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Tuesday, March 24, 2026

Voces desde la oscuridad: 20 sobrevivientes de la dictadura argentina y sus relatos

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El 24 de marzo de 1976, el reloj de la democracia argentina fue detenido por el peso de las botas militares, iniciando un proceso sistemático de exterminio que convirtió al Estado en una maquinaria de desaparición, tortura y muerte. Se impuso por la fuerza el silencio en todos los rincones del país, mientras miles de ciudadanos eran sacados a rastras de sus hogares para ser conducidos a la oscuridad de centros clandestinos de detención. Hoy, medio siglo después de aquella ruptura institucional, las heridas siguen abiertas, pero las voces de quienes regresaron del abismo resuenan con inusitada potencia. Estos hombres y mujeres no sólo sobrevivieron al tormento físico y psicológico, sino que asumieron el compromiso de contar lo indecible. Su testimonio ha sido y sigue siendo la piedra angular para reconstruir la verdad histórica en los tribunales. ​ Adolfo Pérez Esquivel: premio Nobel que sobrevivió a la ‘huida de la muerte’ Adolfo Pérez Esquivel, portavoz del SERPAJ (Servicio Paz y Justicia), fue secuestrado en 1977 y trasladado a la cárcel Unidad 9 de La Plata. Durante su cautiverio, lo llevaron a bordo de un avión para lo que claramente pretendía ser un “vuelo de la muerte”. Sin embargo, una orden de último momento -presuntamente debido a la presión internacional que rodeaba su figura- lo salvó de ser arrojado al mar, manteniéndolo en un “vuelo de reserva” circulando durante varias horas hasta aterrizar. Pérez Esquivel recordó ese momento crucial en su testimonio en el Juicio a las Juntas: “Yo estaba en un vuelo de la muerte. Estuvimos mucho tiempo en el aire y sabía que a los que subieron a esos aviones no los volverían a ver”. Su posterior liberación, antes de ganar el Premio Nobel de la Paz en 1980, supuso un golpe devastador para la imagen internacional de la dictadura militar. Geneviève Jeanningros: Sobrina de la monja francesa desaparecida Geneviève Jeanningros fue detenida en 1977 y llevada a la comisaría cuarta de Avellaneda. Es sobrina de Léonie Duquet, una de las monjas francesas secuestradas en la iglesia de Santa Cruz por un grupo de trabajo de la ESMA. Geneviève sobrevivió a condiciones de hacinamiento y torturas, cargando con el peso de presenciar la crueldad militar hacia los sectores religiosos vinculados a la asistencia social. En declaraciones como testigo, Geneviève dijo: “En mi celda oí los gritos de los demás y sólo podía rezar, aunque [her captors] Su testimonio fue fundamental para la justicia francesa y argentina a la hora de reconstruir el itinerario del grupo de trabajo que arrebató a las monjas y a las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo. Juan Gelman: Poeta que buscaba a su nieta Aunque Juan Gelman estuvo en el exilio, su historia de supervivencia es de perseverancia ante la angustia familiar. Su hijo Marcelo y su nuera embarazada María Claudia fueron apresados y llevados al El centro clandestino de detención ‘Automotores Orletti’ Gelman dedicó décadas a investigar el rastro de su nieta nacida en cautiverio, frente a un sistemático muro de ladrillos de los estados argentino y uruguayo mientras duraron las leyes de impunidad. Gelman escribió en su famosa carta abierta a los comandantes de la junta: “Mi nieta debe estar en algún lugar, con su identidad robada, pero con nuestra sangre, finalmente, en el año 2000, encontró a su nieta Macarena en Uruguay, confirmando finalmente que nació en Montevideo”. Hospital Militar tras el traslado ilegal de su madre en el marco del ‘Plan Cóndor’. Miguel Ángel Estrella: Pianista al que querían romper las manos Miguel Ángel Estrella, prestigioso pianista tucumano, fue secuestrado en Uruguay en 1977 como parte del Plan Cóndor y trasladado al Penal Libertad. Los torturadores se desquitaron cruelmente con sus manos, golpeándolas y aplicándole descargas eléctricas, diciéndole que nunca más volvería a jugar. La presión de artistas internacionales, encabezados por el violinista británico y suizo nacido en Estados Unidos Yehudi Menuhin, fue clave para que no fuera asesinado en la oscuridad de un calabozo uruguayo. Según la cruda narración de Estrella: “Me dijeron: ‘Te vamos a cortar las manos porque eres un pianista zurdo’. Querían destruir mi capacidad de crear”. Tras su liberación, dedicó su carrera a defender los derechos humanos y acercar la música a los sectores más vulnerables de la sociedad a través de la organización Música Esperanza. Mercedes Carazo: sobreviviente del síndrome de Estocolmo forzado Mercedes Carazo fue secuestrada y llevada al centro de detención de la ESMA en 1976. Su caso se volvió emblemático por el perverso sistema de “recuperación” aplicado por la Marina: la obligaban a trabajar para sus captores mientras mantenía una relación forzada con uno de los oficiales en un intento. para demostrar que podían “convertir” a los militantes en colaboracionistas mediante una presión psicológica extrema. Carazo explicó ante el tribunal: “La supervivencia en la ESMA no fue una elección libre, fue una negociación diaria con horror donde incluso te quitaban la noción de quién eras”. 1976, estando embarazada, dio a luz en la Escuela de Mecánica de la Armada de la ESMA, en una habitación custodiada por oficiales que luego agarraron a su hija para entregarla a su propia familia, un “privilegio” poco común en ese contexto, ya que no fue arrebatada para adopción forzada. Posteriormente, Labayru fue obligada por el oficial naval Alfredo Astiz a acompañarlo haciéndose pasar por su hermana para engañar e infiltrarse en las Madres de Plaza de Mayo. En su juicio, Labayru detalló lo fría y calculadora que fue. “represores” fueron: “Astiz me usó como escudo y rostro familiar para ganar confianza entre las Madres mientras marcaba a los que iban a ser arrebatados”. Su testimonio fue vital para condenar a Astiz por la desaparición del grupo Santa Cruz, exponiendo la metodología de infiltración y engaño de la Marina: Daniel Tarnopolsky, el único sobreviviente de una familia desaparecida sobrevivió porque el día que los militares asaltaron su casa, él no estaba. dos hermanos y su cuñada fueron apresados y desaparecieron. Daniel pasó de ser un joven estudiante a ser el único que quedaba para reclamar por toda su familia, enfrentándose a la absoluta soledad de una casa completamente devastada por el terrorismo de Estado en sólo 24 horas. Como testificó Tarnopolsky: “Soy lo que queda de una familia borrada del mapa sólo por pensar”. Responsabilidades del Estado y quienes perpetraron abusos Jorge Julio López: Testigo desaparecido dos veces Jorge Julio López sobrevivió a la dictadura luego de ser secuestrado en 1976 y pasar por varios centros clandestinos conocidos como los “.[Ramón] Circuito de Campamentos”. Su testimonio en 2006 fue fundamental para condenar a Miguel Etchecolatz. Pero el día de la lectura del veredicto, López desapareció por segunda vez en plena democracia, convirtiéndose en un símbolo de las deudas aún pendientes en el sistema de seguridad. En su declaración de 2006, López describió con precisión quirúrgica: “Etchecolatz dirigió personalmente las sesiones de tortura con picanas; Le encantaba ver cómo nos desmoronábamos”. Su segunda desaparición conmocionó al país y sirvió como recordatorio de que las estructuras residuales de la dictadura conservaban su capacidad de causar daños muchos años después del retorno de la democracia. Pilar Calveiro: la intelectual que analizó los campos desde dentro La politóloga Pilar Calveiro fue detenida en 1977 y enviada a la ESMA, a la Quinta de Funes y a un centro de detención en Rosario. Su supervivencia no fue sólo física sino también intelectual: utilizó su experiencia para escribir uno de los análisis más profundos de la Su mirada permitió comprender estos campos no como un exceso sino como una pieza central de la reorganización social de Argentina. En su libro Poder y desaparición, Calveiro señala: “La persona desaparecida es un lugar silencioso producido por el Estado para aterrorizar al resto de la sociedad” – la historia de Piero Di Monti Piero. Di Monti sobrevivió al campo de concentración ‘La Perla’ de Córdoba, dirigido por el general Luciano Benjamín Menéndez. En ese centro secreto de detención, conocido como “la universidad de la tortura”, Di Monti fue testigo de los fusilamientos masivos en los campos vecinos. Logró sobrevivir después de ser seleccionado para realizar trabajos de mantenimiento, lo que le permitió observar los movimientos de los camiones que transportaban a los detenidos hacia su suerte: “En La Perla el silencio sólo fue interrumpido por los motores. de los camiones y los disparos lejanos. Sabíamos que cada vez que arrancaba un motor alguien dejaría de existir”. Su recuerdo de los nombres de sus compañeros y de la disposición del campo fue crucial para identificar las fosas comunes encontradas años después. Adriana Calvo de Laborde: dando a luz en un coche de policía La física Adriana Calvo fue