentencia. Sin embargo, hay algo más grave para un sistema que se enorgullece de ser ordenado: la opacidad. Cuando los contratos no se pueden explicar, las sospechas se explican por sí solas. Durante años, los patrocinadores negociaron en silencio. Hasta que uno de ellos decidió hablar. Socios.com, una empresa internacional vinculada al negocio de las criptomonedas y al marketing deportivo, rompió el molde. Suspendió los pagos. Denunció violaciones. Acusó públicamente a los altos mandos de la AFA. Y pidió la renuncia de Tapia. No es un caso penal en Argentina. Se trata de un conflicto empresarial y contractual, con derivaciones internacionales. Sin embargo, tiene un enorme valor simbólico: por primera vez, un actor privado global ha cuestionado la gobernanza del fútbol argentino. Para la AFA fue una traición. Para el sistema, una alarma. Para la política, una oportunidad. Cuando el dinero y el poder se mueven, la política siempre aparece. Legisladores y dirigentes presentaron denuncias ante organismos deportivos internacionales, cuestionando el liderazgo de la AFA. Estos no son casos penales. Son denuncias éticas e institucionales. Hablan de concentración de poder, falta de control y conflictos de intereses. Las posibles consecuencias no son penas de cárcel, sino sanciones deportivas, suspensiones o aislamiento institucional. Para un dirigente del fútbol, esto puede ser tan grave como una sentencia judicial. La historia no es una calle de sentido único. La AFA también está presentando sus propias denuncias. Tapia y sus altos mandos sostienen que hay un ataque político para disciplinar el fútbol. Denuncian intrusión del Estado, uso selectivo de órganos de control y presión mediática coordinada. La AFA defiende la autonomía de las asociaciones deportivas, un argumento históricamente poderoso. También está presentando cargos judiciales, rechazando acusaciones y proporcionando documentación. Desde su perspectiva, no hay corrupción: hay persecución. Hay procesos judiciales abiertos, hay acusaciones formales, hay investigaciones patrimoniales y hay conflictos empresariales reales. No existen condenas firmes, intervenciones judiciales ni inhabilitaciones definitivas. El partido aún se está jugando. Pero el desgaste ya se está sintiendo. El conflicto no es sólo de Tapia. O Toviggino. Es un modelo de poder cerrado, construido durante años sin fuertes auditorías externas, sin oposición real y con un sistema de recompensas y castigos que arreglaba el fútbol de arriba hacia abajo. Cuando ese modelo comienza a desmoronarse, surgen expedientes. La pregunta ya no es si la AFA cambiará más de presidente. La pregunta es más incómoda: ¿puede el fútbol argentino seguir gobernando como si fuera una caja negra en un país que ya no tolera las cajas negras? Los tribunales aún no se han pronunciado. Pero el partido definitivamente ya ha comenzado.




