La historia de Son Africano cabe, al principio, en una sala estrecha del barrio El Pueblito, donde arrinconaban los muebles y los ‘chécheres’ para poner a crujir el piso bajo los pies de 30 o 40 muchachos que repetían conteos hasta que hiperventilaban como un tambor. Allí, quien antes fuese un adolescente de 14 años que se acababa de enamorar de la danza en la Escuela de Arte Marlene Jaramillo entendió que su destino no iba a ser otro que enseñar a bailar ya vivir. Ese joven hoy es un maestro que se llama Misael Gómez y es el protagonista de nuestra historia. El Carnaval de Barranquilla se siente con fuerza en muchos lugares de la ciudad, pero muchas veces olvidamos que son hacedores como Misael Gómez los responsables de ese rugido.Foto:GUILLO GONZALEZEEl primer intento se llamó El Divino Niño. Con ese nombre, la comparsa debutó en la Gran Parada bailando mapalé y se llevó un Congo de Oro que valió más como premonición que como trofeo. El triunfo dejó claro que la propuesta exigía un nombre a la medida de su pulso afrocaribeño. En esa búsqueda de identidad, coherencia y concordancia con sus ritmos, llegó el bautizo que afianzó su horizonte: Son Africano. A él le encantaba la palabra “Son”, así que decidió complementarlo con la procedencia primaria de los ritmos y las danzas que animaban su comparsa. Profesor antes que coreógrafo Ver a Misael en ensayo es ver a un arquitecto del movimiento. Interrumpe la música para explicar de dónde viene cada paso, por qué la cumbia se baila con esa postura, qué cuenta el cuerpo cuando el hombro cae y la cadera la sigue la corriente. De su boca sale una frase que define el método: “Yo soy más profesor que coreógrafo”. No se limita a montar un baile, él se esfuerza por educar y formar criterio.No se limita a montar un baile, él se esfuerza por educar y formar criterio.Foto:GUILLO GONZALEZEsa exigencia, puntualidad, respeto, estudio y actitud no es un capricho: es una escuela. Lo confirma Valery Ruiz Guerrero, 19 años, bailarina desde los ocho y una “hija artística” del proceso. Misael la conoció de tiempo atrás, la tuvo en la mira, y hace casi cuatro años ella dio el salto a Son Africano. “Él es ordenado, demasiado correcto. Todo tiene que estar derechito. Yo era un poquito irresponsable; con él, o lo hago bien o lo hago bien”, dice. Pero la frase que mejor define su experiencia es que “quiere que sus bailarinas sean hermosas, que destaquen siempre”. Valery lo dice como quien ha entendido que la palabra “hermosas” en boca de Misael no habla necesariamente de maquillaje, sino que habla de presencia, de técnica, de limpieza corporal, de seguridad.Valery Ruiz Guerrero, 19 años, bailarina desde los ocho y una “hija artística” del proceso Son Africano.Foto:GUILLO GONZALEZPara Valery que llegó “impuntual y medio desordenada”, como confiesa entre risas, ese estándar se volvió un punto de inflexión en su carrera. La disciplina de Misael fue un molde que les inculcó que su obligación no es solo “llegar bonitas”, sino “salir transformadas”. El sur también es academia. El corazón logístico de este proyecto está hoy en la Ciudadela 20 de Julio, diagonal al CAI del Estadio Metropolitano, donde se oye a ratos el murmullo del fútbol mezclar con la percusión. Allí vive Lini Manjarrez, madre de Anthonella Estefane, bailarina infantil de 9 años. Su testimonio revela una gran columna de la comparsa: la comunidad.Anthonella Estefane, bailarina infantil de 9 años y de quien su madre se siente orgullosa y honrada de haber sido llevada a la comparsa.Foto:GUILLO GONZALEZ“Siempre quise estar en una comparsa, pero nunca se me dio”, confiesa Lini. Ese anhelo encontró salida cuando en el colegio abrió un curso de danza y Misael detectó a la primera el talento de su hija. “Llévamela, llévamela, llévamela”, insistió él con una fe que la contagio. Hoy, Antonella hace parte del grupo base infantil y Lini ve los cambios en casa: una niña más responsable, más ordenada, más segura. “Él les enseña mucho más que baile —dice—; les enseña a ser niños educados.” Lini es parte de la comitiva de 60 padres que sostiene el andamiaje de esta comparsa sin ánimo de lucro: organizan rifas, bazares, bingos, levantan ollas comunitarias, gestionan donaciones y, en palabras de Misael, son su apoyo. En esta época es común ver comparsas, cumbiambas, danzas y grupos folclóricos ensayar en público preparándose para la recta final del pre carnaval y los cuatro días de fiesta. La comparsa Son Africano es un ejemplo de como con el baile se contagia a toda una comunidad.Foto:GUILLO GONZALEZ Un año contrataron vestuario y fue demasiado caro; al siguiente, pagaron diseño, tomaron un taller y los propios bailarines decoraron sus trajes por turnos. De esa experiencia, varios surgen con una inquietud nueva: estudiar diseño de tocados y vestuario en la EDA para fortalecer el proceso.De El Pueblito pa’l mundo: 34 años en movimientoEl camino de Son Africano no ha sido una línea recta. Nació en El Pueblito, hubo una etapa que se mudó a Soledad 2000, regresó a El Pueblito y hoy la Ciudadela le presta sus armas. De hecho, esto lo dice el mismo Misael sin adornos: “Los bailarines son prestados”. Muchos vienen, otros van, algunos vuelven; por eso el proyecto se centra en formar: que a quien le toque partir, se lleve técnica, método y una ética de trabajo que siempre recuerde al ‘profe’ de El Pueblito.Muchos bailarines vienen, otros van, algunos vuelven; por eso el proyecto se centra en formar antes que cualquier otra cosa.Foto:GUILLO GONZALEZLa dimensión actual impresiona por la escala y por la organización para ser una comparsa sin patrocinios y con una sola persona a la cabeza: 80 bailarines y 60 padres activos en torno a un nombre. Aún así, son ocho Congos de Oro alcanzados en 34 carnavales por el director de 54 años que se cuida para preservar su arte. En Son Africano, la economía es una coreografía de solidaridad. Por supuesto que le gustaría tener patrocinadores, hacer menos sacrificios, no depender de las “vacas” para ayudar a quién no tiene los medios, pero “así es esto”. Hubo temporadas de deudas poscarnaval, con la logística cuesta arriba y madrugadas en las que el cuerpo le quería pasar factura.No obstante, Misael lo resolvió de la mejor manera: “Yo dije: ya no puedo más… pero se me quitó apenas miré a mis bailarinas. Y aquí voy, 34 años y en el nombre de Dios serán muchos más”, concluye.Foto:GUILLO GONZALEZContenidoCamilo Alvarez Peñaloza, periodista EL TIEMPO Barranquilla@camiloa.ap_20 Conforme a los criterios de
Son Africano, 34 años de fuego, barrio y disciplina: la historia de la comparsa que se convirtió al sur de Barranquilla en territorio de baile
Date:




