19.3 C
Buenos Aires
Wednesday, May 6, 2026

J. M. Keynes le responde a Juan Carlos de Pablo

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Me gustaría, si me lo permite, considerar algunos puntos de su charla un poco más profundamente. La conferencia sobre mi persona y mi “Teoría General del empleo, el Interés y el Dinero”, tal como estuvo, me parece uno de los embrollos más espantosos que he presenciado jamás. Es un ejemplo extraordinario de cómo, partiendo de un error, un lógico implacable puede acabar en el Borda. Sin embargo, han tenido una visión, y aunque al despertar han convertido su relato en un sinsentido al darles nombres erróneos a los objetos que aparecen en él, su sueño de opio no carece de inspiración y debe hacer que el lector piense”. No dudo que su humor le permitirá apreciar que acabo de parafrasear mi nota “The Pure Theory of Money, a Reply to Dr. Hayek”, publicada en “Económica” durante 1931, un honor que reconocerá algo excesivo. En la intimidad soy un hombre de gustos simples, por lo que siempre preferí al ballet sobre la ópera, cuyo lenguaje es el cuerpo en lugar de la voz y que habla del “cómo”, cómo por un instante una persona puede desafiar las leyes del mundo para expresar un sentimiento con apenas un gesto. La ópera (a la que no desprecio en sus mejores versiones), es en el fondo un medio literario que se refiere al “por qué” -resuelto en las “Arias”- y no se puede entender ni apreciar completamente si antes no conocemos las motivaciones de los personajes. Para el ballet debemos entender “el idioma”, para la ópera, el texto. Lo entiendo un verdadero cultor del arte lírico -y a su acolito un pequeño snob- lo que explicaría su compulsión por “el contexto” y el olvido a la advertencia de “Der alte Magier”: “No se puede entender una obra de arte sin entender la mente que la creó y el mundo en el que fue creado”. Para comenzar estas observaciones sería de caballeros agradecerle que me considere “un señor multifacético” -¿no es entre gente cultivada “polímata” un término más adecuado, que intenté reflejar en mi obituario al Profesor Marshall como ejemplo de buen economista?-. Sobre aquello de “discutidísimo”, si fuera usted o sus compañeros, no perdería el tiempo en tratar de entenderlo: Aristóteles, Ibn Sima, Leonardo, Leibniz (cuya biografía nunca terminé y con quien me gusta creer compartíamos el placer de “manejar lo abstracto y lo concreto al mismo tiempo”), Franklin… pura falacia de composición. Intuyo que su descripción de mí como alguien “hiperactivo”, alejada de cualquier realidad, es solo un reflejo disperso en su espejo. Quien es el maestrro de las cosas Keynes, un amante de Alicia Tras el Espejo. Sabia de los disparates que puede llevar la lógica al extremo, y desconfiaba de las definiciones rígidas y el abuso de las matemáticas en la economía. Pareciera que alguna vez usted leyó los tres tomos de la biografía que me hiciera el Sr. Skidelsky -disculpe si ubico sus compinches entre los que “quieren haber”, pero “no quieren”-, claro que esto lo obligaría a conocer que escribí “A Treatise on Money” y el grueso de “The General Theory” en Tilton (donde descansan mis cenizas y las de Lydia). De mi vida allí el Consejo del Kings College, que algo me conocía, publicó una memoria en la que describen bastante bien mi tiempo, como “admirablemente bien empleado: inspeccionaba a sus cerdos; asistía a una subasta de cuadros; leía (a diferencia de algunos bibliófilos) a un poeta isabelino menor, su última adquisición; escuchaba un recital de piano, recostado en un palco del teatro que él mismo había construido; charlaba animadamente y disfrutaba de una copa de vino. Así, comprendía el valor del tiempo libre y deseaba que todos compartieran ese don”. El Sr. Sidesky incluso relata cómo nos encargábamos con Lydia de llevar los lechones -siempre chillando- en el asiento trasero de nuestro pequeño Morris, para venderlos en el mercado de Lewes. Si bien tengo una fina capacidad de concentrar toda mi energía en la cuestión que me interese y a ratos pude parecer atiborrado de cosas (me cuesta decir que no, por suerte Lydia supo imponer los límites), he sido por encima de ello alguien que lo que más disfruta es aprovechar largos periodos de calma para leer y pensar y disfrutar de las cosas. Es cierto que por nuestra vida social muchas veces trasnochábamos, pero pocas cosas me gustaban más que quedarme en cama, pensando y escribiendo hasta las 11 de la mañana (jamás de las 9). Y si tenía una reunión, todos sabían que: nunca antes del almuerzo. Así que, por favor, no me describa más como alguien hiperactivo (lo que dado mi ordenamiento mental, afortunadamente nunca fui). Alguna vez su compatriota -que tan bien refleja el alma de ustedes los argentinos- escribió: “He cometido el peor de los pecados, que un hombre puede cometer, No he sido Feliz”. Por mi parte “mi único pesar es no haber bebido mas champaña…”. Sí le reconozco que las negociaciones de posguerra, en especial tras la primera reunión del FMI en Savannah, me llevaron a un límite, no me cuidé, y esto fue uno de los disparadores del ataque a un corazón afectado de una endocarditis bacteriana incurable desde 1937. Pero me gusta pensar que esto tuvo más que ver con mi amor por Inglaterra con un exceso de actividad. Como es lógico, no esperaba mucho de sus dos compañeros de escenario, pero sinceramente de usted… meter a Lydia en discusiones pseudo-académicas, por más que la anécdota sea conocida y siempre mal interpretada, no habla bien de quién lo hace. Lydia-Lopokova-early-1910s_NPG_-Moffett-Studio Lydia Lopokova. Foto de 1910. Fue el gran amor de Keynes, al punto que lo alejó de su afición juvenil. La primera vez que vi a Lydia Lopokova bailar, mi comentario fue “Es una pésima bailarina, tiene un trasero tan tieso..”. Eso fue una de las más mayores, o la mayor equivocación de mi vida, Lydia es “la única persona que jamás he conocido que sea realmente ‘real’ para mí”. No llegó a ser una de las grandes de su época, pero fue la alumna estrella de la Escuela Imperial en San Petersburgo, estudió años, bailó ante el Zar y su familia, bailó con Nijinsky y apenas pisó Londres se convirtió en la favorita de los ingleses; hasta Margot Fonteyn alabó su ligereza, sensibilidad y capacidad técnica sobre el escenario (a Lydia le gustaba representar “demi-caratér” y ese fue mi error). Al principio, Virginia (Wolf) no la quiso, no la entendía, cosa que Lydia hacia a propósito apelando a su humor un tanto bizarro, pero terminó reconociendo el “genio de su personalidad” y que ella, Virginia, era incapaz de seguir a su mente “que volaba como una alondra”. Lo de H.G.Wells fue más claro aún, dijo: “es inteligente para ser una bailarina…, es inteligente para ser cualquiera”. Cabe una infidencia para usted. Los últimos años de nuestra vieja vida no fueron fáciles, especialmente para ella, que amorosamente me cuido día tras día -y hoy no dejo de admirarle-. Agradezco haber sido el primero en irme, pero tenga por seguro que la alegría y la paz del reencuentro eterno… siempre me vanaglorié de ser un agnóstico, así que no me está dado hablar de ciertas cosas, pero esté seguro que vale la pena. Vuelvo a ser mí. Presentar a Lydia como una “hueca”, lo que diríamos una “rubia tarada”, sojuzgada a “May-Nard” (como me llamaba), habla solo de ignorancia (creo que en el mundo moderno podrían “cancelarlo”). John-Maynard-Keynes-1st-Baron-Keynes-of-Tilton-Lydia-Lopokova Lydia y Maynard, “farmers” en Tilton Yo pasaba mucho tiempo trabajando en Cambridge y me quedaba a dormir en el Kings College. Cuando no estaba en la City, Lydia visitaba a sus propios amigos, Stravinsky, Picasso, T.S.Eliot, Frederick Ashton… Que Lydia no fuera una intelectual, pero tuviera una gran inteligencia practica y emocional, que fuera generosa y no conociera los rencores, que fuera el contrapeso sin el cual yo no hubiera sido yo, no da el derecho de presentarla como un “cerebro de pajarito”. No es usted quien dudaría de invitarla a su casa, es ella la que seguramente no consideraría ir. Dean Acheson (un yanqui tenía que ser) me definió como: “el hombre más insolente y que jamás conocí”, Austin Robinson, cuando trabajaba en el Tesoro, me adjudicó una “arrogancia intelectual aterradora”, cuando discutíamos Bertrand Russell el admitió que sentía como si yo “estuviera tomando su vida entre mis manos” y que casi siempre salía sintiéndose “un tonto”, Kingsley Martin reconoció que cuando debato “no solo gano los argumentos, sino que tiendo a pulverizar los oponentes”. Cuando Robert Skidelsky habló de mí como alguien “duro e irascible”, posiblemente se quedó corto, al punto que no me sorprendería que usted dijese en su castellano: “era un cabrón”. Pero se equivoca, mis exabruptos nunca duraron, ya que solo reflejaban mi falta de paciencia con las imbecilidades, la estupidez y la pereza intelectual, especialmente de los políticos, los banqueros y… los economistas. De muy joven en una carta a Lytton (Strachey) le planteé: “Es monomanía, ¿esta colosal superioridad moral que sentimos?”, en referencia a quienes integrábamos “los Apóstoles” en Cambridge, “Tengo la sensación de que casi todo el resto nunca ve nada, demasiado estúpidos y perversos”. El paso del tiempo fue limando eso que alguno puede mal confundir con la soberbia, que encontró justificativo en “Principia Ethica” de Moore “y dominaba y tal vez siga dominando el comportamiento” de los viejos Apóstoles que ya cruzamos el Aqueronte, el Leteo y el Eunoé. Lo invito a llamarlo, si quiere, la maldición de nuestra clase, pero sepa que no era soberbia, sino algo más complejo, que tenía que ver con el estado de la mente, la amistad, la belleza y verdad, cierta sensación de estar por encima de la moral del vulgo, que percibo hoy distorsionada comanda su triunvirato. Fuera de este “charácter”, la mayoría de mis contemporáneos y biógrafos me supieron alguien brillante, optimista, encantador y carismático… ¿sabe qué?, no lea nada más, mire algunas de las pocas grabaciones que quedan de mi estadía en la tierra y analice mis fotos. Cuando el Sr. Churchill decidió volver al patrón oro en 1925, le escribí: “¡qué proyecto tan estúpido ha presentado!. ¿Se ofende si lo comparo con Churchill y escribo: ¡qué visión tan estúpida tiene de Keynes!?. “No soy un economista, ¡Soy un hombre honrado!”, dijo alguien. La verdad es que mi estima por la profesión de los economistas nunca fue muy buena. Como escribí en “Economic Possibilities for our Grandchildren” de 1930, “Si los economistas pudieran lograr que se los considerara personas humildes y competentes, al nivel de los dentistas, eso sería espléndido”. Quienes me consideran por encima de todo un economista, hablan de una anormalidad, aunque no puedo dejar de preguntarme si serán ellos los anormales. Mis amigos más cercanos, Virginia Woolf, Ducan Grant, Lytton Strachey, Roger Fry, Vanessa Bell, nunca dudaron que lo ético, lo filosófico y lo artístico me interesa mucho más que el estrecho campo de la economía. El mismo Skyidesky aclara que para mí “la filosofía viene antes que la economía, y la filosofía de los fines antes que la filosofía de los medios”. Es cierto que encuentro la economía como algo intelectualmente “satisfactorio” y en lo que soy “bastante bueno”, pero la economía es solo una herramienta para “resolver el problema económico” y que entonces la humanidad pueda abocarse a la tarea más importante de vivir “sabia, agradablemente y bien”. Pensaba que con lo que mencioné en “My Early Beliefs” de 1938 lo había dejado claro: “Los objetos principales de la vida son el amor, la creación, el disfrute de la experiencia estética y la búsqueda del conocimiento”. Parece que algunos piensan otra cosa. Mire, fue Hayek el que dijo sobre mí, casi 20 años después de mi partida: “Si uno considera cuan poco de su tiempo y energía dedicó a la economía, el hecho que será recordado principalmente como economista es a la vez milagroso y trágico”. Hayek fue un amigo, con el que tuvimos discusiones académicas muy fuertes, pero que entendió que para mí la economía era casi un hobby de entretiempo, una afición intelectual. De Pablo: la obra está íntimamente atada a su autor y es el autor quien transita el contexto. Creer que se conoce el contexto y entonces se conoce la obra, no es más que otra falacia. El contexto hace al autor, pero es el autor quien hace la obra. Lo que usted y sus camaradas conocen de mí, en cuanto persona, es claramente insuficiente y erróneo y siendo así, difícilmente entiendan mis obras más allá de sus cortos prejuicios, ya lo sabe: “la dificultad no está en tener nuevas ideas, sino en escapar de las viejas”. Desliza usted que “Nunca fue ministro de economía de su país”, como algo casi peyorativo. ¿Sabe qué?, para mí, mi libertad intelectual fue mucho mas valiosa que cualquier puesto. Mire, a los oficialistas no se los respeta en público, se los cuestiona. Nunca acepté ningún cargo político significativo ni propuesta electoral, de las que tuve muchas. Cuando trabajé en el Tesoro, donde estuve 5 años, me habían convocado al iniciarse la Guerra. Allí ascendí por mis propios méritos hasta que me nombraron representante del Tesoro en la Conferencia de Paz de Versalles y cuando me pareció que estaban haciendo las cosas mal no tuve ningún problema en renunciar. De ese entonces, cuando creí que podía serle útil al país solo acepté puestos informales y de manera ad-honorem. ¡Ah! antes que me olvide, mi primer “trabajo real” fue en La Oficina de la India entre 1906 y 1908 donde renuncié porque me aburría soberanamente. Cuando di el examen de ingreso, la materia en la que peor me fue:…, economía, y los tontos me encasillan como economista. Ya que hablamos de mi paso por el Tesoro y de “The Economic Consequences of the Peace”, es cierto que el libro fue un éxito y me dejó bastante dinero: unas 100.000 copias en los primeros seis meses, con traducciones a 12 idiomas, ingresando a valores de hoy más de u$s350.000 (para ese entonces ya había ganado más de u$s150.000 con mis especulaciones). Pero por lo que dijo, parece que ni usted ni los otros dos charletas lo hubieran leído. keynes_1922 Keynes en el centro, con los miembros de la comisión encargada de estabilizar el marco alemán. Nunca estuve en ninguna Comisión del Hambre, eso no existió. Como le mencioné era el representante del Tesoro y serví además como delegado del ministro de Hacienda en el Consejo Económico Supremo de las fuerzas aliadas, pero no fui parte de la Comisión Reparadora. Jamás dije que los alemanes “se están muriendo de hambre ni cosa parecida” y mucho menos me metí con las cuestiones masturbatorias de los integrantes de la Comisión. No es que este punto me escandalice, especialmente luego de las relaciones amorosas de mi juventud, antes de que llegara Lydia: Arthur, Ducan, Daniel, Sebastian y algún otro (ahora y desde aquí puedo admitirlo). Volviendo. La idea central de aquel libro era advertir sobre la crisis humanitaria que sobrevendría, que se estaban imponiendo una “Paz Cartaginense” a Alemania, un acuerdo punitivo y destructivo que solo quería destruirla, en lugar de buscar rehabilitar a Europa. Plantee que lo que exigían a los germanos era irrealista, que iban a arruinar al país y con eso desestabilizarían a todo el continente, causando un caos político que golpearía tanto a los ganadores como a los perdedores de la guerra. Casi sin quererlo preanuncié el escenario en donde surgiría la figura de Hitler. Hablé del hambre de los alemanes y que morirían millones de hombres, mujeres y niños, pero esto a futuro, como consecuencia de si se firmaba el trato tal cual lo estaban pergeñando. Afortunadamente esto es otra cosa en la que me equivoqué. En julio de 2019, los aliados levantaron el bloqueo al firmarse el acuerdo y los alimentos comenzaron a llegar a Alemania. Con las consecuencias económicas y políticas, desgraciadamente, tan errado no estuve. Yendo una vez más a su perorata. En una muestra impecable de errores, comenta usted la reunión que tuvimos con el Señor Churchill el 17 de marzo de 1925, por la cuestión del retorno al patrón oro. Si la memoria no me falla -y aquí, donde estoy, la memoria es eterna-, el único “ayudante” que estuvo presente, fue el Sr. Grigg, el secretario de Winston. Reginald McKenna no ganó el debate, de hecho, los dos coincidíamos en que la libra estaba un 10% sobrevaluada respecto al dólar norteamericano, no dos y medio por ciento como sostenían Otto Niemeyer y John Bradbury. Les advertimos que si tomaban este camino se iniciaría un proceso deflacionario, las exportaciones caerían, la desocupación se establecería arriba del 10%, y la duda publica se dispararía. Churchill Winston Churchill, mandamás del Tesoro según la revista Punch, en 1925. Keynes tuvo razón La discusión fue larga, hasta pasada la medianoche. La historia muestra que ganaron “los otros”, pero lamentablemente en esta oportunidad no nos equivocamos. Según confesó después Churchill a Lord Moran, su médico personal, en 1945: “Fue el peor desatino de mi vida”. No recuerdo que comimos esa noche, aunque si lo mucho que fumó Churchill. Unos días después de que le mandara mi vitriólica carta de protesta, nos cruzamos durante el almuerzo del “The Other Club”, en el Savoy, y nos saludamos tan afectuosamente como siempre. Churchill me conocía, ustedes… Me han comentado que -en lo intelectual- es usted una persona dispendiosa. Sorprende entonces su desconocimiento al “respaldo teórico” de los Institucionalistas Norteamericanos: Thorstein Veblen (quien había muerto cuatro años antes de asumir FDR), John Commons, Wesley Michell, el propio Rexford Tugwell (basado en Simon Patten) y Louis Brandeis, la Universidad de Columbia como centro de pensamiento y sobre todo el de John Dewey como padre filosófico, del Primer New Deal. El Sr. Roosevelt era, como lo definió el Juez Wendell Holmes, alguien con “Un intelecto de segunda, pero un temperamento de primera clase”. No se llevaban bien, pero el discurso de campaña de FDR en mayo del 32, es Dewey puro: “El país necesita y, a menos que me equivoque sobre su temperamento, el país demanda una experimentación atrevida y constante. Es de sentido común tomar un método y probarlo; si fracasa, admitirlo de manera franca y probar otro. Pero por, sobre todo, probar algo” (no acaba usted de afirmar…. Esta influencia fue más allá de lo teórico, Tugwell y Adolf Berle -dos de los tres del “Brain Trust”- junto a Raymond Moely, Gardiner Means, Thurman Arnold, Harold Ickes, Frances Perkins y otros miembros de aquel primer gabinete argumentaban que la idea de la mano invisible era un mito, e impulsaron la idea de una fuerte intervención del estado para corregir las fallas del mercado. Aquel Primer New Deal no tuvo nada que ver con una “intuición afortunada”, es más, si bien estabilizó la economía fracasó en evitar la recesión (¿le suena parecido a algo, no le corre cierto frio por la espalda?) y 27 meses después FDR tuvo que relanzar su Pacto con la Sociedad. New DEal En diciembre del 33 (FDR había asumido en marzo) el New York Times me pidió que publicara una carta abierta sobre como veía la economía norteamericana. Ahí critiqué las políticas monetarias y por, sobre todo, abogué por un mayor gasto estatal. En ese momento el gran público norteamericano comenzó a conocerme. En mayo del 34 me invitaron a la Casa Blanca. Lo más que pude decir tras el breve encuentro -más allá que sus manos ya trasuntaban que no se trataba de una persona con un intelecto elevado-, es que “hablando económicamente, se suponía que el Presidente era alguien más alfabetizado”. Atado a las viejas formas de la economía FDR comento sobre mi “Dejó un lío de números. Debe ser un matemático, en lugar de un economista”. No entendió nada de nada, no sabía nada de economía… pero era alguien con una suerte disgustante. Segundos 100 dias En 1935, apenas a dos años del primero y ante su agotamiento, FDR se vio forzado a lanzar un nuevo “New Deal”. Para pensar… Con el Segundo New Deal la posta en el gobierno la tomaron Marriner Eccles, Lauchlin Currie, Leon Henderson, Harry Hopkins y Henry Wallance, quienes venían propugnando hacía tiempo la idea del gasto masivo del gobierno y las obras públicas para impulsar la economía. Aunque bajo un mismo nombre, filosóficamente los dos Deals fueron proyectos muy diferentes. El primero integrado por personas que desconfiaban de manera estructural de los mercados, el segundo por quienes aceptaban los mercados, pero intentaban manejar la demanda. Cuando en el 31 fui invitado por Quincy Wrigth a dictar en Chicago “Un análisis económico sobre el empleo” saqué tres conclusiones: el inmenso éxito de mi conferencia, que los norteamericanos no eran conscientes de la gravedad de lo que estaba por venir y que la Primer Escuela de Chicago (Henry Simons, Paul Douglas y Aaron Director) eran más Keynesiana que Keynes -hasta la aparición de “La Teoría”-, impulsando la idea que “el gobierno debe gastar más para evitar el sangrado de la economía”. Hubo una cuarta: sin los norteamericanos no se podía arreglar la economía mundial. En esta nota no quiero hablar de teoría económica ni discutir ideas, sino hechos, esos que sirven para testear, refinar o descartar los modelos de la mente, pero, en fin… La originalidad, el objetivo y lo que hizo “La Teoría” (que apareció recién en febrero del 36) fue crear un gran marco -por eso: “Teoría General”- que nunca había existido, en el que se integraban, se complementaban y se rompían una serie de conceptos económicos vigentes hasta aquella época y donde la “teoría clásica” se situaba como un caso especial bajo una situación de pleno empleo -jamás quise “matar” la economía clásica, como me adjudicaron después-. Con “La Teoría” los economistas, en especial los norteamericanos encontraron una estructura general que no tenían, conformándose a partir de 1937/38 lo que algunos historiadores definen como la facción Keynesiana dentro del gobierno de FDR. Yo no les di las ideas sobre la necesidad de la intervención estatal, ya las tenían de antes, pero si proporcioné un marco teórico general, para analizarlas y entender sus consecuencias. Usted afirma que el verdadero impacto practico de mi obra se da recién a partir de septiembre de 1945 cuando fui a negociar la cuestión del préstamo de los norteamericanos. how to ay for the war Como Pagar La Guerra, el libro de Keynes de 1940 que revolucionó la manera en que los gobiernos hacían contabilidad y elaboraban sus presupuestos. Le recuerdo que tras la publicación de mi “How to Pay for the War”, por primera vez en 1940 un gobierno de peso, el británico, dejó de ver el presupuesto como un simple balance de ingresos y egresos, para considerarlo un instrumento para el manejo del Ingreso Nacional y prevenir la inflación (alguno lo llamó, “La revolución Keynesiana”). Tal vez se le escapó, pero este es el caso casi universal en estos días, así que el impacto práctico… El golpe más grande fue sin embargo el de 1944, cuando por primera vez en la historia un gobierno (el británico) aceptó de manera explícita su responsabilidad permanente de mantener niveles elevados y estables de empleo y que el presupuesto debería emplearse a este fin. Esto encontró su paralelo norteamericano en el Acta de Empleo de 1946 y la creación del Consejo de Asesores Económicos, lo que explica que Sidsky sostiene ya para ese año mis ideas habían capturado ambos lados del Atlántico. Respecto a su acotación sobre mi intervención en la creación del FMI (la conferencia de Bretton Woods en 1944), debo reconocerle que, en lo instrumental la posición de Harry Dexter White y los norteamericanos, ganó (la billetera era de ellos). Pero en lo ideológico, la victoria es mía. keynes en bretton woods Keynes en Bretton Woods, 1944. En lo ideológico fue el gran ganador. Hasta el gobierno libertario recurre a los organismos multilaterales que pergeño. La mera existencia del FMI y las otras multilaterales refleja la idea que la “mano invisible” no es capaz de manejar el mercado global y que los mercados internacionales requieren de un réferi; los Derechos Especiales de Giro, la moneda del Fondo, que se crearon después, en 1969, son equivalentes a mi propuesta de los Bancor; nadie puede discutir que la misión del fondo de “proveer liquidez” a las naciones que enfrentan una crisis, es keynesianismo puro; y el concepto de que es necesario controlar las cuentas publicas y la salud económica es algo que yo pergeñe. No se ofenda De Pablo si sugiero que durante la segunda parte de los años 30´s mis ideas capturaron las mentes y a partir de la segunda de los 40´s, las políticas. Y ya que usted habla de las negociaciones que tuvimos con los norteamericanos: quédese tranquilo, Estados Unidos no quería que Inglaterra se fundiese (manía persecutoria sudaca; le recomiendo mi Presentación al Parlamento del 18 de diciembre del 45 hablando del interés de los “cheroquis” en nuestra “convalecencia” y no en “las heridas de guerra”). Inglaterra ya estaba fundida en 1945, la deuda externa era mayor al 200% del PBI y las reservas casi nulas. El 21 de agosto, seis días después de rendirse Japón, Truman anunció que en consonancia con lo dispuesto por el Lend-Lase Act de 