María José Dugarte / La Hora de VenezuelaFotos: Jonathan LanzaEnero siempre es un nuevo comienzo. Una oportunidad colectiva de hacer las cosas mejor, de volver a empezar, de trazar propósitos personales, de avizorar el porvenir. Para el periodista Ramón Centeno —nacido el 2 de octubre de 1987— hay dos eneros que han sido más bien un renacimiento. El primero fue el de 2021. El 31 de ese mes tuvo un accidente vial. Sufrió graves lesiones —le reconstruyeron la cadera y el fémur, y luego lo sometieron a fisioterapia para volver a caminar— pero salió con vida. El segundo fue el de este 2026. El 14, muy temprano, un militar llegó a su celda y gritó: “¡Vistan a Ramón Centeno que se va en libertad!”. Siempre le dio pena que lo asistieran en ese proceso tan íntimo y cotidiano de cubrirse el cuerpo con ropa, pero no podía hacerlo solo. En la cárcel, había aprendido muchas cosas. A escuchar a otros ya sí mismo, a releer, a educar, a hacer mejores preguntas y, sobre todo, a aceptar su discapacidad motora (que se agravó debido a las condiciones de reclusión).Mientras lo vestían, Ramón se preguntaba cómo volvería a sentir el sol en su piel. Sonrio de solo imaginarlo. Las ocho veces que lo sacaron al mundo exterior durante los cuatro años de encarcelamiento fue para llevar al médico: entraba a un vehículo, se bajaba en un hospital; se montaba en el mismo vehículo, se bajaba en la cárcel. Las salidas solo significaban emergencia, dolor, sangre, medicamentos. Nunca hubo tiempo para apreciar la naturaleza, la tibieza del sol. Ramón también pensaba en la luz natural, porque apenas llegó al Comando Nacional Antidrogas de Caracas quedó inmerso en la oscuridad. No es una metáfora. Los funcionarios sellaron la única ventana que había en su celda para que no se colaran los rayos de sol ni el viento. Aquella mañana todo pasó muy rápido. Estaba absorto, dudoso. Se debate entre creer o no creer. Pero sí, era verdad. Ya fuera de los barrotes, bajo el sol, abrazando largo a Omaira Navas, su madre, sintió por fin que no era un sueño. “Estoy libre”, se dijo. A Ramón Centeno lo conoció como El Bolígrafo. Se sintió cómodo con ese mote porque desde niño encontró en la escritura una forma de vida: le parecía fascinante registrar su vida y la de otros. Contar el mundo se le antojaba una tarea necesaria. De hecho, fue la palabra escrita lo que le permitió reflexionar y darse cuenta de su sentido de justicia y servicio.—Yo veía que mi casa era de cemento, con techo de zinc y patio, pero mis vecinos no tenían eso, vivían en ranchos, y me dolía. Me dijo: “¿Por qué ellos no viven igual que yo?”.Ramón habla ahora desde una cafetería caraqueña. Es la tarde de un día lluvioso de este enero que ha resultado infinito. Todavía está en el proceso de apropiarse de su libertad, de su tiempo. Es paradójico que le cueste igual que ya todo pasó. Necesita hablar. Se explaya recordando, tratando de entender cómo es que terminó tras las rejas, porque no lo entiende aún. Trata de darle un sentido a su propia historia.Cuenta que fueron sus inquietudes, poco comunes entre los jóvenes de su entorno, las que lo llevaron a un espacio en el que sintió que había posibilidades de ayudar al prójimo: a los 17 años cuando participó en la fundación de la juventud del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) en Guárico, el estado llanero donde nació y creció. Su militancia política le permitió impulsar la construcción de viviendas más dignas en su comunidad, y explorar el país.