Colabora Jennie Dador Tozzini. Abogada, feminista. La historia nos demuestra, especialmente la de América Latina, que cada vez que un territorio está ocupado por las fuerzas del orden, este se extiende a sus mujeres y niñas, como si la guerra se librara en sus cuerpos. Esta ocupación puede ser nacional o extranjera, argumentando supuestos protectorados, o realizada por grupos alzados en armas o por el crimen organizado. Las víctimas son las mujeres, quienes viven en una situación de amenaza constante, debido a que poseen menos poder por la división sexual del trabajo, el desigual acceso a los recursos y la escasa protección legal en que viven. Es innegable que, en contextos de conflicto, las desigualdades de género suelen exacerbarse, provocando un impacto desproporcionado, especialmente cuando se trata de violencia sexual, violencia reproductiva y servidumbre doméstica. Para las mujeres y las niñas, la violencia armada supone una doble carga, pues, a las atrocidades de las que es objeto de toda la población civil, hay que sumar las discriminaciones y desigualdades preexistentes. Esta situación se ve claramente en el libro Prohibida la tristeza (2023), de Sofía Macher, donde Sendero Luminoso, con un cautiverio de más de diez años, intentó eliminar las libertades individuales, las identidades e, incluso, las emociones, como la tristeza, obligando a las mujeres a sonreír siempre; o como ocurrió en la comunidad de Manta y Vilca, en Huancavelica, donde cuarenta años después la justicia condenó a catorce militar por la violación sexual como crimen de lesa humanidad. En ambos casos, la procedencia étnica colocó a estas mujeres en la categoría de “no duelables”; es decir, fueron considerados como seres cuyas privaciones, daños y muertes no revisten importancia social. Además, en estos contextos, los hombres son ejecutados, detenidos o enrolados, y muchas mujeres quedan solas a carga de sus familias. Algunas no están preparadas o la sociedad no las reconoce en este nuevo rol. A pesar de ello y de la sextorsión, logran acceder a medios de supervivencia. La ocupación, venga de donde venga, nunca es buena para las mujeres, aunque a veces aparente serlo. Las violencias descritas no son daños colaterales, sino armas tan letales como los fusiles de asalto del grupo que ejerce el control territorial.




