Oficialmente, se desconoce la tasa de desempleo en el país; Sin embargo, según firmas privadas e investigadores, ronda el 40%. “Buscar trabajo resulta frustrante y muchas veces las empresas ni siquiera responden a las postulaciones. Hay vacantes, pero pocas resultan prometedoras”, cuenta Jesús Jiménez, joven comunicador social que busca empleo desde hace ocho meses. Antes de iniciar esta búsqueda, Jiménez, de 25 años, realizó producciones audiovisuales y gestionó contenidos para una emisora radial en Caracas. Recuerda que la experiencia fue positiva, al igual que el ambiente laboral, pero el sueldo solo alcanzaba “para alguien sin responsabilidades”, y ese no era su caso. En contraste con los anuncios de grandes inversiones en sectores energéticos y mineros —que, según funcionarios estadounidenses que han visitado el país, prometen plazas de trabajo y sueldos competitivos—, el día a día del mercado laboral venezolano representa un verdadero desafío. La historia de este comunicador social se repite una y otra vez en las ciudades del país. Michelle, otra caraqueña egresada de Comunicación Social que hoy permanece desocupada, relata que insiste en plataformas como LinkedIn, Computrabajo, Indeed y Kuentro, pero percibe pocas vacantes y una demanda abrumadora. Este escenario se reporta desde 2022: las estimaciones sobre el índice de desempleo en Venezuela ya apuntaban a un 40,3 %, de acuerdo con expertos como el economista Omar Zambrano en un informe publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo. Recorrido laboral cuesta arriba Para los jóvenes recién graduados, conseguir el primer empleo suele ser un proceso más difícil. En plataformas como LinkedIn, dedicadas al ámbito profesional, abundan las denuncias sobre vacantes para puestos junior —que en teoría requieren un máximo de dos años de experiencia—, pero que terminan exigiendo mucho más. “Los trabajos que he tenido llegaron por boca a boca entre amigos y conocidos. Probé las redes sociales, pero el mercado laboral no colabora”, dijo un actor de 23 años residente en Plaza Venezuela. Señaló que, en ocasiones, aplicó a vacantes (como cajero, mesero o almacenista) a las que aspiraban hasta tres mil jóvenes. “Obviamente, hay escasez de oportunidades”, sentenció el artista. Una estudiante de arquitectura de la Universidad Santa María, que prefirió no revelar su nombre, relató una experiencia similar al admitir que “sin contactos, las posibilidades de conseguir un trabajo digno son menores o nulas”. Desde los 17 años trabajó como promotora o en catering para eventos, hasta que por fin pudo dedicarse al diseño arquitectónico. ¿Vivir independiente? Un sueño lejano Según el Observatorio LabDATAM, la edad promedio de emancipación de los jóvenes venezolanos alcanza los 28 años. A pesar de las estadísticas, algunos esperan independizarse más allá de esa edad. “Me visualizo alrededor de los 30, pero no creo que sea aquí en Venezuela. El país aún no ofrece condiciones para una buena calidad de vida”, declaró otro comunicador de 22 años, que reservó su identidad en esta nota y actualmente trabaja como profesor de robótica en un colegio del municipio Baruta. Michelle no descarta permanecer en el país para lograrlo, pero reconoce que “en caso de alquilar una habitación o apartamento, se me iría casi el 80 % de mi sueldo” y tendría que tomar la decisión junto a una pareja estable. La informalidad en el campo laboral Eduard Vargas, economista y docente de la Universidad Monteávila, explicó en entrevista con Efecto Cocuyo que “tenemos una actividad económica con altísima informalidad”, ya que un sector demográfico con edad, preparación y capacidad para generar valor percibe que no encuentra oportunidades en empresas formales. De acuerdo con estimaciones de Ecoanalítica, consultora financiera con presencia en Caracas, Venezuela ocupó a principios de 2025 el cuarto lugar en Latinoamérica con la tasa de informalidad laboral más alta (equivalente al 70 %). “Eso genera vulnerabilidad, porque el sistema que te sostiene carece de una estructura mixta”, agregó el economista. Sueldos dispares Una vez dentro de la nómina de una empresa, los salarios representan otro problema. Aunque el mínimo oficial se fija en 130 bolívares mensuales —equivalentes a 0,31 centavos de dólar según la tasa del Banco Central al 26 de febrero de este año—, el Observatorio Venezolano de Finanzas (OVF) reportó que el ingreso mensual promedio en el sector privado alcanzó 237 dólares durante el primer trimestre de 2025. Para entonces, la entidad advirtió que el 70 % de los asalariados caraqueños no lograba cubrir el costo de la canasta alimentos básicos. “En Venezuela siempre resolvía, pero no era la vida que quería”, sostuvo Angerlyn Materán, periodista caraqueña que vive en México desde hace seis meses y destina parte de sus ingresos a sus padres en Venezuela. Afirmó que desde los 17 años se dedicó a “matar tigritos” y que, pese a tener un cargo fijo en su país de acogida, sigue sintiéndose vulnerable. “No me siento bien con un solo trabajo; me siento a la intemperie. Puede pasar cualquier cosa y no estará lista”. Michelle contó que, durante el tiempo que estuvo empleada, “podía cubrir sus gastos”, pero aún así aspiraba a otros trabajos para aumentar sus ingresos. “Muchas personas se ven obligadas a rebuscarse oa crear emprendimientos; un solo empleo a veces no basta”. El economista Vargas explicó que dos variables afectan las remuneraciones: el bajo desempeño productivo de Venezuela —“porque al final el salario resulta de la productividad”— y la brecha cambiaria entre la tasa oficial del dólar (BCV) y la paralela. Argumentó que, aunque se paga en bolívares con sueldos fijados a tasa BCV, existe un tipo de cambio que sube constantemente y al que la tasación oficial no logra seguirle el paso. “El comerciante necesita recuperar esa diferencia y lo hace mediante el aumento de precios. Así, la brecha cambiaria la termina pagando el consumidor”, aclaró el también docente universitario. Carga emocional El peso anímico de estas circunstancias resulta significativo. Erinson Bustamante, psicólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela (UCV), afirmó que en adolescentes y adultos jóvenes del país “existen ilusiones sobre sus proyectos de vida que resultan muy difíciles de cumplir”. A su juicio, no solo importa el impacto de la dificultad o imposibilidad de realizar esos proyectos, sino también las expectativas que recaen sobre ellos. El especialista explicó que, a esa edad, la reacción al rechazo incluye “una percepción negativa de sí mismo”, donde la persona puede cuestionar en profundidad sus objetivos, decisiones vocacionales e incluso el sentido de su vida. Para enfrentar estos impactos, Bustamante recomendó superar el síndrome del impostor al reconocer las propias capacidades útiles para transformar la realidad propia y la de los demás; identificar redes de apoyo o un núcleo de personas que brinden alivio, contención y escucha; y, finalmente, abrazar la propia vulnerabilidad y frustraciones. “Debemos tener en cuenta que lo que antes se consideraba estable o esperado ya no lo es, porque las condiciones no lo permiten”, recalcó el especialista en salud mental. Texto con la colaboración de María Eugenia Lorenzo