—Viajé con Chávez por muchas regiones —recuerda—, conocí a mucha gente. Aprendí de socialismo y comunismo. Sentía que la revolución era el camino de la verdad; para mí, era una causa hermosísima. Dejé toda mi adolescencia y parte de mi adultez allí. Vivía en una burbuja. A la par de su militancia política, Ramón estudió periodismo. Escribió en varios portales pequeños, fue corresponsal de la Agencia Venezolana de Noticias y, a sus 30 años, comenzó a cubrir sucesos en el diario Últimas Noticias. Vio cómo sus colegas perdían sus puestos de trabajo por el cierre de medios y cómo renunciaban por la censura. Pero él, sin embargo, seguía pensando que estaba haciendo periodismo libre. Esa burbuja en la que dice que vivía era endeble: explotó en febrero de 2022 justamente por ejercer ese oficio. Acacias por un caso de narcotráfico. Logró hacerlo porque los conocía de antes y sobre todo porque —de esto está consciente— era un periodista cercano al oficialismo. Cada pregunta y cada respuesta fue grabada por una cámara. Un comandante no se separó de ellos a lo largo de la conversación. Se sintió seguro, tranquilo. Estaba haciendo su trabajo, y nada más.Se fue al terminar.Pasaron unos cuantos días.El 2 de febrero de 2022 el Equipo Móvil de Inteligencia de la Guardia Nacional llegó a su casa y se lo llevó preso junto a Gabriel Zambrano Guerra, el fotoperiodista que lo había acompañado en aquella entrevista.Tiene que ser un error, se dijo Ramón.Durante el interrogatorio policial, los funcionarios les dijeron que a través de Instagram habían recibido una denuncia anónima según la cual Ramón estaba vinculado al caso de narcotráfico “Mano de hierro”. Ahí la impresión fue mayor. Los funcionarios les hablaron de la entrevista que habían hecho días antes. Gabriel y Ramón les explicaron que ni siquiera estaba publicado aún. ¿Cuál era el problema? No entendían nada. Del interrogatorio pasó a un allanamiento en casa del periodista. Encontraron lo obvio: libretas con apuntes, libros sobre periodismo y literatura variada y la computadora donde guardaba la entrevista aún inédita de los diputados. Todo se lo llevaron.A él, ya su compañero los mantuvieron bajo desaparición forzada durante cinco días hasta el 7 de febrero de 2022, cuando a ambos los presentaron ante un juez:les imputaron cargos de tráfico de influencias, usurpación de funciones y asociación para delinquir.Cuando a Ramón se lo llevaron preso, usaba muletas para trasladarse. En la cárcel tuvo que comenzar a usar silla de ruedas, después de que un funcionario lo obligara a levantarse durante una requisa y esto le ocasionó una caída que echó para atrás la mejoría que le había costado meses de fisioterapia. Los primeros días fueron duros. Iba cada tres días al baño para evitar pedirle ayuda a un compañero. Le daba mucha vergüenza que lo vieran haciendo sus necesidades. Ramón pasaba hasta las 16 horas leyendo. El día, la noche, la madrugada pegada a los libros. Eran su refugio, su lugar seguro. “Esto no puede permear mi vida”, se decía a sí mismo para animarse. Dormía una siesta, almorzaba y volvía a leer. Y cuando no leía, escribía: llenó decenas de cuadernos con relatos acerca de las emociones que la cárcel le generaba. El miedo, la injusticia, la añoranza por la tierra en la que creció. Su deseo de un abrazo en familia. Sus dudas y su perenne esperanza. Profundizó en el olvido y el rechazo. Y miles de veces, habló de la enfermedad. Ramón tiene una cardiopatía, es hipertenso y la situación con su pierna solo empeoraba día tras día, porque no recibió el tratamiento ni la rehabilitación que requería. Llegó a acumular más de 80 libros. Cuando empezó a ver interés de sus compañeros por ellos, se abrió a tener más conversaciones. Fue complicado porque sus intereses eran distintos. A casi ninguno le importaba la política ni los temas que a él sí. Pero se metió en su papel de periodista: les hacía preguntas, trataba de conocerlos mejor.—Los entrevisté a casi todos, incluso a uno que estuvo cerca de Pablo Escobar. Cada compañero para mí es una historia. A las afueras, Omaira Navas, su madre, no paraba de denunciar lo que vivía su hijo. Contaba que a Ramón se le había desviado uno de los clavos en su cadera, que sufría de fuertes dolores, que necesitaba atención médica. En una oportunidad, Ramón pasó varios días con una fiebre que no cesaba. Un médico lo visitó y lo examinó. Notó una protuberancia en su pierna y decidió hacerle unas punciones con una jeringa. Extrajo 120 centímetros cúbicos de pus. Era síntoma de osteomielitis, una infección en los huesos de la cadera y el fémur. En otra ocasión, tuvieron que sacarlo de emergencia por una crisis hipertensiva: pasó un año y cuatro meses —entró en abril de 2023 y salió en septiembre de 2024— en el Hospital Doctor Domingo Luciani, porque con esa crisis descubrieron que tenía diversas afecciones. Durante ese tiempo, Ramón denunció que le querían operar su pierna sin su consentimiento, y que se sentía como un delincuente de alto perfil. Cuatro militares con armas largas lo custodiaban.—Yo siempre les decía que solo faltaba que un helicóptero estuviera merodeando. A pesar de toda esta situación, la medida humanitaria que los familiares de Ramón solicitaron múltiples veces ante el Tribunal 11 de Juicio del Área Metropolitana de Caracas fue rechazada. —Saña.Cuando Ramón habla de lo que vivió, acude una y otra vez a esa palabra para describir el absurdo.—El expediente no prueba nada.Dice que para argumentar el cargo de usurpación de funciones, por ejemplo, los funcionarios dijeron que él se había identificado ante el Comando Nacional Antidrogas como diputado por Distrito Capital. Para probarlo, buscaron una constancia de la Asamblea Nacional que negaba su vínculo laboral con el Parlamento.—En realidad, no tenía vínculo con el Parlamento, ciertamente. Me había identificado como periodista. En el caso de Gabriel, los funcionarios indicaron que se hizo pasar como trabajador del Viceministerio de la Juventud Productiva y Trabajadora, cuando realmente era estudiante. La realidad es que, en ambos casos, decía la verdad y había una certificación que lo demostraba y se hizo pública. Las tres veces que Ramón se presentó ante el juez, el juicio terminó diferido. Fueron horas de espera y dolor porque no había condiciones para una persona como él que usa silla de ruedas. El edificio no tenía ascensores y debía pedir ayuda a sus compañeros para que lo subieran cargado hasta el octavo piso.—Cuando llegaba, me metían en un calabozo del tribunal muchas horas. Unas 10 u 11 horas esperando. Llegó un momento en el que dije: “No puedo más”—recuerda. La sugerencia de su abogado fue solicitar al Departamento de Medicina Forense del Ministerio Público un instrumento de contumacia.—Eso significaba que yo me declaraba en rebeldía frente al tribunal, pero yo no estaba en rebeldía. Mi salud me impedía ir.El juicio de Ramón Centeno cumple dos años el 27 de febrero de 2026, y todas las pruebas en su contra fueron desestimadas.La fortaleza de Ramón en prisión fue construida como un nido de pájaros: con esfuerzo y paciencia.—Yo era el más vulnerable de los 69 presos que estábamos ahí. Necesitaba tener todas las ramitas. Si se me partía una, tenía otra. Su forma de ser lo volvió especial. Con los reclusos no solo compartimos libros y comida, sino ideas varias. Quizás la más importante de todas fue qué aporte podía dejarlos al país cuando estuvieran en libertad. Ese planteamiento generaba risa al principio, pero luego muchos reflexionaron al respecto.Ramón recordaba el cumpleaños de sus compañeros, cuyas fechas de nacimiento marcadas en una cartelera pequeña. En los últimos meses fue Germán Giuliani, el abogado argentino detenido en Venezuela, quien lo ayudó a prepararlos.—De regalo les hacíamos una obra de teatro. Yo hacía la prosa, una especie de poema al cumpleañero, y él se encargaba de preparar un tres o cuatro para dramatizarlo. Fue tanto así, que una vez los custodios comenzaron a aplaudir. Más que la sobrevivencia, Ramón cree que la razón era otra:—Lo hacíamos para no olvidarnos de que estábamos vivos. Para no olvidar los detalles, diría Oscar Wilde, que de cosas tan insignificantes dependen de la felicidad. La madrugada del 3 de enero —el mes en el que una vez más volvería a nacer— tiene recuerdos auditivos y sensoriales. Aviones, explosiones, el cielo rompiéndose con cada estallido. les dijo que estaban preparados, que les iban a dar unas armas para que cuidaran el centro. Ahí fue que pensé que esto era de otro calibre. Después trasladaron a Ramón a una suerte de escondite: el único baño con ventana del penal: fue su primera vez cerca de una ventana en la que a duras penas alcanzaba a ver el cielo.—Escuché a los niños del barrio, de La Charneca, diciendo: ¡Llegaron los y anquis! ¡Llegaron los yanquis!Aquel 14 de enero en que pudo finalmente abrazar a su madre a las afueras del penal, y volver con ella a casa, también fueron excarcelados otros 18 periodistas que se encontraban presos.—Fueron mis colegas quienes me ayudaron a conseguir mi libertad. Al principio me costó porque yo era chavista, pero los periodistas me ayudaron a impulsar esto. Después, aparecieron los activistas y los políticos, pero no los políticos del Psuv. Ellos nunca aparecieron. Tampoco les recrimino, pero me pregunto: ¿qué voy a hacer cuando me vengan a abrazar? Cuando Ramón salió de la cárcel, tenía cuatro meses sin ver a su mamá. Ya en su hogar, pudo detallarla mejor. Mucho en ella había cambiado. Tenía más canas, más arrugas. Llegar a su casa fue volver a ser niño. Omaira no quería que se asomara a las ventanas ni que hablara por teléfono. Tenía miedo de que se lo arrebataran otra vez. Lo consintió mucho: hubo arepas, queso llanero y asado negro.Ramón agradecía las atenciones, pero acostumbrado a la precariedad de la cárcel, se sintió un poco abrumador.—A mi mamá nunca le gustó enfrentarse a los medios porque viene del campo. Le daba miedo hasta montarse en un ascensor, pero lo hizo todo. Cuando llegué a mi casa, nadie me dijo Ramón. Nadie nombraba al periodista Ramón Centeno ni al preso político. Yo llegué y dije: “Soltaron al hijo de Omaira”. A ella la aman muchísimo.Pero el tiempo no fue suficiente para que volviera a disfrutar con ella.14 días después de la excarcelación, ella falleció de un ACV.La enterró en un cementerio de San Juan de Los Morros y allí, frente al ataúd, le leyó una carta de despedida que había escrito. “Es un desafío el que me impone la vida”, dijo. Y le hizo una promesa: Amado Dios, dile a mamá que la seguiré esperando. Esperaré entre la nostalgia y las lágrimas, pero también entre la alegría y la felicidad. Esa felicidad de haber logrado una libertad que lleva su nombre. Mamá, sé que vas a leer esta carta y cuando la leas, por favor, respóndeme. Respondeme y ven pronto.Ramón quiere cumplir uno de los sueños de Omaira: volver a caminar. En un primer diagnóstico, que le dieron en un hospital, le dijeron que era imposible. Otro médico lo evaluó y le dijo que necesitaba la operación que se postergó por su detención, muchísima terapia y dinero. Por eso, junto con amigos y familiares abrieron una campaña para recaudar fondos. Y no le ha ido mal: de los 14 mil dólares que abrieron como meta, ya acumula poco más de 12 mil. Ahora anda enfocado en eso. Llevando un día a la vez, extrañando a Omaira. En medio de todo, le preocupa su proceso judicial.—Necesito guardar reposo. Estar en rehabilitación. Solo así podré recuperarme. Lo dice porque desde que salió de la cárcel ha asistido tres veces a tribunales para su presentación: la primera y la segunda vez se las suspendieron sin mayores explicaciones; en la tercera oportunidad, lo hicieron esperar seis horas a pesar de su condición de salud. Confía en que conseguirá la manera de hacerle frente porque ahora sí es muy consciente de algo: aunque Omaira no lo acompaña esencialmente, no está sola.



