Trekking por la ruta salvaje de las dunas uruguayas

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La costa uruguaya ofrece una gran variedad de paisajes, desde playas urbanas y exclusivas hasta reservas naturales como Cabo Polonio. Un faro de 1881, una enorme colonia de lobos marinos y, especialmente, la ausencia de servicios fueron un imán para que allí se asentaran bohemios y emprendedores, quienes dieron vida a este aislado destino hasta convertirlo en un emblema del turismo agreste. La manera más tradicional de llegar es a bordo de camiones carrozados todo terreno, que parten desde una terminal ubicada al borde de la ruta, a 7 km del pueblo (6 en waypoints), e ingresan por huellas de arena (5). No obstante, existe una forma más aventurera de acceder: mediante senderos de trekking que conectan con el balneario Barra de Valizas (1) y recorren un parque nacional costero: un itinerario que puede realizarse en cualquier época del año, a través de un camino que atraviesa playas vírgenes, dunas móviles y bosques nativos, y que permite encuentros cercanos con la fauna marina. Camino de ida Habíamos arribado a Valizas en mountain bike, pedaleando de norte a sur para aprovechar los habituales vientos –aunque puede fallar–. Otra posibilidad era llegar en ómnibus, mediante la empresa Rutas del Sol, o en vehículo propio. Descansamos una noche y dejamos las bicicletas en custodia para salir temprano y aprovechar el día. Llevamos casi nada en las mochilas: lo indispensable de ropa, protector solar, agua y algún alimento energético. La consigna era viajar livianos, pernoctar en un albergue y comer lo que allí ofrecieran, dispuestos a sintonizar con el lugar. Primero se debe cruzar el arroyo Valizas, que desemboca en el mar. Si hay marea baja o el cauce tiene poco caudal, se lo puede atravesar caminando. Si está crecido, habrá boteros dispuestos a transportar a los visitantes hasta la otra margen por un módico precio. Este cruce marca el ingreso al Parque Nacional Cabo Polonio, declarado como tal en 2009 y perteneciente al Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Para la ida decidimos tomar el sendero costero (2). Son 10 km que se recorren en unas tres horas, pasando por cabos de piedra, miradores como el cerro de la Buena Vista y bahías de arena suelta que invitan a caminar descalzo. Las islas, las aves marinas y el inmenso océano acompañan todo el trayecto. Esta senda autoguiada no está señalizada. Se trata, simplemente, de avanzar siguiendo la orilla. Naturaleza en estado puro, donde la consigna es dejarse llevar, tomarse el tiempo para conectar, fotografiar y escuchar el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Las islas rocosas, que aparecen y desaparecen según el oleaje, fueron causantes de varios naufragios registrados en la zona. Incluso el nombre Polonio provendría del hundimiento de un barco comandado por el capitán Joseph Poloni, ocurrido casi tres siglos atrás. Pasada la mitad del camino, desde la extensa playa de la Calavera ya se divisa Cabo Polonio (4), con su distintivo faro de ladrillos y sus casitas bajas. Qué hacer Nos acomodamos en uno de los numerosos alojamientos –que durante la temporada conviene reservar con anticipación– y salimos a recorrer el lugar sin rumbo fijo. Bordear el cabo y subir al mirador del faro nos permitió ubicarnos e integrarnos en su geografía. Perdernos entre las casitas, en cambio, nos ayudó a conocer mejor a su población estable. Observar la colonia de lobos y leones marinos en la isla cercana también nos introdujo en la historia del lugar, ya que los primeros habitantes se dedicaban, hace un siglo, a su caza y faena, una actividad prohibida recién hace unas tres décadas. A partir de la protección de estos mamíferos, su número aumentó y el cabo se reconvirtió hacia un turismo responsable, basado en criterios de sustentabilidad. La electricidad existe, pero se obtiene a partir de energía eólica y solar; los residuos se retiran y reciclan; el agua se extrae de perforaciones; las casitas, aunque dispersas, deben respetar estrictos límites constructivos; y los pocos vehículos 4×4 que circulan necesitan autorización. La diversidad entre los visitantes también es la regla. Extranjeros, viajeros solitarios, parejas y grupos de amigos son atraídos por estas tierras. Algunos llegan por el día para vivir la experiencia y descubrir de qué se trata; otros, con la intención de permanecer todo lo posible y de-senchufarse de su vida cotidiana. Varios de sus pobladores se dedican a la pesca, por lo que la gastronomía de Cabo Polonio incluye pescado de mar fresco. Así fue como nos deleitamos cocinando con esos productos: comida sana, rica y económica. El atardecer se aprecia mejor desde la playa Sur, debido a la posición de la puesta del sol. Luego, el faro se enciende manualmente y permanece en funcionamiento durante toda la noche, con destellos cada doce segundos. Otro imperdible es recorrer las calles, todas peatonales e iluminadas únicamente con pequeños faroles, y cenar a la luz de las velas. Sin contaminación lumínica, las estrellas brillan con intensidad y la luna ilumina el paisaje, ideal para una caminata nocturna. Todo aquí está próximo a la costa y, desde nuestro albergue, se podía oír el mar: un arrullo que garantizó el buen descanso. Colores del amanecer Habíamos programado el despertador 40 minutos antes del amanecer. Preparamos rápidamente unos mates y esta vez nos dirigimos a la playa Norte para maravillarnos con los colores del alba, porque aquí el sol asoma desde el mar. Luego de un largo rato de playa, compartido en armonía con otros viajeros, dimos un último paseo mientras observábamos la llegada y partida de los camiones con turistas. Después cocinamos fideos con salsa de camarones para afrontar con energía el regreso. Salimos después del almuerzo y, esta vez, tomamos el sendero De los Carros (3), que comienza trepando unas altas dunas de 30 m, declaradas monumento natural, y acorta el recorrido al alejarse un poco de la costa. Recibe ese nombre porque algunos transportes preparados podrían transitarlo y, por momentos, se observan sus huellas. Sin embargo, no nos cruzamos con nadie durante el recorrido. Esta senda de 8 km es menos sinuosa y reduce la distancia al internarse entre la vegetación, aunque implica un mayor esfuerzo físico. Pastizales y montes nativos, subidas y bajadas constantes, y amplias panorámicas del océano son los protagonistas de esta travesía. Como tampoco está señalizada, para orientarnos procuramos no perder la cercanía con la costa ni internarnos en las áreas de vegetación más densa, hasta llegar al mismo sitio donde convergen  ambos senderos. Tras cruzar nuevamente el arroyo Valizas, nos encontramos con pequeños barcos de pescadores que se preparaban para salir en busca de peces y camarones de río. Otros lo harían aguas arriba, en la zona del puente (7), señal de que continuaríamos disfrutando de esos frutos. Fueron dos jornadas intensas de trekking, con tiempo para reconectar con la naturaleza, observar en silencio y reencontrarse con uno mismo. Un desafío que, al menos una vez en la vida, vale la pena experimentar. ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo. Suscribite gratis al newsletter.

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