1941 y sus promesas de campaña, que se cortaban todas las líneas de crédito que había extendido el Tesoro yanqui mientras durara la guerra. El gobierno laborista que había asumido un mes antes con C. Attlee, no estaban preparado. Mas allá de lo legal/formal, el pueblo norteamericano estaba cansado de “bancar” a los aliados, Truman no quería financiar un “gobierno socialista” y “last but not least”, era la oportunidad para forzar al Imperio a desmantelar el sistema de tarifas con el que frenaba el acceso de los productos norteamericanos a todos sus mercados y lograr se implementara la convertibilidad de la Libra, con lo cual, bajo el paraguas de Bretton Woods, el dólar pasaría a ser la moneda de reserva del mundo. En septiembre me enviaron a Washington. Las discusiones fueron durísimas. Arranque pidiendo un préstamo por u$s6.000 millones (u$s 100.000 millones de hoy en día) que no fuera necesario ser devuelto (los ingleses soportamos el mayor costo de la guerra) o en el peor de los casos a tasa cero. Vinson y Clayton sabían que el Congreso nunca aprobaría nada de eso y ofrecieron u$s3.500 millones, bajo la forma de un crédito comercial con intereses, a lo que sumaban condiciones, la abolición de la preferencia Imperial y la convertibilidad de la Libra. No quedé nada satisfecho y lo más que conseguí fueron u$s3.750 millones al 2% durante 50 años, a lo que se sumaron u$s650 de presamos pendientes de los bárbaros y u$s1.900 de Canadá. Inglaterra debería aceptar Bretton Woods, incorporarse al Fondo, la eliminación de las tarifas, la convertibilidad de la Libra y dar los primeros pasos para la creación del GATT. La alternativa era el colapso para el imperio. El resultado: mi propio colapso. Reconozco que he sido prolífico como autor, pero esto no es óbice para, bajo la excusa de su extensión, desconocer mi obra más allá de “La Teoría”, “A Treatise on Money” y eventualmente “The Economic Consequences of the Peace”. Seis veces mencionan en su clase magistral que mis obras completas son 30 tomos. Ojalá hubiera sido capaz de tamaña creación. A lo largo de mi vida apenas publiqué 11 libros, tal vez 4.500 páginas, por lo que bajo los estándares modernos no he sido un autor tan prolífico (su inefable Jorge Luis supera los 40 con más de 8.000). En cinco semanas, alguien que me dedique 4 horas al día, habrá leído todos mis libros. Usted sabe que desconfío de los números, pero alguna capacidad para jugar con ellos se me adjudica. Me inclino entonces ante colosos de la verborragia como usted, con 57 libros en la calle que se extienden por mas de 14.000 páginas o su compinche con al menos 10 textos -otro en camino- que ya pasan de 3.000 páginas y que como viene, probablemente pronto me supere por mucho. A lo que ustedes hacen referencia no es a “mi obra”, sino a la recopilación que hiciera la Cambridge University Press para la Royal Economic Society en 1971, los “Collected Writings of John Maynard Keynes” de todos mis libros, artículos, cartas charlas y cualquier otro material escrito que rozara lo económico y al que pudieran acceder. Dicen que cuando quería, era un escritor brillante y no me sorprende. Lo demostré en “The Economic Consequences of the Peace”, “Essays on Persuation” o “A Tract on Monetary Reform” y en muchos de mis escritos. Sin embargo Paul Samuelson, definió “La Teoría” como un libro “mal escrito, pobremente organizado, que abunda en nidos de confusión” -más adelante voy a volver sobre Zamuelson-. Frank Knight, Etiene Mantoux, y otros la definieron como “oscuro”, “difícil” y “casi indescifrable en algunos lugares”. Entiendo que “La Teoría” puede parecer menos refinada que mis otros libros y muchos no la entienden, pero eso de decir que lo escribí a los “repedos”, solo pude ser el fruto de un cerebro escatológico. Arranqué con la idea de presentar el marco teórico con el cual enfrentar la gran recesión en 1930/31 y aceleré hacia 1934/35, más de cuatro años en total, “The consequences” lo redacté en dos meses y “A Tract” en no más de cuatro; en el otro extremo “A Treatsie on Probability” diez años y “A treatsie on Money” seis. Le cuento el método que había desarrollado para el tiempo de “The Theory”. En la mañana, sentado en la cama, o por la tarde en mi escritorio, escribía los borradores con lápiz, como fue siempre mi costumbre. Estos los mandaba al impresor para que hiciera las primeras pruebas. Esas pruebas las circulaba luego entre los amigos del “Circo de Cambridge”, Roy Harrod, Ralph Hawtrey y algún otro, esperando a sus comentarios, que luego incorporaba al texto que iría al impresor. Cuando en el prefacio aclaré que la obra era “una larga lucha de escape” de las viejas formas de pensamiento y que esas ideas fueron expresadas “laboriosamente”, lo decía en serio. Lamentablemente parece que alguien o algunos no lo entendieron (o no lo leyeron). Si nunca revisé “La Teoría”, no fue por cuestiones de salud. Mas allá de alguna cuestión cosmética para un par de impresiones extranjeras, jamás revisé mis libros ni produje segundas ediciones, algo que mi editor tenía bien claro. Un buen padre nunca abandona a sus hijos y los acepta como salieron a la luz, aunque hayan sido mal paridos. Ante cualquier nueva idea encaraba un proyecto nuevo, en lugar de revisar lo viejo. Entiendo que los incapacitados y los que desconocen la evolución intelectual suelen tomar esto como que cambiaba constantemente de posiciones, pero… Permítame desconfiar de usted en cuanto alguien que no leyó mi “Tract on Monetary reform” de 1923 y fiarme de su capacidad de seducción a los narcisos; de todas formas, para alguien que tanto ama los escenarios me sorprende que dejara de lado el contexto del capítulo 3, en la discusión sobre la teoría de la cantidad del dinero: “El largo plazo es una guía engañosa para las cuestiones actuales. En el largo plazo estamos todos muertos. Los economistas se acomodan demasiado fácil, una tarea tan inútil si en tiempos de tempestad solo pueden decirnos eso cuando la tormenta ha pasado mucho tiempo atrás y el océano está nuevamente sosegado”. Creía que ello era una clara advertencia contra los curanderos de la economía, pero los chusmas siempre aprecian lo banal. Con mi salud desgastada pero mi cerebro volando, joven cuando di el gran salto (62 años), es cierto que consideré “La Teoría” como mi gran obra, pero jamás la tomé como mi obra definitiva. Durante mis últimos diez años la realidad fue cambiando mi foco: con el fin de la guerra el trabajo para el Tesoro, la representación en Bretton Woods y la negociación con los estadounidenses, me quitó el tiempo y la paz necesaria para escribir y apenas pude publicar “How to pay for War” en 1944. Mi primer responsabilidad pasó a ser tratar de evitar la bancarrota del Imperio y mi principal esparcimiento el arte, al frente del CEMA desde el 42, fundando el Arts Council of Great Britan en el 45 y reabriendo el Royal Opera House, así que por favor deje la cuestión de mi salud de lado. Como le escribí a Bernard (Shaw) en enero del 35, yo estimaba que le tomaría diez años a “La teoría” ocupar el lugar que le correspondía. Sin embargo, el impacto entre los norteamericanos, en especial los economistas de menos de 35 años, resultó casi explosivo y mucho mayor al que tuvo en Inglaterra. Para el 38 Harvard, Yale, el MIT, Columbia y Berkley la reconocían como un “Magnum Opus” de la economía (Chicago y la NYU fueron excepciones). Este justificado interés me halagó, aunque el espíritu de los coloniales comenzó casi inmediatamente a reinterpretar lo que había escrito, buscando darle un marco, una estructura matemática más rígida y predecible, que adrede yo había evitado. Fueron varios, Laurie Currie, Symour Harris, Abba Lerner, aunque el primero que debo mencionar es al Sr. Hansen -el Keynes Americano-, quien junto a Hicks llevaron mi prosa a las dos dimensiones, y que tanta influencia tuviera en los gobiernos de FDR. Paul-Samuelson1 Paul Samuelson, un gran publicista, un mal interprete de Keynes. El segundo, el Sr. Samuelson. Paul Samuelson,… mi mayor publicista,… mi peor intérprete. Alguien que nunca me conoció. Hace 17 años, cuando llegó por acá le dije: “Doctor, seis meses atrás se definió como: “Soy una cafetería Keynesiana, alguien que toma y escoge los pedazos de una doctrina que le resultan más agradables”; le agradezco lo que deba agradecerle, pero usted es el responsable de mucho de lo que me mal acusan los ignorantes. Con suerte, su síntesis neoclásica es una cochambre, donde el mejor ejemplo es la formalización matemática que hizo de mi trabajo”. Veo, estimado, que usted y sus contertulios se consideran especialistas en Keynesianismo, ante lo cual me veo obligado a informarle que yo no sé qué es eso, ni nunca fui Keynesiano. Los tengo a Lydia y a Austin Robinson de testigos, cuando en 1944 después de una reunión en Washington con un grupo de economistas y legisladores norteamericanos, les conté durante el desayuno que “Yo era el único no-keyneseano en la habitación”. Para mí y lo dejé claro en la introducción a “Money” de D.H.Robvinson, en 1922 “La teoría de la economía no proporciona un cuerpo de conclusiones irrefutables que pueden aplicarse inmediatamente a las políticas. La economía es un método, no una doctrina, es un aparato de la mente, una técnica del pensamiento que ayuda a quien la posee a trazar conclusiones correctas”. Si alguna aspiración tuve con mis teorías, es que se volvieran obsoletas apenas los gobiernos aprendieran a manejar adecuadamente la economía. Quienes tanto y más hablan de mí, tienden a no apreciar que la economía es una ciencia moral, ni natural, ni exacta y por lo tanto “La Teoría” es un trabajo epistemológico, un planteo sobre como conocemos lo que conocemos de economía y por qué actuamos como lo hacemos. Cuando nos evacuaron de Cambridge en 44, Hayek, que recién había publicado “The Road to Serfdom” (siempre lo dije, un muy buen libro) me planteó si no estaba preocupado por lo que estaban haciendo mis discípulos con mi teoría y si una teoría que tenía sentido en durante lo peor de la crisis de los 30´s no estimularía la