secuestrada en febrero de 1977 en avanzado estado de embarazo. Su paso por el centro de detención de Pozo de Banfield estuvo marcado por el momento en que entró en parto mientras era transportada con los ojos vendados y esposada, a pesar de sus gritos, sus guardias se burlaron de ella. Su hija Teresa nació en el asiento trasero de un patrullero, cayendo al suelo en medio de la indiferencia e incompetencia de sus captores, quienes se negaron a cortarle el cordón umbilical. En el Juicio a las Juntas de 1985, su testimonio resultó demoledor: “Estaba con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. Mi hija nació, se cayó del asiento y quedó colgando de ella. [umbilical] cable. Yo gritaba y ellos se reían.” Su valentía al denunciar que el sistema represivo no tenía piedad ni siquiera con el recién nacido fue fundamental para visibilizar el programa de secuestro de bebés y las condiciones infrahumanas del cautiverio. Pablo Díaz: único superviviente de la ‘Noche de los Lápices’ A los 18 años, Pablo Díaz fue secuestrado en La Plata durante una redada a estudiantes de secundaria que pedían descuentos en los billetes de autobús estudiantil. Fue trasladado al centro clandestino de Arana y luego a Pozo de Banfield, donde compartió cautiverio con sus compañeros militantes, quienes hasta el día de hoy siguen desaparecidos. Díaz sufrió simulacros de fusilamiento y constantes descargas eléctricas mientras los represores intentaban doblegar su voluntad juvenil. Su narrativa permitió al mundo conocer el destino de los adolescentes platenses. Durante su declaración judicial, declaró: “Éramos los hijos de los lápices que seguían escribiendo. Querían despojarnos de nuestra identidad pero no pudieron quitarnos nuestros sueños.” Pablo ha dedicado su vida a mantener vivos los nombres de sus amigos, convirtiéndose en un símbolo de la lucha de una generación diezmada por el terrorismo de estado. Miriam Lewin: horrores de la ESMA y traslado aéreo La periodista Miriam Lewin sobrevivió a estancias en el centro de detención Virrey Cevallos y en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), uno de los sitios ocultos más atroces que guarda la dictadura. Allí Vio cómo sus compañeros eran seleccionados para los “vuelos de la muerte”. Lewin se vio obligada a realizar trabajos esclavos dentro del campo, monitoreando a la prensa internacional bajo la constante vigilancia de oficiales que alternaban perversamente sus días de tortura. Respecto a la manipulación psicológica, Lewin detalló en su libro Ese Infierno (“|Ese Infierno”): “En la ESMA, la muerte era algo que caminaba con nosotros todo el tiempo. Nos hacían creer que estábamos vivos gracias a su generosidad”. Su memoria fotográfica y su capacidad de análisis le permitieron identificar a numerosos criminales que actuó bajo seudónimos, aportando evidencia clave en los megacasos que juzgaron los crímenes navales décadas después Víctor Basterra: Fotos prohibidas que conquistaron el silencio Víctor Basterra fue detenido en 1979 y llevado a la ESMA por su trabajo como impresor. La Marina lo utilizó para falsificar documentos y cédulas de oficiales de seguridad y militares. Arriesgando su vida cada día, Basterra comenzó a ocultar copias de las fotografías de los detenidos y sus captores entre su ropa o entre los papeles del taller. esperando el momento de sacarlos del centro clandestino, tras el fin de la dictadura, entregó un expediente fotográfico que fue crucial para identificar a los generales genocidas, afirmó en 1984: “Tomé las fotos porque quería algo”. Sus imágenes se transformaron en prueba irrefutable de la existencia de un plan sistemático de desapariciones, rompiendo el pacto de impunidad que los militares intentaron sellar tras el retorno de la democracia. Miguel D’Agostino: Médico que asistió a partos en cautiverio Miguel D’Agostino, un dentista militante, fue aprehendido y trasladado al campo de detención ‘El Vesubio’. Debido a su formación médica, los guardias lo obligaron a asistir a los detenidos que habían llegado destrozados por las torturas, en medio de condiciones absolutamente precarias y el siempre presente olor a sangre, D’Agostino intentó brindar un mínimo de humanidad a quienes compartían sus celdas, convirtiéndose en testigo involuntario de la agonía de muchos que nunca regresaron. Recordó a los jueces: “Lo más difícil no fue el dolor como tal sino escuchar los gritos de los demás y no poder hacer nada más que limpiar sus heridas con un trapo”. (Causa Vesubio, Tribunal Oral Federal N° 4). Su relato técnico y humano permitió