Versión en español a continuación Argentina was experiencing a profound transformation when Scotsman William Cathcart founded the Buenos Aires Herald in 1876. That year, Congress passed a law encouraging European immigration, which would reshape the country’s demographics forever. Two years later, Argentina also completed its first wheat export — cementing its export profile that would define its entry onto the global stage. These milestones were part of an extraordinary modernization process the country experienced between 1870 and 1880. Over the course of the decade, the railway network more than tripled in size, beginning to link Argentina’s vast territory, and Buenos Aires started to take shape as a globally cosmopolitan capital. The Herald was born in that Argentina. Initially conceived as a sheet of maritime news on the Buenos Aires port, it eventually grew to become an English-language daily in a Spanish-speaking country. The first of its kind in Latin America, it operated as a cultural bridge at a defining moment in history. The Herald’s role as a cultural bridge was never merely about language. Serving the English-speaking community in Argentina meant creating a space where the country’s reality could be narrated and debated with editorial independence from domestic power structures while highlighting Argentina’s international potential. This ability to simultaneously inhabit two spaces — being Argentine and international, local and foreign, inside and outside — defined the paper’s character and, above all, its journalistic commitments. It allowed the Herald to see Argentina through multiple lenses and created a particular kind of editorial responsibility: to tell Argentine stories to the world and uphold journalism built on universal standards of truth and respect for human rights. That commitment was tested 50 years ago. When the dictatorship seized power in 1976, the Argentine press fell silent. What readers found in most newspapers were official statements and stories about economic reforms or inflation. What they didn’t find, what was deliberately missing, was any meaningful coverage of the systematic disappearance of thousands of people. The Buenos Aires Herald was the exception. The commitment to revealing what was going on had begun even before the coup. In the early 1970s, Andrew Graham-Yooll was already publishing the names of those killed by armed organizations and by the illegal repression of the Triple A. Even after the military junta issued Communiqué No. 19 on March 24, 1976 — an order that threatened anyone who published information against its interests with a prison sentence of up to 10 years — the Herald kept publishing. Under the leadership of Robert Cox, the Herald received the Mothers of the Plaza de Mayo and other relatives of the detained and disappeared in its newsroom. It also worked behind the scenes to save lives. This wasn’t an abstract commitment; it was the defense of a journalistic practice committed to publishing what those carrying out a genocide didn’t want published. The cost was exile. Both Cox and Graham-Yooll were forced to leave the country after death threats against their families. The price of doing journalism was, literally, their lives. The Herald was defined by this period. Not due to a yearning to live in the past, but because it symbolizes what the newspaper has always been: an institution that, positioned as a community bridge, had both the space and the obligation to tell the truth. Between 2017 and 2022, the Herald went through a crisis that led to its closure. In 2022, a team of young professionals took on the challenge of relaunching it. The idea wasn’t to resurrect a ghost from the past but to put everything the newspaper had accumulated, from the stories kept in its archives to the credibility built over decades, back to work in the present. The goal was to reimagine the Herald for a new era. To honor its history and to take risks in how stories are told. The focus returned to its essential purpose: doing journalism for readers who need information they can trust and who want to understand Argentina from different points of view. For us, 150 years means preserving an editorial practice rooted in democratic values that refuses to bend when put to the test. The Herald’s archives tell this story in bound volumes and reels of microfilm dating back to 1877. They contain not only historical news but also the living record of what Argentina was. They hold the names of people who would otherwise be forgotten, events that risk being erased, and evidence in danger of vanishing. At 150 years old, the Buenos Aires Herald is still a bridge between communities. We’re still here, with the same commitment, defending the same values, and putting journalism above all. 150 años. Una sola misión La Argentina atravesaba una profunda transformación cuando, en 1876, el escocés William Cathcart fundó el Buenos Aires Herald. Ese