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Monday, May 18, 2026

La inflación regresa a los primeros planos justo cuando Warsh se hace cargo de la Fed

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El presidente Donald Trump se salió con la suya. El Senado aprobó 54 a 45 la designación de su elegido, Kevin Warsh, como nuevo chairman de la Fed. Lo hizo con el voto de la bancada republicana (y la adhesión solitaria del senador John Fetterman de Pensilvania desde el bando demócrata). Warsh fue confirmado justo a tiempo para tomar la posta de Jerome Powell, otro hombre seleccionado por el dedo de Trump (aunque pronto cayó en desgracia), quien se desempeñó al frente de la institución desde 2018 hasta el viernes último. Warsh presidirá la próxima reunión del comité de Mercado Abierto en junio. Los mercados descuentan que no habrá cambios en la política de tasas de interés. Trump piensa, seguramente, que sí. El presidente ansía un recorte de tasas (¿cuándo no?). No obstante, en las condiciones actuales, ni siquiera el Warsh más alineado podrá satisfacerlo. No hay quórum en el banco central para ir a contramano de la realidad de precios efervescentes que el propio Trump propulsó a partir de la guerra en Irán. Warsh llega, pero Powell, su antecesor, no se va. Tiene mandato como gobernador hasta 2028 (y buenas razones legales para quedarse). Quien le hace el lugar a Warsh en la Junta de Gobernadores es Stephen Miran, un ex funcionario del Ejecutivo y el caballo de Troya que introdujo Trump en septiembre de 2025, luego de la renuncia inesperada de la gobernadora Adriana Kugler. Nunca se vio un caso así: Miran votó en disidencia constante, favoreciendo sin éxito, reunión tras reunión, alternativas de decisión siempre más relajadas que las que lograron consenso. Fue lo más parecido a un doble de cuerpo de Trump que pisó la institución. Aunque, nobleza obliga, nunca propuso bajar las tasas a 1% como el presidente en sus posteos en Truth Social. La Fed se fortalecerá después de este enroque largo. Miran fue irrelevante. Warsh, que tiene otro bagaje de experiencia, no lo será. No puede decirse que habrá una Fed con dos presidentes. Warsh tomará el timón y propondrá la agenda. Powell no le disputará el mando ni tampoco el liderazgo. Visto desde afuera, el banco central es una institución que siempre adopta la postura que defiende su titular. Lo que no se ve, aunque en los últimos tiempos la transparencia creció mucho, es que existe un debate interno profundo. La discusión puede resultar muy diversa en sus presupuestos y conclusiones preliminares. Es la evolución de ese debate que el chairman moldea, y no el capricho personal o la mera imposición de autoridad, la fuente que nutre las definiciones de la institución. Allí se gestan las decisiones consensuadas, que se sancionan luego con muy pocas discrepancias ante la luz pública. Eso Miran no lo entendió nunca. O no le importó. Warsh asume con un mayor seniority. Trae otra experiencia como banquero. Y, sobre todo, conoce el funcionamiento de la cocina interna por su anterior pasaje por la entidad, en los tiempos de Ben Bernanke y la crisis de Lehman. Si quiere liderar y tener predicamento propio deberá tejer la trama de la política monetaria en ese ovillo previo de opiniones con buenos argumentos, y su proverbial astucia. La sintonía con Trump le fue indispensable para volver a la Fed. Le será poco relevante a partir de su confirmación. Esa es, después de todo, la lección de Powell. Y, si se quiere, el reverso de la mala experiencia de Arthur Burns con el presidente Nixon en los años setenta del gran desborde inflacionario. El regreso de la inflación La Fed es la institución y sus circunstancias. La inflación regresó a los primeros planos con iracundia. Trump es un capitán de tormentas, podría decirse. Las promueve con gusto. No necesariamente las sabe conducir. En 2018, el paquete de recortes de impuestos que le arrancó al Congreso obligó a su elegido, Jay Powell, a extremar las subas de tasas para atajar un sendero de expansión de la actividad que podía recalentarse. La inflación, en ese entonces, no fue nunca un problema palpable, sino potencial. La situación no podía ser más diferente en la actualidad. Y mantener a raya la inflación, cualquiera sea su causa, es la responsabilidad principal del banco central. Desde 2021, la inflación excede la meta anual de 2%. Y la guerra en Irán a fin de febrero le clavó las espuelas. Y aunque el presidente desespere por un acuerdo de paz, la verdad es que no consigue ponerle fin a la contienda. Y mucho menos a sus consecuencias. El doble candado a la navegación en el estrecho de Ormuz constituye un shock adverso de oferta de energía, fertilizantes y otros insumos críticos. Es una restricción continua sin visos de solución a la vista. De no revertirse rápido, la factura será creciente a medida que se agoten los inventarios y se desvanezcan las expectativas optimistas. En EEUU, la inflación minorista trepó 0,6% en abril luego de subir 0,9% en marzo. Su variación interanual alcanza 3,8%. La inflación núcleo (que excluye energía y alimentos), la súper-núcleo (que además hace a un lado el costo de los servicios de vivienda), la media recortada (que elimina el 16% de las observaciones extremas) y la mediana, todas ellas, subieron 0,4% en abril. O sea, crecieron a una velocidad anualizada de 4,91%. Houston, tenemos un problema. Y las presiones alcistas se acumulan en el canal de la producción. Los precios mayoristas subieron 1,4% en abril. Los precios de importación, 1,9%. Los de exportación, 3,3%. Las señales de precio son evidentes. Las de cantidad se distorsionan por la fluida situación de oferta previa, los inventarios disponibles y la utilización de las reservas estratégicas. Todavía los faltantes son manejables, y no hay inconvenientes de logística severos, pero la aritmética del abastecimiento sugiere que acechan a la vuelta de la esquina. buque estrecho ormuz El Estrecho de Ormuz, una de las rutas petroleras más importantes del mundo, quedó en el centro del shock económico que elevó el precio de la energía, presionó la inflación global y reordenó el mapa de ganadores y perdedores en los mercados. Reuters El peso de la guerra La Fed de Powell acusó recibo del shock de la guerra sin estridencias. Mantuvo sus tasas en el rango preexistente (3,50% -3,75%) sin alteraciones. Su actitud, que hereda Warsh como punto de partida de su gestión, es la de ver y esperar. Son los mercados de renta fija los que empezaron a izar las suyas a lo largo de toda la curva del Tesoro. La tasa de dos años que operaba por debajo del piso de los fed funds antes de la guerra, ahora se ubica cómodamente por encima del techo del rango: escaló más de medio punto para situarse en 4,07%. Si antes convalidaba la tesis de futuros recortes de tasas, ahora define un horizonte claramente alcista para la Fed. No le importa el cambio de guardia en el banco central ni lo que pueda decir Trump al respecto. No solo suben las tasas cortas, sino la totalidad de la curva, lo que incorpora efectos que van más allá de las perturbaciones puntuales del momento. La señal más dramática la sumó el bono de 30 años que rompió el umbral de 5% y cerró el viernes en 5,12%. La tasa a diez años desbordó el dique de 4,50% y arañó 4,60%. La Fed prefiere ver y esperar, mientras de paso facilita el traspaso del mando de Powell a Warsh. La inflación, ya se dijo, sube y no espera. Las tasas largas tampoco esperan: optan por subir y ver después qué pasa. Que la Bolsa trepe pujante (aunque el viernes acusó el golpe), les provoca un dolor de cabeza particular. ¿Subirá la inflación y la actividad económica permanecerá indemne, o más bien, impetuosa a caballo del auge de la inteligencia artificial (IA)? En el ojo del huracán opera un posible bonus track adverso: la crisis del gobierno de Keir Starmer en Gran Bretaña, si replica la zozobra de Liz Truss en 2022, podría espantar la exposición al asset class (la renta fija) en todos los mercados internacionales. La conducción de Warsh se estrenará así en un mundo en conmoción que es todavía un rompecabezas para armar. La Bolsa bate récords porque supone que la política será capaz de reabrir la navegación por Ormuz a tiempo para evitar el impacto recesivo del shock de la guerra, que es el lado B del episodio y el que menos se desplegó todavía. La curva invertida en los mercados de futuros de energía es su principal coartada. Los mercados anticipan, aunque no son infalibles. ¿Ya habremos visto lo peor? Para comprobar si es así, Warsh preferirá estirar el wait & see que recibió como legado de Powell. Todavía las expectativas de largo plazo están bien ancladas (por debajo de cuando atravesaron el duro examen del 2022-2023 y sirvieron como una brújula impecable) y la credibilidad del banco central no está en la picota. No lo corre la urgencia. Puede dejar que sean los mercados de bonos los que suban las tasas por su cuenta y ayuden en la tarea de moderar la inflación. La prioridad para Warsh será construir su propia reputación. Dentro y fuera de la Fed. Paradójicamente, una situación con ribetes tan marcados debería facilitarle el trabajo. Los mercados de predicción descuentan que la Fed tendrá que subir las tasas antes que termine el año con una probabilidad de 64%. Mucho antes deberá endurecer su discurso. ¿Querrá Warsh sacar los pies del plato, hacer otra cosa y pretender que aquí no ha pasado nada? Warsh es un banquero, no un académico. No engañará a nadie con una teoría novel a la medida de Trump y Bessent. ¿Para qué? Es mejor tomar las riendas que ser conducido por un comité en disidencia, o que se vote en contra del chairman, una situación sin antecedentes en la tradición de la Fed. ¿Cuánto tiempo le llevará a Trump pensar, en ese caso, que ha vuelto a ser traicionado por un chairman que el mismo eligió? Mejor que sea así. Con una inflación rampante, la obsecuencia será una catástrofe que facturarán los bonos en el acto. Trump debería haber aprendido de su experiencia en Irán: el sí fácil de su entorno le puede arruinar su gobierno. Una Fed independiente que resuelva a su leal saber y entender es necesaria para contener el incendio. La Casa Blanca lo último que precisa es que para congraciarse Warsh agite las llamas. Que Trump se desahogue y critique. Puede que necesite contar con un chivo expiatorio. Ahora tendrá dos: Powell y Warsh.

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