El pacto de los ciegos: la gente grita, los políticos se asustan y la delincuencia crece

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Si a usted lo tiene preocupado el eco de los disparos que retumban en la periferia montevideana, si escucha las noticias inevitables que le informan que esa mancha de aceite está llegando hasta su puerta con portero, si es así, entonces mire el paisaje y trate de disfrutar este presente. Porque el mañana no va a ser mejor. No se trata de una corazón oscura, es la constatación de buena parte de aquellos que se dedican a estudiar estos fenómenos de la violencia delictiva y que parecen haber percibido que una parte de la sociedad y los políticos han firmado un pacto de mutua ceguera. Un contrato tácito donde la gente exige sangre y garrote para calmar el miedo, y donde los políticos -urgidos por la dictadura del electorado- reparten chalecos antibalas, estrenan patrulleros y discursos de mano firme. Una alianza efectiva que en el corto plazo nos puede traer una mayor sensación de seguridad, imprescindible para no andar temblando por la vida, pero que a la larga se desplomará trágicamente. Como muestra del futuro que ya se viene, los vecinos del Parque Rodó escucharon en la madrugada de este viernes la ráfaga de metralleta que, se sospecha, los integrantes de una banda narco lanzaron contra sus rivales en un ajuste de cuentas que se llevó la vida de un niño de 12 años. Creer que se están matando “entre ellos” y que “nosotros” todavía estamos lejos ya es de una ingenuidad que asusta. Y suponer que a la delincuencia se le gana solo a fuerza de balas, es aún más suicida. Algo de esto nos vino a decir el gerente del Área de Estadística y Criminología Aplicada del Ministerio del Interior, Diego Sanjurjo, un título largo que puede no significar nada pero que antecede el nombre de uno de los tantos estudiosos del fenómeno criminal que nos advierten que nos dirigimos hacia el precipicio con los ojos bien abiertos El lunes 20, en el programa Todo un tema del streaming de El Observador, Sanjurjo dijo que la insistencia de la sociedad en pedir represión como única respuesta ante la ola delictiva es exactamente igual a pretender “curar un cáncer terminal con omeprazol” Poner más policías en la calle, armarlos hasta los dientes y desplegar tecnología de punta suena bárbaro en las promociones electorales, pero es un pozo sin fondo. Sanjurjo prefiere llamar la atención sobre las cárceles, ese infierno donde se cuece lo peor de la sociedad. Esa sociedad que quiere que los delincuentes se pudran en las prisiones y que ignora que algún día volverá a encontrárselos en las calles convertidas en algo peor de lo que eran. Creer que se están matando “entre ellos” y que “nosotros” todavía estamos lejos ya es de una ingenuidad que asusta. Y suponer que a la delincuencia se le gana solo a fuerza de balas, es aún más suicida. Creer que se están matando “entre ellos” y que “nosotros” todavía estamos lejos ya es de una ingenuidad que asusta. Y suponer que a la delincuencia se le gana solo a fuerza de balas, es aún más suicida. Una sociedad que ni siquiera entiende el vínculo íntimo entre el crecimiento de la marginalidad yy el de la cantidad y la crueldad de los crímenes. Por eso, según la última encuesta de Factum, los uruguayos tienen a la inseguridad como la mayor de sus preocupaciones pero solo a un 1% lo inquieta la pobreza infantil. Nadie parece unir los puntos. Nadie quiere ver que el chiquilín que hoy se cría entre barro, privaciones y violencia estructural en un rancho del cantegril puede ser es el mismo que en pocos años le robe el celular a punta de pistola. En ese sentido, Sanjurjo nos dice que si quienes pueblan las cárceles eran hijos de la clase media, la sociedad les echaría una mano para que se rehabiliten. Pero tratándose de pobres, esa confianza se desvanece. Junto con Sanjurjo, son varios los especialistas que advierten que una de las pocas soluciones para revertir la violencia de forma consistente es invertir en cárceles decentes que rehabiliten al preso, y que es necesario descongestionar ya las prisiones soltando a aquellos delincuentes menos peligrosos. Pero vaya a decirle a los políticos que se pongan a la cabeza de la sociedad y hagan lo que hay que hacer y no necesariamente lo que algunos, aunque sean muchos, esperan de ellos en forma equivocada. Vivimos en una sociedad que quiere que los delincuentes se pudran en las prisiones y que ignora que algún día volverá a encontrárselos en las calles convertidas en algo peor de lo que eran. Una sociedad que ni siquiera entiende el vínculo íntimo entre el crecimiento de la marginalidad y el de la cantidad y la crueldad de los crímenes Vivimos en una sociedad que quiere que los delincuentes se pudran en las prisiones y que ignora que algún día volverá a encontrárselos en las calles convertidas en algo peor de lo que eran. Una sociedad que ni siquiera entiende el vínculo íntimo entre el crecimiento de la marginalidad y el de la cantidad y la crueldad de los crímenes. Sanjurjo comentó que en el Ministerio del Interior recibieron cientos de delegaciones de organismos multilaterales y de otros países que señalan que es “fundamental” reformar el sistema penitenciario. “No hay uno que no te diga que tenés que liberar a personas que no son de alto riesgo de reincidencia y que las penas tienen que ser más cortas. Ese aspecto para mí es el crucial a la hora de lograr resultados porque cuando yo lo intento explicar o el ministro intenta explicar que este es el camino, lo que se te dice siempre desde la oposición, esta o cualquier otra, es ‘no, tienen que trabajar, formarse, todo eso sí, pero que no salgan'”. Sanjurjo también habló de la “política adictiva”, un círculo vicioso donde cada administración soporta las penas y llena las celdas hasta el colapso. Y cuando los homicidios vuelven a subir -como acaba de confirmar el balance del primer semestre de 2026-, la respuesta no es revisar el método, sino subir la dosis de la misma droga: más policías, más represión. En esa línea, el recientemente designado comisionado parlamentario para las cárceles, Daniel Radío, recordó que multas de la década del ’80 había menos de 2.000 presos en Uruguay, a multas del siglo pasado había menos de 5.000 y hoy hay 17.000, una de las tasas más altas del continente. “Lo que tenemos que aprender es que si tenemos más presos y tenemos más delitos, quiere decir que esta no es la respuesta. Los políticos muchas veces lo que hacemos es atender demasiado el termómetro de la opinión pública, pero no es lo mismo cuatro locos que gritan en las redes pidiendo más palo y más mano dura, que la sensatez general de otra gente madura más silenciosa que empieza a nacer y se empieza a dar cuenta de estas cosas. Ojalá nosotros tomemos nota de eso”, dijo Radío. Mientras tanto alimentamos a la bestia en el patio trasero de la sociedad, esa bestia que tarde o temprano nos cruzaremos en la calle. Entonces, disfruta este presente. Y mañana, cuando el pasado se haya convertido en un lugar mejor y la realidad le pase por encima, no diga que no fue avisado.

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