Milagro en Wall Street. En una semana corta, una recuperación potente. Contra todos los pronósticos y a pesar de las contradicciones de la Casa Blanca. La guerra se prolonga. La suba de los precios del crudo no cesa. El presidente Donald Trump pide, por enésima vez, “dos o tres semanas más” para acabar la faena. No se sabe si el final que ansía involucra o no la reapertura de la libre navegación por el estrecho de Ormuz, que es el tema esencial en la agenda del mundo. Depende del día. Y el miércoles, su posición también varió según la hora. Para peor, Trump despidió al jefe del Ejército en la antesala de una nueva ofensiva militar a gran escala. Lo que viene es “el infierno”. El ex asistente del secretario de Defensa es el nuevo comandante a cargo. Alguien de quien no se esperan objeciones. ¿Qué podría salir mal? Todos los índices principales de Wall Street registraron un tropiezo de 10% desde sus máximos anteriores a marzo. La guerra los castigó muy duro. La excepción fue el S&P 500, que patinó 8,84% y parecía el último mohicano en la fila de los condenados. Pero, ¡sorpresa! De la nada, el S&P 500 protagonizó un martes de resurrección: +2,91, alentado por la expectativa (poco fundada) de una pronta resolución del conflicto. Los sucesivos furcios del presidente Trump – orales y por escrito – no mellaron su optimismo. El índice trepó 3,4% en la breve semana de cuatro ruedas. Es la primera semana positiva de las últimas seis y la mejor de los últimos cuatro meses. Los mercados preveían, y necesitaban, una guerra corta. Pero la contienda se extiende. Y después que Irán tomó control del estrecho de Ormuz, no se atisba una resolución rápida. Ni exenta de trauma. Trump, en la semana dos de la guerra, dijo que estaba “prácticamente terminada”. Comenzada la sexta, no se ve la luz al final del túnel. Ni siquiera cuál será el túnel para zafar del atolladero. Y aun así, los mercados quieren creer que lidian con un contratiempo grave, pero transitorio y reversible. Su desempeño certifica que no han perdido la convicción, aunque la evidencia permanezca esquiva. ¿Nos estamos quedando sin petróleo?, se pregunta un informe de Goldman Sachs. Los mercados de futuros cotizan una curva invertida, con precios muy altos en lo inmediato que declinan a medida que se alargan los plazos. El supuesto básico es que la escasez actual se corregirá en los meses venideros (cuando se reabra Ormuz). El barril valía 60 dólares a principios de año. Hoy, el contrato futuro más cercano merodea los 110. Después de la guerra, el mundo deberá arreglarse con un petróleo en torno a 80 dólares por un buen tiempo. ¿Demasiado optimismo, acaso? No es fácil estimar cuál será el nivel del faltante de crudo, ni por cuánto tiempo escaseará, ni con qué elasticidad precio responderá la demanda global. Son demasiadas variables en interacción ante un shock de gran cuantía. Pero basta con observar el precio spot del crudo Brent, el precio del físico para entrega en los próximos 10 a 30 días: el jueves se disparó por encima de los 140 dólares. Un diferencial de 30 dólares con el futuro más inmediato revela una carestía mayor que la que sugieren los futuros. Las “dos o tres semanas más” que pide Trump para acabar con la guerra son cruciales. Y no es la guerra, es la obstrucción de Ormuz lo que hay que terminar. Y esa es otra historia, igualmente o más complicada. Trump y el dilema Ormuz ¿Trump batallará hasta liberar Ormuz? ¿O podría dar la guerra por ganada y dejar Ormuz en control de los iraníes? El presidente alentó esta semana las dos visiones. “Aquellos países que no consigan jet fuel, pueden comprárselo a los EEUU (que tenemos bastante) o, alternativamente, armarse de coraje, ir al estrecho y tomarlo por su cuenta”, posteó en Truth Social. A Irán lo seduce esta segunda vía que Trump concede alegremente. Se supone que a China, también. Tácitamente, dar un paso al costado y renunciar al liderazgo supone aceptar una derrota geopolítica crucial. Ni lerdos ni perezosos, Irán y Omán preparan un protocolo para regularizar el cobro de peaje por el estrecho (a los países que ambos consideren potables). Paquistán recibió los primeros permisos. Una veintena de barcos ya sacó provecho del incipiente sistema. Irán formuló una invitación expresa a todos los países de Europa para que participen. Cuarenta naciones, convocadas por Gran Bretaña, sin la presencia de EEUU, se reunieron esta semana para examinar la cuestión y fijar posición. ¿Qué pasará con los aliados sunitas de Washington en la región, como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, hostigados por Irán y que se colocaron bajo el ala de los EEUU? Si hiciera falta, China estará dispuesta a ofrecerles su protección. ¿Cuán importante es Ormuz? Gravita en función de la producción que fluye por su geografía específica. Si la guerra arruina la infraestructura crítica (en un proceso acelerado de mutua destrucción) reabrir Ormuz no será suficiente para paliar la crisis. Y Trump podría exacerbar la hecatombe si se da cuenta que se volatiliza su influencia. Y no es solo petróleo y gas natural licuado lo que escasea. Es una infinidad de productos derivados. Es la provisión de urea, azufre, helio, aluminio y un largo etcétera. Los mercados quieren creer que los problemas se subsanarán pronto. La realidad presagia una dinámica de choque frontal. Los mercados son muy perspicaces, pero no son infalibles. Hubo un milagro en Wall Street. Resucitó a la quinta semana de una guerra que prometía ser corta hasta que Trump se metió en un laberinto al que no le encuentra salida. Otro milagro sucedió en la economía de EEUU. Creó 178 mil nuevos empleos en marzo. Tres veces más que lo esperado. Y la tasa de desempleo bajó una décima a 4,3% cuando se temía que trepara a 4,5%. Un milagro más, y el mercado bull volverá por sus fueros arrollador. Creáse o no, las estimaciones de ganancias por acción para 2026 crecieron 4% desde que empezó el año. Solo hace falta que Trump acabe su excursión iraní sin que haya tierra arrasada. Y, por cuenta separada, que los países de Asia y Europa consigan reabrir Ormuz antes que sea demasiado tarde. ¿Imposible? Improbable. Pero los mercados no pierden la fe.
La Bolsa no pierde la fe a pesar de los furcios de Donald Trump
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