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Monday, January 26, 2026

La economía de la violencia: quiénes ganan cuando una mujer pierde

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Suena extraño esto que voy a decir, pero la violencia contra las mujeres no solo golpea cuerpos, también sostiene economías. Y es así porque detrás de cada historia de control, abuso o explotación hay un flujo de dinero que se mueve en silencio. Aunque solemos pensar en la violencia machista como un problema social o moral, pocas veces la miramos como un fenómeno económico, que también lo es. Porque cuando una mujer pierde su libertad, alguien gana, y casi siempre, gana dinero. En América Latina, las mujeres continúan ocupando los trabajos más precarios y peor remunerados. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), ellas destinan el triple de tiempo que los hombres a tareas domésticas y de cuidado no pagadas, lo que limita sus oportunidades laborales y económicas. Esa desigualdad no solo es una consecuencia del patriarcado, principalmente es una de sus principales herramientas de control. Cuando una mujer no tiene ingresos propios, su margen de decisión se reduce y con ello, aumenta su vulnerabilidad frente a la violencia. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que, si el trabajo de cuidados no remunerado fuera del salario mínimo, representaría entre el 15% y el 25% del PIB de los países de la región. Es decir, nuestras economías se sostienen sobre el esfuerzo invisible de millones de mujeres que cuidan, alimentan y sostienen la vida sin recibir compensación. Ese trabajo gratuito permite que los Estados ahorren en servicios públicos y que las empresas maximicen su productividad. Es una forma silenciosa de violencia estructural, es una economía que necesita de la subordinación femenina para funcionar. Una economía que se enriquece directamente de la violencia. La prostitución, la trata de personas con multas de explotación sexual, la pornografía o el alquiler de vientres son industrias que convierten la desigualdad en un negocio global. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) calcula que la trata de personas genera más de 100 mil millones de dólares al año y el 92% de las víctimas de explotación sexual son mujeres y niñas. Mientras ellas arriesgan su vida, otros (proxenetas, dueños de burdeles, plataformas digitales e incluso gobiernos que cobran impuestos) obtienen beneficios. La pornografía, una industria que mueve más dinero que el cine o la música, reproduce una cultura de consumo donde el cuerpo femenino es mercancía y el consentimiento, una variable prescindible. Detrás de cada clic hay una cadena de explotación que se normaliza como entretenimiento. Del otro lado del mercado, el llamado alquiler de vientres se presenta como un acto de solidaridad reproductiva, pero suele recaer en mujeres empobrecidas que alquilan su cuerpo a clientes extranjeros. Detrás de esos contratos hay agencias, clínicas y bufetes que lucran con la vulnerabilidad femenina. Nada de esto ocurre al margen del sistema económico, sino dentro de él. La violencia no es una falla, es un engranaje que produce beneficios. Cuando una mujer es golpeada y deja de trabajar, alguien gana el control. Cuando una mujer es asesinada, otros heredan su salario, su casa o su silencio. Cuando una mujer se empobrece, otro sector económico encuentra mano de obra barata. La violencia contra las mujeres, en todas sus formas, sostiene jerarquías que reparten poder y riqueza de forma desigual. Los Estados también se benefician, aunque rara vez lo admiten. Cada hora de trabajo doméstico que una mujer realiza sin cobrar es una hora que el Estado no invierte en educación, salud o cuidados. Cada madre que cuida a su hijo enfermo o abuela que se hace cargo de sus nietos representa un ahorro público que no se registra. Sin embargo, cuando se habla de crecimiento económico o sostenibilidad fiscal, ese aporte sigue sin aparecer en las cuentas nacionales. La economía feminista lleva décadas advirtiendo que no hay desarrollo posible mientras la mitad de la población viva en la precariedad. Claudia Goldin, Premio Nobel de Economía 2023, ha investigado durante décadas las causas estructurales de la desigualdad económica entre mujeres y hombres. En sus palabras “no se trata de que las mujeres no trabajen; siempre lo han hecho. La verdadera brecha está en cómo se valora y se recompensa su trabajo”.Hablar de economía y de violencia en la misma frase no es una exageración, sino una constatación. El patriarcado se sostiene con la factura que pagan las mujeres cada día, en jornadas dobles, en empleos precarios, en salarios menores, en silencios impuestos. La verdadera reparación comenzará cuando entendamos que no hay igualdad sin autonomía, ni libertad sin justicia económica, porque si la economía ignora la vida, terminará destruyéndola.***Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.De la misma autora: Leer para transformar: 40 libros que me acompañaron este año Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Entrenador Ontológico Empresarial. Directora Fundadora de feminismoinc.org Venezolana. Feminista. IG: @feminismoinc Más de Susana Reina | @feminismoinc

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