inflación cuando la economía se acercara al empleo pleno. Pensé -no mucho- y mi respuesta fue que, si alguna vez mis teorías se tornaban dañinas -si mis seguidores se excedían o tomaban un camino equivocado-, podía hacer que la opinión pública se volcara contra ellas “así”, y troné los dedos de mi mano. Seis semanas después me fui, sin poder cumplir mi promesa a Hayek. El Hubris se cobró su precio. Leí de su patrón ideológico, “nosotros no nos vamos a enamorar de ningún modelo; nosotros estamos enamorados de los datos y de hacer las cosas bien” -parece que olvidó que alguna vez se autodefinía como anarco, libertario y no sé cuántas cosas más… sospecho cosas del fracaso; de paso, el “Toto” nunca trabajo en Black Rock y si lo hizo fue de manera “non sancta”-. En el 78 Samuleson (con el que todavía tengo muchas cosas que arreglar) en una de sus tantas malas paráfrasis -esta, basada en un artículo sobre inversiones 1924 al menos respeto mi espíritu- me adjudicó el planteo: “Cuando la información cambia, cambio mis ideas. ¿Qué hace usted?”. “Información”, no números, no datos, información, algo mucho mas cercano a la realidad. Entonces: ¿Qué hace usted?, ¿Qué hacen ustedes? Bueno, como debería haber visto yo tampoco me enamoré jamás de ninguna teoría económica -ni siquiera de las mías-, pero creo en los hechos y desconfió profundamente de los datos y de las definiciones rimbombantes a lo Ragnar Frisch y Samuelson. Si bien fui casi su fundador y presidente de la Sociedad Econométrica en el 44, no debiera escaparle que una de las primeras y más vigentes críticas contra el uso erróneo de los números en la economía -que todo el mundo debería analizar- fue el cuestionamiento que le realizara a Jan Tinberg en septiembre del 39. Impotentes si desde el poder van a disparar sus salvas contra mis pecados -que los he tenido y, afortunadamente, muchos-”, háganse el favor de apuntar dónde deben. Sobre las opiniones de “ese caballero”, acuerdo con que sido un genio, pero le aseguro que no del mal, siempre diestro, pero no siniestro. Como tesorero del Kings College de 1920 a 1946, el rendimiento anual promedio del Chest Fund que administraba fue de 15-16%, muy por encima del mercado (sobreviviendo al Crash del 29 y la Segunda Guerra Mundial), de 30.000 libras iniciales lo dejé con unas 800.000 libras, todo esto debidamente documentado (¿puede él?) Así que, ¿estafador?, no lo creo. ¿Comunista de mano suave? El pacotillero, como ante tantas cosas, desconoce mi opinión y posición frente al Sr. Marx y su obra. Nunca leí apropiadamente Das Kapital, ni me interesó, es que “para mí es inexplicable que haya tenido semejante efecto. Su polemización académica (la de Marx), tediosa y anciana, resulta tan extraordinariamente inapropiada…”. “¿Cómo puedo aceptar la doctrina comunista que establece como su biblia, por encima de toda crítica, un texto obsoleto que no solo sé que es científicamente erróneo, sino que además carece de interés o aplicación para el mundo moderno?, planteándome sobre el socialismo marxista: ¿Cómo una doctrina tan ilógica y tan aburrida puede haber ejercido una influencia tan poderosa y duradera sobre las mentes de los hombres?. Mi carta a Joan Robinson, de noviembre del 36, dejó bien claro que no estaba dispuesto a convalidar ninguna reinterpretación “marxista” de mi obra, ni de mano suave ni de mano dura. Si quiere llamarme un socialista liberal -los “verdaderos socialistas” nunca me han querido- entendiendo eso como definí en 1939: “un sistema en el que podamos actuar como una comunidad organizada con fines comunes y para promover la justicia social y económica, respetando y protegiendo al mismo tiempo al individuo: su libertad de elección, su fe, su mente y su expresión, su iniciativa empresarial y su propiedad”, es bienvenido. Lástima que mis pretendidos verdugos nunca leyeron esto y cuan cerca está de la definición de su Benegas Lynch. Siempre creí que las mentes bajas, incapaces de apelar o entender la ironía se aferran desesperadamente al exceso chabacano, cayendo en la peor de las pomposidades: la del mal gusto. Cincuenta y cinco groserías en lo que pretende ser un discurso magistral de poco más de una hora de duración, un taco cada minuto un tercio… “sorry, its not becoming” de aquel que se gustaría Profesor de nuevas generaciones. “Je n’ai fait celle-ci plus longue que parce que je n’ai pas eu le loisir de la faire plus courte” (habría escrito una carta más corta, pero no tuve tiempo), bien dijo Pascal. By the way, sobre sus compañeros de discurso que tanta gracia me causaron, me tomo el trabajo de no contestarles. ¡Ah!, antes de terminar, diez días antes de irme, le comenté a Henry Clay: “Me encuentro cada vez más y más apoyándome para la solución de nuestros problemas en la mano invisible que traté de eyectar de la teoría económica veinte años atrás”. Por favor, dejen que los burros sean burros, en paz. Haciendo votos para que tarde mucho tiempo en venir a visitarme, Yours ever J.M.Keynes

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