“La relación entre Estados Unidos y Argentina se encuentra en su punto más fuerte de la historia”, dijo recientemente una voz autorizada del Departamento de Estado estadounidense. Esa no es la Casa Rosada que habla y confirma lo que ya sabíamos desde el año pasado, cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca con Javier Milei como Presidente aquí. La construcción del vínculo entre ambos líderes mundiales podría decirse que comenzó antes, cuando Milei, ya instalado en Balcarce 50, hizo una serie de esfuerzos indisimulados para congraciarse con un Trump que hacía campaña contra la administración demócrata. La apuesta del dirigente de La Libertad Avanza dio sus frutos y el alineamiento automático de Argentina con Washington le ha traído grandes beneficios –por ahora– a Milei. Estados Unidos garantizó una estabilidad financiera clave, junto con el Fondo Monetario Internacional (FMI), mientras las nubes previas a la mitad de período se acumulaban en octubre pasado. Seguir ciegamente la política exterior estadounidense ha salvado al gobierno de Milei de tener que debatir o pensar en algo propio. Esto podría ser correcto o incorrecto; es lo que es. Respaldar todo lo que Trump decida o diga sobre el mundo es la línea. De hecho, el portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos destacó enfáticamente “la alineación en torno a prioridades compartidas de crecimiento económico, gobierno democrático y estabilidad regional”, subrayando, en caso de duda, que “Estados Unidos elogia el liderazgo continuo de Milei y los esfuerzos de su gobierno para impulsar el papel de Argentina como socio constructivo a través de reformas orientadas al mercado, una mayor participación global y cooperación en asuntos de seguridad”. Deberíamos volver a una pregunta anterior: ¿funcionará bien? Y podríamos agregar: ¿Para quién? ¿Y para qué? Más allá del aspecto financiero clave de la ayuda estadounidense, en lo que respecta al sector productivo y al comercio internacional, las economías de los dos países compiten más que se complementan. Queda por ver cómo se reflejan esas características en el retrasado acuerdo comercial anunciado previamente a finales de 2025. Eso sin mencionar siquiera la lucha de Trump hasta el final con China, uno de los principales socios comerciales y de inversión de Argentina. Un punto aquí sobre Milei: sin gritos, cantos, bailes ni visitas incómodas, está consolidando sus vínculos con Beijing. La cuestión más delicada quizá parezca remota. Argentina ha acompañado las salidas de Trump de los organismos internacionales, ha desairado una Ucrania invadida pese a recibir a su presidente en la toma de posesión de Milei, ha respaldado la intervención militar de Washington en Venezuela y ahora mira expectante el último capricho de Trump, la anexión de Groenlandia, para indignación de Europa (nuestros flamantes socios comerciales a través del acuerdo con Mercosur). El cambio de sentido se completa con la decisión de Milei de aceptar unirse a la Junta de Paz de Trump, la organización multinacional reunida arbitrariamente por el líder republicano para reconstruir la Franja de Gaza y garantizar su seguridad (y más). El control remoto a veces puede acercarse en lugares inesperados. La última vez que Argentina siguió los controvertidos y espasmódicos enfoques de Estados Unidos hacia el Medio Oriente, fue golpeada por dos sangrientos ataques terroristas. Nunca se aclaró ni se intentó pero con Irán siempre bajo sospecha. En días más recientes, la decisión de Argentina de calificar a una fuerza militar iraní como organización terrorista motivó una amenaza de represalias por parte de su régimen. Los peligrosos caprichos de Trump podrían arrastrar a Milei y a nuestro país a conflictos imprevistos –e innecesarios–.