año se sancionó la ley para fomentar la inmigración europea, que cambiaría para siempre la demografía del país. Dos años después se concretó la primera exportación de trigo, consolidando el perfil exportador con el que Argentina se insertaría en el mundo. Esos dos hechos cruciales se dieron dentro del proceso de modernización fenomenal que el país vivió entre 1870 y 1880. A lo largo de esa década, la extensión de los ferrocarriles creció más de tres veces, comenzando a unir el extenso territorio nacional, y Buenos Aires empezó a forjarse como una capital cosmopolita a nivel global. El Herald nació en esa Argentina. Concebida inicialmente como una página de información marítima sobre el puerto de Buenos Aires, con el tiempo se consolidó como un diario en inglés en un país de habla hispana. Fue el primero en América Latina y funcionó como un puente cultural en un momento histórico trascendental. Ese rol del Herald nunca fue meramente lingüístico. Servir a la comunidad angloparlante en la Argentina significaba crear un espacio donde la realidad argentina pudiera contarse y debatirse con independencia editorial respecto de las estructuras de poder internas del país, pero remarcando su potencial en el contexto internacional. Esta capacidad de ocupar dos lugares de forma simultánea — ser argentina e internacional, local y extranjera, estar adentro y fuera — definió el carácter del diario y, especialmente, sus compromisos periodísticos. Le permitió al Herald ver a la Argentina a través de múltiples lentes y creó un tipo particular de responsabilidad editorial. En esencia, contar historias argentinas al mundo y sostener el compromiso periodístico apostando por altos estándares universales de verdad y respeto a los derechos humanos. Este compromiso fue puesto a prueba hace 50 años. Cuando la dictadura tomó el poder en 1976, la prensa argentina calló. Lo que los lectores encontraban en la mayoría de los diarios eran historias sobre reformas económicas, debates sobre la inflación y declaraciones oficiales. Lo que no encontraban, lo que estaba deliberadamente ausente, era cualquier cobertura significativa de la desaparición sistemática de miles de personas. El Buenos Aires Herald fue la excepción. El compromiso de contar lo que sucedía comenzó incluso antes del golpe. Ya en los primeros años de la década del 70, Andrew Graham-Yooll registraba y publicaba listas de los muertos a manos de las organizaciones armadas y de la represión ilegal de la Triple A. Aun cuando la Junta Militar emitió el Comunicado n.º 19 el 24 de marzo de 1976, una orden que amenazaba con hasta diez años de prisión a quien publicara información contraria a sus intereses, el Herald siguió publicando. Bajo el liderazgo de Robert Cox, el Herald recibió en su redacción a las Madres de Plaza de Mayo y a otros familiares de detenidos-desaparecidos. También hizo gestiones para salvarles la vida a personas. No hubo un compromiso abstracto; fue la defensa de una práctica periodística comprometida con publicar lo que los genocidas no querían que se publicara. El costo fue el exilio. Tanto Cox como Graham-Yooll fueron forzados a abandonar el país debido a amenazas de muerte contra sus familias. El precio de hacer periodismo era, literalmente, sus vidas. Ese período define al Herald no porque busquemos vivir en el pasado, sino porque cristaliza lo que el diario siempre fue: una institución cuya posición como puente entre comunidades creó tanto el espacio como la obligación de contar la realidad. Entre 2017 y 2022, el Herald atravesó una crisis que lo llevó al cierre. En 2022, un equipo de jóvenes profesionales encaró el desafío de relanzarlo. La idea no era resucitar un fantasma del pasado, sino revalorizar todo lo que el diario había acumulado, desde las historias guardadas en sus archivos hasta su credibilidad construida a lo largo de décadas, para ponerla al servicio del presente. El objetivo era reimaginar el Herald para una nueva época, honrar su historia y animarse a innovar en las formas de contar. El foco volvió a su propósito esencial: hacer periodismo para lectores que necesitan información en la que puedan confiar y que quieren entender Argentina desde distintos puntos de vista. Estos 150 años significan para nosotros la preservación de una práctica editorial enraizada en valores democráticos que se niega a doblarse cuando la ponen a prueba. Los archivos del Herald cuentan esta historia en volúmenes encuadernados y en rollos de microfilm que se remontan a 1877. Contienen no solo noticias históricas, sino también el registro vivo de lo que fue la Argentina. Guardan los nombres de personas que de otro modo serían olvidadas, los detalles de eventos que de otro modo serían borrados, la evidencia que de otro modo desaparecería. A los 150 años, el Buenos Aires Herald sigue siendo un puente entre comunidades. Seguimos aquí, con el mismo compromiso, defendiendo los mismos valores y poniendo ante todo el periodismo.