reconstruir la distribución del centro y la identidad de varios guardias que operaban con total impunidad en la zona de La Tablada. Graciela Daleo: Mujer que fue llevada a cenar por sus torturadores La sobreviviente de la ESMA Graciela Daleo tuvo una de las experiencias más extrañas bajo la maquinaria represiva: ser obligada por sus secuestradores a salir a cenar a un restaurante elegante mientras figuraba legalmente como desaparecida. Esta estrategia de “recuperación” buscaba quebrar moralmente a los detenidos, mostrándoles una normalidad ficticia mientras sus compañeros morían en el sótano de la Cantina de Oficiales. En el Juicio a las Juntas, Daleo describió ese sentimiento de absoluta alienación: “Sentado en ese restaurante, yo no era una persona sino un trofeo de guerra del que hacían alarde para demostrar su poder total sobre nuestras vidas”. Después de su liberación, se convirtió en una activa militante de derechos humanos, rechazando cualquier intento de reconciliación que no incluyera el juicio y el castigo digno de todos los responsables del genocidio. Mario Villani: El físico que reparaba instrumentos de tortura Mario Villani pasó casi cuatro años en distintos centros clandestinos, entre ellos el ‘Club Atlético’ y ‘El Banco’. Debido a sus conocimientos técnicos, los militares lo obligaron a reparar el equipo utilizado para las sesiones de tortura, como picanas eléctricas para ganado. Esta situación lo sumió en un devastador dilema ético, donde su supervivencia dependía de mantener operativos los instrumentos que causaban dolor a los demás. Villani logró sabotear el equipo para reducir el voltaje a riesgo de ser descubierto. En su testimonio narró: “Me obligaron a arreglar la picana. La arreglé para que doliera menos y los guardias no se dieron cuenta” (Desaparecido: Memorias de cautiverio, Editorial Planeta). Su historia refleja la complejidad moral y la extrema perversión a la que fueron sometidos los detenidos. Lidia Papaleo de Graiver: Despojada de Papel Prensa bajo tortura Lidia Papaleo, viuda del empresario David Graiver, fue secuestrada en 1977 con el objetivo de obligarla a ceder las acciones de la empresa de papel Prensa a los diarios Clarín, La Nación y La Razón. Durante su cautiverio en Puesto Vasco, sufrió extremas indignidades físicas y psicológicas por parte de las fuerzas de seguridad que intentaron despojarla de sus activos comerciales bajo la supervisión directa del alto mando militar. Su caso demostró la complicidad civil y empresarial con la dictadura. Papaleo testificó años después: “Me torturaron para hacerme firmar. Me dijeron que si no, mi hija no viviría para contarlo”. Su testimonio fue fundamental para entender que el golpe no solo tenía objetivos ideológicos sino también un trasfondo económico que beneficiaba a sectores concentrados de los medios de comunicación nacionales. Ana María Careaga: Arrebatada a los 16 años Ana María Careaga era apenas una adolescente cuando fue llevada a un centro clandestino de detención. Estaba embarazada y sufrió torturas diarias durante meses. Su madre, Esther Ballestrino de Careaga, fue una de las fundadoras de las Madres de Plaza. de Mayo y buscó incansablemente a su hija hasta que Ana fue liberada y enviada al exilio. Poco después, Esther fue apresada por la Armada tras la infiltración de Alfredo Astiz y desaparecida. Ana María regresó al país para declarar en nombre de ambos en el juicio del circuito Atlético-Banco-Olimpo, afirmó: “La tortura no terminó cuando saliste de la habitación, se quedó contigo en la celda, en el miedo cuando volvieron a abrirle la puerta”. los sobrevivientes y la lucha incansable de las Madres que dieron su vida pidiendo que sus hijos aparecieran con vida: Claudio Tamburrini era un portero de fútbol y estudiante de filosofía cuando fue aprehendido y llevado a la Mansión Seré de Morón. Después de meses de tortura, se embarcó junto con otros tres compañeros en una de las fugas carcelarias más increíbles de la dictadura, en una noche oscura y tormentosa. Bajó de una ventana del primer piso y corrió desnudo y herido por las calles de Buenos Aires hasta llegar a un lugar seguro. Su fuga obligó al cierre de ese centro clandestino de detención. Tamburrini relata ese momento de libertad: “Cuando mis pies tocaron el pasto mojado afuera de la mansión, supe que el plan militar para hacernos desaparecer había fracasado” (Pase libre: la fuga de la Mansión Seré, 2002). perforar los muros del sistema represivo más sanguinario de la región.

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