Aterrizamos en Amán, capital jordana, una ciudad habitada ya hace 10.500 años: según el mito bíblico, esta es la tierra del milenario Exodo de Moisés. Hoy es una urbe apretujada en suaves colinas que mantiene la planta laberíntica del medioevo musulmán. Alquilamos un auto en el aeropuerto y salimos a la ruta que trepa una colina. Veo la ciudad en perspectiva: sólo sobresalen los minaretes de las mezquitas, un diseño para llamar al rezo, ahora con parlantes que cantan al unísono cinco veces al día en todo el mundo musulmán. El que no puede ir al templo, reza donde lo pille el momento sagrado. Junto a la ruta un policía detiene su auto y coloca una alfombra con arabescos en la banquina: cumple el segundo de los cinco pilares del Islam, arrodillado y con la frente besando el suelo, orientado a La Meca. Dormimos una noche en Amán para visitar el mercado árabe y las ruinas romanas. Partimos con rumbo sur por una excelente autopista y a las dos horas ya queda claro que Jordania es puro desierto. A la vera de la ruta, kilómetros y kilómetros de nada ni nadie. Veo una geografía prácticamente pelada, algún pastito allá y piedrita tosca. Y no hay ríos. Allí donde brota alguna humedad, veo un pastor petrificado con ovejas que arrancan hasta el último brotecito escuálido: uno de ellos con un palo de patriarca bíblico corta la ruta con dos centenares de ovejitas pachorrientas. Y cada tanto, algún pueblito color crema. A la aventura en Wadi Rum Wadi Rum es uno de los desiertos más hermosos del planeta, una meca de los paseos en 4×4, los vuelos en globo y el trekking. La manera de visitarlo es durmiendo en camping y hay un centenar. Llegamos a las puertas de Wadi Rum y estacionamos: sólo se puede entrar en camioneta 4×4. Nos espera una del Beduin Star Trail Camp para llevarnos a sus tiendas al pie de un montaña, donde las hay privadas –con baño propio– y compartidas. Jihad nos conduce con pericia por la planicie arenosa y cuenta que pertenece a una familia beduina: sus propios padres han nacido en este desierto donde vivieron en tiendas. Su abuelo tuvo cuatro esposas y 25 hijos. La vida de todos ellos cambió cuando la película Lawrence de Arabia se filmó aquí en 1961 y comenzó el turismo. Nos quedamos dos noches en el camp para hacer excursiones en 4×4 con Jihad, visitando extrañas y descomunales formaciones rocosas que forman puentes naturales –fueron el escenario de Star Wars: Rogue One- y al atardecer se vuelven rojas como la arena. Recorremos cañones y trepamos dunas para bajar con tabla de sandboard, y luego ir a tomar el té con un beduino que vive solo en la inmensidad. El rasgo general de los desiertos es su desesperante homogeneidad. Wadi Rum es lo contrario: su belleza radica en su variedad cromática. Hay montañas negras, ocres, amarillas y rojizas, más diversos tonos de arena. Y todo va mutando con el movimiento del sol. Media jornada la dedicamos a una salida en camello. Y de haber tenido más días, hubiésemos hecho un trekking al Jebel Umm ad Dami -la montaña más alta de Jordania (1.854 m)-, otro al cañón de Abu Khashaba y una jornada de escalada con rappel. Cada día, Jihad llega sonriente con su túnica blanca de manga larga impoluta y su kufiya cuadrillé rojinegra en la cabeza. Nos muestra con orgullo su tierra, las de sus ancestros, que es de todos, sin título de propiedad. Partimos de Wadi Rum con la convicción de haber visitado el planeta rojo. Petra milenaria Retomamos viaje hasta acercamos al pueblo de Petra: a la derecha de la ruta, recortado a negro con un fondo de rojo atardecer, el perfil de una manada salvaje de dromedarios de una sola joroba caminando lentos y sin rumbo, como esperando nada. Antes de llegar a Petra nos desviamos de la ruta por un sendero de tierra roja rumbo al Wassaif Camp: dormiremos en el desierto, en medio de la nada, en una tienda de paredes de tela de chivo y algodón con forma de cabaña, como las han usado los nómadas aquí por milenios. Mohamed Hasanat -dueño del complejo- nos recibe con hospitalidad beduina, la misma de sus antepasados: “Mis padres y todo mi linaje familiar vivieron en tiendas de este material”. Hoy las han acondicionado con baño individual, agua caliente, aire acondicionado y camas dobles. En la primera noche nos sirven un zarb: cordero cocinado bajo la arena durante 4 horas con arroz, que tiene un sabor ahumado. A la mañana siguiente visitamos la legendaria Petra, la obra urbana más fascinante legada por la Antigüedad, contemporánea del Segundo Templo de Jerusalén: sus primeros edificios comenzaron a tallarse en el siglo II a.C. durante el apogeo del reino los nabateos, un pueblo mercader consolidado por la ruta de las especias en tiempos del Imperio Romano. Al llegar al pueblo de Wadi Nusa estaciono para entrar caminando a esta kilométrica ciudad de piedra fortificada de manera natural por los valles escarpados: era casi inexpugnable gracias a su geografía. Fue abandonada hace 1.500 años y es el paradigma de la ciudad perdida para Occidente, aunque algunos beduinos sabían de ella y guardaban el secreto. La llegada a Petra es un momento cumbre: camino 1,2 km por un cañón de paredes rojizas de hasta 200 m de alto que se va estrechando, al punto de que casi toco los dos extremos a la vez extendiendo los brazos. Esta entrada ceremonial se llama El Siq y no existe otra experiencia similar en el mundo. Es una falla natural: la tierra abierta y separada en dos mitades por un movimiento tectónico. El camino serpentea y no veo qué hay cinco metros más adelante. Los nabateos eligieron este escenario por la impresión que causa al forastero. Y era una vía sacra: en las paredes aún se perfilan nichos para esculturas de las deidades y quedan restos de arcos monumentales. En un bajorrelieve se ve un caravanero con dos camellos, profesión que era el eje de la economía nabatea. Sus caravanas llegaban con incienso y mirra de Yemen y Omán; seda, pimienta y canela de India y China; marfil, ébano y oro de Etiopía, y metales, vidrio y textiles de Egipto, Siria y Gaza. Desde aquí todo seguía hacia el mundo grecorromano. Al doblar la última curva, entreveo la fachada del edificio de El Tesoro (Al-Khazneh). La boca del cañón se va abriendo hasta que desemboco en una gran garganta color rosa y me detengo atónito ante la obra maestra de la arquitectura nabatea, esculpida en un recto farallón con algo de templo y de palacio. Sus tres niveles miden lo que un edificio de 13 pisos. La obra refleja ese intercambio cultural que confluía aquí con las caravanas. El resultado es una mezcla de diseños, por un lado, griego: seis columnas corintias, frontis triangular y estatuas de Amazonas en combate, además de Cástor y Pólux, protectores de los viajeros. La influencia egipcia está en el tallado en bajorrelieve de una estatua de Isis, águilas y esfinges. La fachada se corona con un templete circular con estatuas de Victorias aladas. Allí arriba hay una urna donde los beduinos creían que había un tesoro. El perfil nabateo de la obra es el concepto de edificio tallado y no erigido con bloques, más la función escenográfica que no alberga nada en su interior: adentro hay tres cámaras pequeñas sin ornamento. Lo más probable es que cada una de estas fachadas monumentales hayan sido tumbas de reyes. Hoy son edificios engañosamente palaciegos: no contienen nada. Son obras pura fachada. Caminar la historia Petra es un gran circuito de trekking que requiere al menos dos días completos para recorrerlo a fondo. Atravesamos valles con diferentes diseños de fachada en la roca, la mayoría de ellas tumbas reales. Esto fue una extraña mezcla de necrópolis habitada: se vivía entre grandes mausoleos, algo único en la historia de las civilizaciones en las que siempre se ha separado a los vivos de los muertos. A lo largo de la caminata uno entra en cuevitas entalladas con marcos: adentro nunca hay nada. Y de repente aparece un pastor con cincuenta chivos, el mismo sustento de hace 3.000 años. Más adelante un hombre monta un camello: sólo le falta el cargamento de seda. Al recorrer las ruinas de Petra irrumpe una sensación paradójica de ausencia, en el sentido de que todo está demasiado intacto para haber sido abandonado hace 1.300 años. Es como caminar una villa mitológica que no es una utopía, sino realidad palpable que no se corresponde con el fundamento inasible del mito. No es como husmear en la cotidianeidad urbana de Pompeya: aquí no hay casas ni calles empedradas. Sólo quedan obras monumentales desperdigadas en los cerros con algo de templo, de mausoleo y de palacio real. Uno se pregunta dónde vivía la gente. En Pompeya la respuesta está a la vista. Aquí no. El misterio es de una potencia mística y terrenal a la vez. Por eso el desconcierto. Regresamos al camping y Mohamed me cuenta que lo mínimo para visitar Petra son dos noches y tres días, aunque lo ideal es un poco más. Lo más cómodo es alquilar un auto en Amán pero hay buses a Wadi Nussa y nuestro anfitrión puede organizar toda la movilidad. Hay quienes se quedan una semana y salen a hacer diferentes treekings. La caminata más famosa va a la cima del Monte Aarón, donde hay un santuario del siglo XIV que, según una tradición, cubriría la tumba de Aarón, el hermano de Moisés. Ida y vuelta son 15 km con 800 metros de desnivel. Al monasterio Al día siguiente regresamos a Petra para hacer la caminata más larga –hay beduinos que ofrecen burros para llevar turistas- y subir hasta El Monasterio Al-Deir, alto como un edificio de 15 pisos, también excavado en la arenisca. Llegamos ascendiendo 800 escalones tallados en la roca con vistas asombrosas del desierto rojo y las montañas rocosas. Esta fachada tiene un diseño similar a El Tesoro pero aún más grande. Es posible que este sí haya sido un templo dedicado al rey Obodas I (siglo I a.C.) que fue deificado. En su interior hay inscripciones en griego y cruces, de cuando el edificio fue convertido en monasterio cristiano bizantino en el siglo V d.C. Petra completa fue tallada en bloques de piedra como El David por Miguel Ángel. O más bien extraída de la entraña del planeta, donde preexistía. Y uno va y toca esa obra de hace 2.300 años, que sin embargo es un presente palpable. Lo que nos acompaña al caminar no son espectros sino construcciones sofisticadas: para demolerlas habría que tumbar un cerro. Estas no son las piedras derrumbadas del mundo griego del que queda poco en pie, salvo El Partenón. Esta es una ciudad vacía tan vasta, que por momentos uno anda solo por un valle de templos y cuevas con fachada, donde pareciera que los trogloditas nos observan detrás de las rocas, desde lo alto de los farallones o los ventanucos abiertos en cerros carcomidos por dentro como un queso. Por momentos no hay nadie a la vista. Pero no sé si estoy solo. Esta imponente ausencia deviene en omnipresencia. ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo. Suscribite gratis al newsletter
Petra, la ciudad tallada que nadie habitó del todo
Date:




